Por Luis GregorichLa presidenta Cristina Fernández de Kirchner perdió una extraordinaria oportunidad para atemperar el clima político, mejorar su propia imagen y otorgar una profundidad simbólica al Bicentenario, que se ha definido, hasta ahora, por una loable, pero insuficiente sucesión de desfiles e inauguraciones.
Hay otras preguntas que se instalan naturalmente. ¿Una reunión como esta podría tener un contenido que excediera lo estrictamente protocolar y, por consiguiente, sospechoso de cierta dosis de hipocresía? Al no haber mayores resultados, a excepción de la repercusión mediática, fugaz por naturaleza, ¿no produciría en la gente una sensación de escepticismo y desencanto? Por último: ¿no es una ingenuidad y una pérdida de tiempo proponer encuentros de personas que se pelean y que no se quieren, y encima en un país de fuertes tradiciones de división y enfrentamiento?
Todo eso es cierto, y haría vacilar a cualquiera. Pero precisamente esas dudas acreditan el mérito de la eventual convocatoria. Sólo la posibilidad de reunirse brinda a los jefes políticos un nuevo horizonte y los presenta, a los ojos de la opinión pública, como civilizados gestores del bien común, no como fieras en lucha irracional. Nos hemos olvidado del valor simbólico de los gestos de cortesía, y los hemos reemplazado por groseras descalificaciones que sólo profundizan el desprecio mutuo y el resentimiento.
En cuanto al contenido, por lo pronto, la posibilidad misma de una reunión así marca un signo positivo, porque la palabra "consenso" pasa a tener un sentido, por decirlo así, gráfico. En una hora de intercambio verbal franco -o sigiloso- pueden surgir aperturas inesperadas, reencuentros, declaraciones sorpresivas, iluminaciones sobre temas nacionales que hasta ese momento estaban escondidos bajo la desconfianza o la mezquindad.
Si queremos extender el candor y la esperanza hasta el infinito, podremos preguntarnos también por qué la Presidenta no ha sido capaz de reunirse, en estas fechas que requieren unidad y manos juntas, con otros grupos de opositores significativos, que fueran capaces de acercarle una visión del país y de su historia diferente, pero complementaria de la suya. Basta con mencionar dos sectores: los representantes del campo, con los que se podrá estar en desacuerdo en muchos aspectos, pero a los que no puede negarse un papel central en la producción de riqueza y en el apego a nuestra tierra, y con la intelectualidad que no se ha alineado con el oficialismo y que proporciona, a través de caminos académicos o actitudes diarias, una realidad distinta, elaborada con inteligencia e imaginación. Nadie podría quejarse, por ejemplo, de que la Presidenta se sentara a escuchar (y rebatir, cuando hiciera falta) las opiniones de personas como Natalio Botana, Santiago Kovadloff, Beatriz Sarlo, Tomás Abraham, Juan José Sebreli y Marcos Aguinis, sólo para mencionar a unos pocos, de distinto carácter e ideología.
La oportunidad, una vez más, se ha perdido, y las palabras "consenso", "diálogo" y "reconciliación" siguen devaluadas, frente al magnetismo negativo de las ironías y los insultos directos. Ni siquiera en la hora de redescubrimiento de la identidad nacional el poder ha sido capaz de esbozar auténticos gestos de unión, serviciales para el mediano y largo plazo. Y que conste que no se propone la abolición del conflicto político ni de la superación mágica de los problemas sociales: tanto uno como otros nos seguirán acompañando, inevitables, dentro del marco de la democracia. Sólo bastaría usar la cabeza para producir entre nosotros, deliberadamente, una mayor cordialidad, una mejor onda, como dicen nuestros chicos.













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