Las palabras vacías no entran en la historia

Por Fernando Gonzalez

Cuando se le plantea a la dirigencia argentina la necesidad imperiosa de buscar y plasmar políticas de Estado, hay que tener cuidado de no caer en idealizaciones. La falta de tradición que exhibe nuestro país en esta materia es bastante notoria. Más allá de las excepciones que suelen forzar los períodos de crisis (por lo pronto en 1999 y en 2002 el Congreso se movió con bastante sintonía) tal vez el antecedente más reciente de un acuerdo concretado y ejecutado es el Pacto de Olivos.

Este entendimiento entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín, que permitió modificar sustancialmente las reglas de juego políticas a través de una modificación de la Constitución Nacional, no es precisamente una iniciativa cercana a los intereses de los ciudadanos comunes. La reelección presidencial fue el tema central, y más allá de otras reformas que la clase política defendió como trascendentes (el Consejo de la Magistratura fue una de ellas), lo que perdura de ella en el recuerdo es poco.

Los dirigentes actuales tendrían que tener en cuenta que el tiempo invertido en peleas y cruces verbales no genera capital político. Cuando las próximas generaciones revisen los hechos que marcaron el Bicentenario, seguramente perdurarán las obras más que las palabras

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