Sábado-Cintia Mansilla, colaboradora de DiarioAndino, comparte con los lectores un cuento de su autoría. De lectura obligatoria
La puerta era una puerta larga, de dos metros, más o menos, con tres ventanillas de vidrio en cada hoja y la parte inferior de madera. La parte que daba al interior de la habitación, tenía dos persianas de madera. Esa puerta siempre fue de color gris, como casi todas las puertas y ventanas del caserón de principios de siglo en el que vivimos hasta que cumplí dieciocho años. Claro que para esa fecha, mi hermana hacía muchísimo que no habitaba allí.
De la piña en la puerta hasta su huida pasaron más de siete años. En todo ese tiempo no volvimos a sorprendernos con un acto igual, lo cual no quiere decir que mi hermana no nos haya deleitado con magníficos arranques de histeria. Sus actuaciones más frecuentes eran propiciadas por el piso de madera del comedor. Allí y no en otro lugar, porque los demás pisos de la casa eran de cerámico, solía zapatear al mejor estilo malambo. El efecto era sensacional y ella lo sabía aunque jamás se le habría ocurrido la palabra efecto. Por otra parte, acompañaba la demostración folklórica, con los puños apretados y frases como: “¡no me dejan hacer mi vida!” o “¡no me dejan en paz, ustedes!” y entre frase y frase lanzaba berridos entrecortados por el llanto desgarrador de alguien que ha perdido a un ser querido.
Lo peor sucedía si mi madre se decidía a preguntarle a quién se refería con el “ustedes” o si se interesaba por saber qué quería hacer que no la dejaban. El zapateo se interrumpía mientras escuchaba y luego, al compás de la réplica rabiosa, iniciaba un repiqueteo visible y audiblemente más furioso. Y eso que mi hermana jamás tuvo dotes para la danza.
Algunas veces, mi madre se preocupaba y le cortaba la danza diciéndole que si lloraba de esa manera y tanto, se le iba a acortar la vista. No sé si era cierta esa prevención, pero en vistas del daño irreparable posterior, mi madre no se preocupaba en vano. También sospecho que mi hermana recibió un castigo divino por tanto zapateo inútil, ya que ella muy pronto se olvidó de la réplica, mil veces repetida, ante la inquietud de mi madre: “¡Ojalá me quede ciega!”, decía, pero no creo que dios se haya olvidado de un deseo que se repite tanto.
Son extraños los recuerdos. Mi figura se recortaba detrás de alguna puerta o a unos metros prudentes del teatro de la acción. Algunas veces me reía, acostumbrada al espectáculo, aunque mi lejanía, ahora en la distancia del tiempo, dejaba a la vista otros significados. También yo solía participar como un actor secundario, puesto que si mi madre decidía hacerle caso omiso, me hacía la valentona y empezaba a hacerle preguntas o a repetirle sus frases, de modo que se pusiera aún más roja de lo que estaba. Porque ése es otro detalle inolvidable. La blancura de mi hermana se transformaba en fucsia y sus labios, carnosos, se le hinchaban con un color morado.
Ella nunca se miró en un espejo en esta situación; aunque algo me hace pensar que sólo una vez se vio y fue en ese vidrio que rompió con una piña. El vidrio tenía su imagen. Muchos años después, cuando mi hermana ya no vivía en el caserón y yo ocupaba su habitación, me vi reflejada en el vidrio que reemplazó al de la piña incontables veces mientras tomaba el picaporte.
Feliz destino el de ese vidrio. Sin hacer literatura, representó a mi hermana, reflejó su imagen. Se trizó en mil pedazos pequeños que mi madre, con amor y paciencia fue juntando después de haberle vendado la mano lastimada. La historia de ese vidrio valió la pena, la de aquel que me reflejó y se quedó a vivir para siempre en esa puerta será contada jamás.
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