Quienes rondamos los cincuenta o más, independientemente de haberlo votado o no, sentimos algo de angustia al ver de nuevo el peronismo al frente del poder por un período más. Semejante sensación, mezcla de incertidumbre y culpa, lejos de hacerse presente durante los noventa cuando Menem habitó la casa de gobierno casi una década, aparece ahora, después de años asociados al bienestar económico y niveles de crecimiento inéditos para nuestro país.
A decir verdad, la sorpresa y el nivel de ruptura con los “sueños históricos” pudieron más que el ADN ligado a fenómenos como el 17 de octubre y otros mitos inspiradores por el estilo. El menemismo nos convenció de que el mundo había cambiado, y que por eso debíamos cambiar nosotros también; suerte de discurso inverso al de la tercera posición que pregonaba Juan Domingo, y que seguramente lo habrá hecho revolverse en su tumba de lo lindo. La apertura planetaria nunca estuvo en los planes del hombre que fue tres veces presidente de la Argentina, quien además siempre desconfió de las potencias mundiales y sus intenciones para con Sudamérica.
Adaptación
A diferencia de lo que ocurrió con el inefable Carlos y su tendencia a destruir todo lo hecho desde 1945, los ideólogos del kirchnerismo sí tomaron algunos de los preceptos peronistas y, con innegable inteligencia estratégica, fueron adaptándolos a los tiempos que corren. ¿El punto central? Al “amigarse” con el grueso del primer mundo, Carlos Menem destruyó un pilar central que sostiene la ideología justicialista: Se trata de un partido de buenos que lucha contra los malos. Puede parecer elemental pero funciona muy bien.
Todas las fallas del peronismo (que son muchas) fueron atribuidas a la existencia de capitalistas malos que lo derrotaron justo cuando estaba por alcanzar sus objetivos de grandeza. En el otro extremo, el radicalismo defendió la democracia. Y ya se sabe, sólo abrazan la historia aquellos que tienen enemigos importantes, jamás quienes defienden un ideal.
Modelos renovados
El General fue extremadamente hábil a la hora de definir quiénes eran los malos de la película. Kirchner acertó también en minar los símbolos envejecidos (las investigaciones dicen que sólo el 20% se sensibiliza ante las fotos de Juan y Eva), y creó un renovado stock de modelos a seguir que incluye, por ejemplo, la reivindicación de los derechos humanos y el castigo a los crímenes de lesa humanidad, algo que seguro no hubiera estado en el centro de los pensamientos de Perón ni en el mejor de sus días, hombre que además de haber participado el mismo de una dictadura militar, por acción u omisión, habilitó las torturas a lo largo de sus períodos presidenciales, especialmente los dos últimos. Nada de lo que hizo puede compararse con lo que vendría; tampoco fue don Arturo Ilia y hay que decirlo. ¿Resultado? Los jóvenes volvieron a la política, y del pragmatismo mortecino de la troupe menemista se pasó a un esquema vital en el que los sueños regresaron al centro de la escena nacional.
De hecho, fenómenos del tipo La Cámpora no se daban desde los setenta, década en que los jóvenes se organizaban creyendo en una sociedad mejor, sueño que, por otra parte, derivó en una terrible pesadilla colectiva de la que todavía no podemos salir ni despertarnos.
Obvio que estamos en 2011 y la ideología (igual que todo) es relativamente light. Al lado de Montoneros, La Cámpora es un jardín de infantes bien cuidado y sostenido por los papás (en este caso, la mamá) que se limita a ascender rápidamente dentro del oficialismo.
Sin duda, el Che, que a veces llevan en sus remeras o veneran, los despreciaría por semejante actitud burguesa; rechazo que forma parte de otra historieta. Ahora bien, que los jóvenes sueñen y crean en la política nacional (siempre que sean sinceros y no trepadores disfrazados de renovación) es lo mejor que nos puede pasar. ¿Por qué la angustia? Porque quien se quema con leche ve una vaca y llora, y el justicialismo es un camión lleno de ganado corriendo a 220 por la ruta 7 sin faros ni frenos. Uno querría confiar, y por sobre todo querría que los que ingresan a la política no salgan tan decepcionados y descreídos como estamos nosotros tras décadas de apaleo constante.
Ojalá esta vez sea la definitiva y no perdamos una nueva generación convirtiéndola en cínica. Es el gran desafío de Cristina, mucho más enorme que mantener a raya la inflación o sostener el éxito económico. Para colmo de males, lo hace ella o no queda nadie despuntando en el horizonte: Por acción de su propia mano, la oposición se transformó en un modelo decorativo. Todo está en manos del viejo partido de Perón. Otra vez.
DESTACADOSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS
Fenómenos del tipo La Cámpora no se daban desde los setenta, década en que los jóvenes se organizaban creyendo en una sociedad mejor. Al lado de Montoneros, La Cámpora es un jardín de infantes bien cuidado y sostenido por los papás (en este caso, la mamá) que se limita a ascender rápidamente dentro del oficialismo.
Que los jóvenes sueñen y crean en la política nacional (siempre que sean sinceros y no trepadores disfrazados de renovación) es lo mejor que nos puede pasar.
Ojalá esta vez sea la definitiva y no perdamos una nueva generación convirtiéndola en cínica. Es el gran desafío de Cristina, mucho más enorme que mantener a raya la inflación o sostener el éxito económico. Para colmo de males, lo hace ella o no queda nadie despuntando en el horizonte.
Todas las fallas del peronismo (que son muchas) fueron atribuidas a la existencia de capitalistas malos que lo derrotaron justo cuando estaba por alcanzar sus objetivos de grandeza. En el otro extremo, el radicalismo defendió la democracia. Y ya se sabe, sólo abrazan la historia aquellos que tienen enemigos importantes, jamás quienes defienden un ideal.

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