Panorama Político Provincial

Mejor no hablar (de ciertas cosas). Por Mario Laplaca

Es muy particular el concepto de Estado que tenemos generalmente los ciudadanos en general, y la dirigencia política en particular.

El Estado parece ese ente alejado, del que no participamos, sin dueño, como si fuera otra persona.

Esa manera de pensar hace que no tengamos el sentido de pertenencia que se debe tener de algo de lo que somos parte, e indudablemente constituimos todos los habitantes, los ciudadanos, en definitiva el pueblo.

Y los ejemplos abundan y son recurrentes. La creencia que el agua es gratis, de no pagar los impuestos, para plantear una creencia generalizada o la particular de los empleados públicos, que se lleva a su casa algún elemento de la repartición o utiliza los teléfonos para cuestiones particulares, total "el Estado paga" como si esa persona fuera otra ajena.

El caso del médico que llevó su perrito al principal hospital público de la provincia tiene también que ver con esa manera de entender las cosas.

Más allá de la desesperación, de lo humano que es amar a una mascota y hasta de los derechos de los animales, la decisión tomada por el facultativo tiene que ver con la manera que vemos las cosas públicas y la manera de tomarlas.

Porque estamos hablando de un profesional universitario, que ejerce en dicha institución una responsabilidad al frente de una jefatura y que lleva su animalito sabiendo que no se debe hacer por miles de razones, que el propio médico sabe y no hace falta explayarse.

La manera de ver lo público o el Estado es el mismo que hace que algunos profesionales médicos hagan sus guardias pasivas, pero ante el llamado no vayan o que deriven de sus consultorios del hospital a sus consultorios particulares.

O finalmente hace que sin medir consecuencias, por entender que nadie diría nada porque es un profesional y además es un jefe, podía llevar al San Juan Bautista a su mascota para darle oxígeno.

No es un dato menor, aunque los amigos médicos se enojen, pero que no es exclusivo de ellos, es la manera como miramos a las cosas públicas, que entendemos al Estado y que nos lleva a una situación donde perdemos el verdadero sentido de las cosas, de nuestros derechos pero sobre todo de nuestras obligaciones.

En el 2001, cuando los porteños comenzaron con los cacerolazos con el dicho que se vayan todos, el diario La Nación decía que las críticas a la dirigencia política la hacían quienes lo habían legitimado a través de su voto, y que en realidad el primer cacerolazo era con el espejo.

Es decir, primero teníamos que mirar cómo entendíamos la política y qué políticos queríamos. Qué actitud tenemos en lo cotidiano que justificamos, pero que criticamos si lo hace la dirigencia política o social.

Criticamos la corrupción, los acomodos, la vagancia, la irresponsabilidad, la mentira, la falta de compromiso, pero del otro y no de nosotros.

Así pasó con el médico que llevó su perro al hospital donde es jefe, y no a la veterinaria donde debía ser atendido el animal.

Ejerció el poder que le da un título, la jefatura dentro del hospital para que un pobre beneficiario de un plan social no lo parara, porque él tiene autoridad y supuestamente la responsabilidad de llevar un animal al lugar donde deben ser atendidos exclusivamente los seres humanos, y donde algunas veces esos seres humanos no son atendidos como corresponde, quizá por ese mismo profesional de la salud.

Pero también la dirigencia política tiene esa concepción particular del Estado.

Entonces aparecen los que llegan a la función pública en la búsqueda de una salida laboral y no por vocación de servicio.

Y nombran a familiares, sacan viáticos, utilizan los beneficios que le da ese lugar para hacer negocios particulares, pero no muy alejado de lo que sucede en menor escala con el resto de la comunidad.

Es decir, los dirigentes políticos, sociales, culturales, deportivos no son extraterrestres que llegan a ocupar un lugar, sino que son parte de la sociedad, son el vecino del barrio, el compañero de la secundaria, el amigo de la barra.

Que hace las mismas cosas que se hace el común de los empleados públicos hasta el que más responsabilidad tiene.

Como dice el título de la nota, como cantaba Luca Prodan en Sumo: "mejor no hablar (de ciertas cosas).

Mejor no hablar del que se aprovecha de su "poder" eventual para beneficiarse personalmente.

Mejor no hablar del que se roba una resma de hojas de la oficina, total el Estado paga.

Mejor no hablar del que destruye los elementos de una plaza, de una escuela, el alumbrado público, total el Estado paga.

Mejor no hablar del que ejerce una función sin estar preparado y el resto luego sufre las consecuencias, total el Estado paga.

Mejor no hacer nada para que nada cambie, total el Estado a fin de mes paga el sueldo.

El Estado parece ese tío rico que paga todo y del que nadie forma parte.

Pero el Estado lo formamos todos, se construye con los impuestos que pagamos mensualmente y con los que no se pagan.

Nos gusta mirar para otro lado y acusar al otro de lo mal que hacen y no de lo que no hacemos o de lo que hacemos mal.

Esta situación requiere de un cambio cultural, de una mirada distinta, de un debate profundo.

En otra columna dijimos que mientras el sueño de nuestros padres y abuelos era que fuéramos profesionales, que todo se conseguía con esfuerzo y trabajo, ahora el sueño es que nuestros hijos sean empleados públicos, que tengan ese carguito que le dé seguridad.

Es esa concepción mental la que frena cualquier desarrollo, es lo que destruye cualquier sueño, es lo que nos deja en la "inmovilidad" eterna.

Lo del perrito es sólo es una anécdota, también tengo mascotas que amo, por las dudas alguno se sienta aludido.

El tema es qué se hizo, quién lo hizo y cómo lo hizo.

Todos tenemos responsabilidad y las tenemos que asumir, es tiempo de ocupar nuestros lugares sin excusas, y no mirando para otro lado.

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