El pampeano que se codeó con los "monstruos"

"Acá, lamentablemente, no se puede hacer nada. El Estado no entiende lo que es el fútbol, y auxilia a los clubes cuando están por fundirse". Mac Allister deja frases fuertes que merecen más desarrollo.Alguien podría plantearse que sí, que el éxito es transcurrir una vida de oropeles, sentir en la boca la burbuja chispeante de un champán bien "frapé", o viajar por el mundo transitando los mejores hoteles rodeado de lujos y deleites.
Eso sería, tal vez, una ostentación de un modo de existir en el que los placeres mundanos se ubican por encima de cosas simples, cotidianas, frecuentes en las vidas de las gentes. Pero para algunas personas -por suerte para muchas, quizás la mayoría- aquello sería nada más que un maquillaje del que pocos podrían renegar, es cierto; pero están los que entienden que la vida es, además, y al cabo, otra cosa. Sentirse bien con los afectos, ver crecer saludablemente a los hijos, apreciar que se ha podido hacer lo que se ha querido, y que se tiene por delante, todavía, un futuro lleno de esperanzas, de cosas buenas, de quimeras por alcanzar, aunque no se las alcance nunca.

Este hombre que tengo frente a mí, Carlos Javier Mac Allister (43), "Colores", conoce de una cosa y de la otra. Supo del triunfo en su vida deportiva y paralelamente fue cimentando una existencia personal que hoy, en un balance elemental -pasados los 40- lo encuentra pleno, vital, orgulloso de su pasado, pero mucho más preocupado por lo que viene, por superarse, por ser cada día mejor, en lo posible.

El chiquilín lleno de pecas.

Lo conozco desde hace más de 30 años. Aquel chiquilín lleno de pecas y con el pelo rojizo, desde su escasa estatura me decía entonces que iba a ser jugador profesional. Me parece verlo: los pantaloncitos cortos, las piernas flacas, el cuerpo menudo. "Voy a jugar al fútbol profesional". Fue casi una sentencia.

Hoy, empresario exitoso, trotamundos que se mueve en avión a cualquier parte del planeta, cada tanto vuelve por estos pagos, porque los afectos tiran y Verónica -la madre- espera ansiosa su llegada. "¿Cómo sabías que estoy en Santa Rosa?", me preguntó. "No le podía errar... pasé y vi una camioneta BMW X 6 más grande que la casa de tu mamá", le contesté en broma, y largó la carcajada.

La vida le ha dado mucho, y casi podría decir que es de esas personas que fueron tocadas por una varita mágica. Porque cabe pensar: en nuestros tiempos de pibes quién no soñó con ser un futbolista popular, ponerse la de Boca, o la de Ríver, y que su nombre fuera coreado por una multitud. Éste hombre, como ningún otro pampeano, consiguió precisamente eso: el éxito en su vida deportiva: Jugó y fue campeón con Boca, se puso la casaca nacional en un momento muy difícil y particular del fútbol argentino, y compartió vestuarios y vivencias con los monstruos sagrados. Diego Maradona, Claudio Caniggia, Gabriel Batistuta, Juan Sebastián Verón, Oscar Ruggeri, el Beto Márcico, y cuánto jugador de renombre uno pueda imaginar fueron sus compañeros. O en todo caso sus rivales.

Profesional desde los 11.

"Lo de la varita mágica fue acompañado, eh!", advierte. "Desde que tenía 11 años sabía que iba a ser jugador profesional: No fui al viaje de fin de año en 7º; me vine de Bariloche tres días en el secundario; y no salí entre los 14 y los 17 años. Resigné cosas, pero no me quejo, porque es lo que elegí".

En la soledad inmensa de su club, el Deportivo Mac Allister, en la ruta 5, me recibe mate en mano. De visita, Juan Moreno, "El Gordi", hoy radicado en España, asiste a la charla y le apunta datos que Colores puede tener más o menos dudosos.

Hoy, aquel pibe, este hombre, está sentado frente a mí, y lo veo igual, pero distinto. "Colores" está de vuelta de un montón de vivencias, y se le nota. "A partir de los 40 uno mejora, les debe pasar a todos: creo que hoy soy más amigo de mis amigos, mejor persona, mejor padre, me parece que soy más pensante. Le debe pasar a la mayoría de la gente...", reflexiona.

La familia, el debut en Belgrano.

