Hace rato que la Argentina libra su propia guerra cambiaria. Una batalla interna de cepos varios y burocracias surtidas que han ido regulando los grifos del dólar hasta hundir al mercado en un sopor de siesta veraniega.
Es una guerra global en la que en principio la Argentina autista (sin acceso a mercados internacionales y con fuga de capitales reprimida) no tendría mucho que decir. Pero la aparente buena noticia de un real fuerte que camufla las debilidades domésticas encubre el riesgo de una desaceleración brasileña muy poco amigable para Cristina. Y mucho más difícil de administrar en una Argentina que empieza a chocar con algunas realidades.
Quizás como antesala de la cumbre que mantendrá hoy, Angela Merkel, la canciller alemana, ya ensayó la semana pasada una compasiva y rara disculpa para Dilma: Entiendo las críticas hechas por la presidenta en el sentido de que las políticas de los países ricos provocan un tsunami de dólares que podrían crear una nueva burbuja. Eso es exactamente lo que tenemos que evitar. Voy a transmitirle que esta vez planeamos realizar reformas y que seguramente no tendremos que adoptar ese tipo de medidas de nuevo, dijo la mandataria.
Tras una operación similar en diciembre, el Banco Central Europeo inyectó la semana pasada más de medio billón de euros en el mercado, un shock de liquidez que busca aceitar el mercado bancario y dar soporte a la deuda de la periferia. Mientras tanto, del otro lado del océano, la ola golpea las costas brasileñas: el pasí ya recibió u$s 12.500 millones en los primeros dos meses del año, contra u$s 1.900 millones de diciembre.
Si bien aún no son registros récord, Brasil sacó nuevamente la bazuca. Dos intervenciones diarias en el mercado para comprar dólares como en los viejos tiempos y más trabas impositivas para el ingreso de capitales anunciadas la semana pasada lograron que el real retrocediera 1,2% hasta 1,73 por dólar. Pero con un avance de 7,8%, aún es la segunda moneda de mejor performance este año después del peso mexicano. De ahí que ya se especule con un recorte extraordinario de 75 y no 50 puntos básicos en la tasa de referencia esta semana, en lo que sería la quinta rebaja consecutiva de la Selic. El banco central ya redujo el costo del dinero en 200 puntos básicos hasta 10,5% y hay quienes creen que este año podría caer incluso por debajo del 9%.
Un eventual shock de tasas no sólo ayudaría a moderar la apreciación del real (que llegó a quebrar la barrera de 1,70 por dólar) sino que apuntalará a una economía que, según los analistas, habría crecido apenas 1,6% en el último trimestre del 2011 en relación al mismo período del año anterior. De confirmarse, sería el peor registro del año para el PBI y marcaría una expansión de apenas 2,8% para todo el 2011 contra el exuberante 7,5% del 2010. El dato oficial se conocerá mañana, un día antes de la reunión de política monetaria, lo que podría dar la justificación necesaria a una movida excepcional.
En todo caso, Brasil no sólo debe proteger la competitividad del tipo de cambio sino garantizar que la rebaja en el costo del dinero se traslade efectivamente al crédito a las familias, cosa que hasta ahora sólo ha ocurrido a medias. Con el nivel de morosidad en máximos desde 2002, los bancos han venido protegiendo su rentabilidad. La tasa de incumplimientos subió hasta 7,6% este año desde 5,7% del año anterior, según un informe del banco central. Y los bancos sólo rebajaron las tasas en 1,1 puntos porcentuales pese al recorte de 2 puntos porcentuales de Alexandre Tombini, la cabeza del banco central. Pero los hogares brasileños necesitan un respiro: hoy gastan 22,3% de su ingreso disponible en pagos de deuda contra el 17,7% a comienzos de 2008. En los Estados Unidos que ya vivió en carne propia las moralejas del sobreendeudamiento, el indicador cayó desde 13,9% hasta 11,1% durante el mismo período, según la Reserva Federal.
Merkel y Dilma jugarán a caerse bien. Y se harán reproches corteses y reclamos considerados. Después de todo son mujeres. Y son políticas. Pero Dilma, como ícono de ese mundo emergente que hoy debe lidiar con las maldiciones de la bonanza, puede mirar fijo a una Merkel agotada que carga en sus espaldas a una Europa recesiva y con su autoestima golpeada. Brasil se propuso crecer 4,5% este año y quizás lo logre. Cristina, atareada en su contienda doméstica contra el dólar, debería saberlo: la guerra del vecino es también la suya.


Comentá la nota