No todas le fueron fáciles a Javier -como le dice mamá Verónica-, porque cuando tenía nada más que 8 años murió su papá. "Se llamaba Carlos José, era ingeniero agrónomo y tenía un importante negocio de venta de semillas (Agrotec)". Çuando falleció, joven, a los 41 años, las cosas se complicaron para los Mac Allister, familia que conformaban además sus hermanos Marita y Carlos Patricio, "El Pato", el otro futbolista de la familia.

"Colores" tiene cuatro hijos: Francis (16), Abril (15), Kevin (14) y Alexis (13). Los tres varones en las inferiores de Argentinos Juniors.

Fue siempre a la Escuela Normal, y cuenta sobre sus primeros pasos en el fútbol: "En el colegio Don Bosco, en la Escuela 38 y en el estadio municipal; en todos lados. En Belgrano empecé a ir acompañando al Pato, me sentaba en el mástil de la mitad de la cancha, y cuando faltaba uno ahí estaba. Debuté en primera con 15 años, junto al Topo Gallinger, Valcarcel, Nicky Domínguez, El Perro Barreto, Huguito Pérez... Después un paso por All Boys en un Regional, y la prueba en Argentinos Juniors".

Argentinos Juniors, Buenos Aires.

Se apoltrona en una silla. El físico intacto, el pelo rojizo que ya no está, los ojos claros y vivaces, la palabra fácil y el decir inteligente. Algunas de las cualidades, más allá de las futbolísticas, que lo trasladaron a la elite del fútbol. A compartir un vestuario con Diego -aunque ahora estén peleados-, con Fernando Redondo, El Bati, y tantos otros.

"¿Si alguna vez me paré a pensar dónde estaba? Pasa que cuando entrás en esa maquinaria es como que lo ves natural". Y me cuenta el día que, evacuando en un baño, al lado del astro del fútbol mundial, cuando Maradona se negaba a que Bilardo llegara a Boca, "Colores" le dijo como la cosa más normal del mundo -mirando para arriba como hacemos los hombres en el baño-: "Pero dejalo que venga, si a vos no te va a joder para nada". Y al final Diego aflojó y el entrenador llegó: "Y después Bilardo me limpió a mí y me tuve que ir de Boca", se ríe el Colorado. Pero esa es otra historia, una más.

Cuenta, minucioso, su llegada a Buenos Aires. "Fuimos con Gerardo Frank, y a los 20 minutos de la prueba Pekermann me sacó, me dijo que quedaba. 'En un año usted debuta en primera, me auguró', y estuvo cerca, porque a los 8 meses fuimos a la Bombonera y me tocó marcar a Graciani". Ese día, la primera que le fue al delantero "Colores" lo cruzó y lo desparramó contra los palcos. Son esos momentos en que hay que reafirmar convicciones, y Javier sabía que ese era el suyo: fue gran figura, y de allí en más empezó la historia por la que había ido a Buenos Aires.

La gloria deportiva.

Después el pase a Boca -eligió, porque también pudo ir a Ríver o Vélez-, campeón en 1992, ese mismo año el casamiento con María Silvina -están separados pero conservan una sólida amistad-, el reconocimiento de la hinchada que coreaba su nombre en la mítica Bombonera apenas por debajo de Blas Giunta, y por encima de otros grandes; la Selección con Basile para clasificar para el mundial en Estados Unidos: "Quedé afuera, pero debí jugarlo, me gané un lugar. Nunca dije nada porque el Coco tiene códigos de verdad".

Después Bilardo en Boca, la salida, el pase a Rácing, y el cierre de su campaña en Ferrocarril Oeste. En su derrotero vendría el DT: un breve paso por Argentinos Juniors, también por Belgrano de Córdoba, pero no podía. "Sufría demasiado. Cuando jugaba yo tenía que solucionar los problemas que se me presentaban, pero aquí no estaba dentro de la cancha y los que interpretaban eran otros, así que me transformé en empresario". Y le fue bien, vaya si le fue bien.

En el final una anécdota. "Esta sí, me hace poner todavía más colorado. Un día, en una peña en Adrogué lo presentaron a Marzolini -un supercrack del fútbol mundial, por donde se lo mirara-, y la gente aplaudió. Pero cuando entré yo fue una ovación: '¡Co-lo-ra-do!, ¡Co-lo-ra-do!'. Silvio fue un monstruo, pero había pasado mucho tiempo, y evidentemente yo era más mediático. Y más allá que a cualquiera le gusta que la gente lo quiera, esa vez confieso me dio vergüenza. Marzolini es un prócer del fútbol", concluye.

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