Un gran relato argentino que está vigente y no ha desaparecido del imaginario social me ha llevado a reflexionar y dudar. Me refiero al gran relato oficial: La mal llamada “Conquista del Desierto”. El mismo arranca trozos de historia que forman parte de la identidad argentina.
De la misma manera que Descartes en el Discurso del método a medida que más se instruía, más dudaba de la verdad establecida y así reconocía su ignorancia; la reflexión, la duda y la sangre de mis ancestros; fueron los motores que me impulsaron a cuestionar uno de los grandes relatos que configuran nuestra identidad nacional.
En este trabajo intentaré analizar y cuestionar lo oculto detrás de la frase “Conquista del Desierto”. Luego expondré cuáles fueron los efectos que repercuten en el presente en torno a las construcciones peyorativas de querer negar y vaciar al originario, aunque también intentaré mostrar que a pesar de todo, la falta de la huella originaria no logró desaparecer sino que está presente con su verdadera identidad narrativa. Por último voy a sugerir la necesidad de un ejercicio de deconstrucción y constitución.
El gran relato: “La conquista del Desierto”
Tal como dice Marcelo Valko “El imaginario social entre otras cosas consiste en un sistema de significación heredado que, a su vez, una nueva generación reelabora, internaliza e institucionaliza sobre la realidad.”[1] La conquista del desierto forma parte de ese imago mundi que se transmite a la generación siguiente. Esta construcción social no es inocente.
Según Augé “la palabra crea la imagen, produce el mito y al mismo tiempo lo echa a andar”[2]. Son las palabras las que educan la mirada e informan sobre el paisaje. En este caso concreto me interesa explicitar el tejido construido en la frase “conquista del Desierto”.
El concepto desierto se define como un lugar despoblado, inhabitado. Ahora bien, si es conquista del desierto se necesita de alguien o algo a quien conquistar, es así que la misma historia cuenta que los que iniciaron esta campaña sabían que existían “indios” pero no personas porque para Sarmiento el desierto era el lugar de la barbarie y constituía la antítesis del orden estatal-civilizado deseado”.[3]
Hasta acá puedo vislumbrar que los sujetos considerados civilizados por un lado identificaban al originario como un salvaje, una nada, un desierto, y por otro lado pretendían vaciar literalmente el territorio para convertirlo en una zona habitable para la gente “culta”. Es decir uno de los tantos lemas podría haber sido: exterminar, vaciar y codificar nuevamente.
Una vez más me hago eco de las palabras de Valko: “Un indígena no es un indígena, es un problema. De ese modo se transforma a los pueblos originarios en lo que no son”[4]. Es así que adoptamos un imaginario impuesto que invisibiliza al originario, haciendo llevar la carga de todos los males y todas las culpas. Es ausencia, es invisible, no está y no existe. Tal como dice Marcelo Valko el indígena: “parece una paráfrasis inversa del axioma cartesiano, no soy lo que soy, si no lo que dicen que soy: por lo tanto no existo”.[5]
Hasta aquí he observado como las palabras, bien pensadas por los que construyeron la historia de los vencedores, han devastado y manipulado al originario como si fuera un objeto, pero también con esta acción de querer borrar la huella originaria han logrado negar y distorsionar una parte constitutiva de nuestra identidad. Existe en el imaginario construido, una falta en la constitución del ser, que se transforma paradójicamente en la gran fuerza originaria que brota con intensidad y mantiene presente: NO ha sido, ES lo que es, y no lo que dicen que es.
Es por ello que a continuación me interesa reflexionar sobre los efectos que han dejado estas campañas de vaciamiento hoy en día.
Los efectos y la intensidad de la falta
En esta instancia voy analizar por un lado de qué manera afecta a la sociedad del presente lo que generó la falta de la huella originaria y sin embargo por otro lado expresaré que desde esa misma falta brota en ciertos sectores de la sociedad una intensidad que mantiene presente los latidos del corazón originario y deja vislumbrar vestigios de su Ser.
Uno de los efectos de esta falta distorsionada es que los descendientes directos de originarios tienen vergüenza de reconocerse como tal. Las connotaciones sobre el indígena otorgadas por el sector político dominante del siglo XIX perduran hasta hoy. Ser indígena es ser salvaje, bruto e ignorante. Como dice Valko: “Ser indígena es un problema”. Estos “sinónimos” son una construcción peyorativa creada sobre el ser originario pero impuestos de una manera tan vehemente que los descendientes de originarios sienten vergüenza de sus raíces y asumen aquella construcción social como parte de su esencia. Es decir asumen como primera certeza el axioma inverso cartesiano propuesto por Valko: “no soy lo que soy, si no lo que dicen que soy: por lo tanto no existo”[6], y agregaría “por lo tanto tengo vergüenza”.
A su vez, ser “indio” se ha traspolado a todo aquel que sea morocho, con “instinto salvaje” y tenga pocos recursos. Este es otro claro ejemplo del efecto que produce la falta de la verdadera significación de la huella originaria. Se adoptan significaciones acríticas y superficiales de lo que es ser originario. La falta aquí es cruel ignorancia, en el imaginario social se siguen transmitiendo estas erradas connotaciones.
Deseo rescatar el verbo ‘transmitir’ ya que sin transmisión de anécdotas, de historias, datos, mitos y símbolos, sería imposible construir la identidad de uno mismo y de un pueblo. Ricoeur en Tiempo y Narración al preguntarse por la identidad del sujeto concluye en una identidad narrativa o narrada, él dice que “la pregunta por el ser del yo se contesta narrando una historia, contando una vida. Podemos saber lo que es el hombre atendiendo la secuencia narrativa de su vida”. [7]
Coincido con Ricoeur cuando hace referencia a una identidad narrativa y me invita a reflexionar sobre lo siguiente: la distorsión generada en torno a las connotaciones del Ser del originario, que es uno de los efectos de las campañas de vaciamiento, no permiten que los descendientes directos de los originarios que pudieron sobrevivir al plan de exterminio total que se pretendía, construyan sus identidades libres de connotaciones peyorativas como mencioné anteriormente. En el peor de los casos construyen su identidad a partir de relatos que nada tienen que ver con la historia y costumbres de sus ancestros.
Ahora bien, esta identidad narrativa que ha sido impuesta por el conquistador entra en contradicción cuando la esencia del ser no encuentra relación con esta construcción de identidad forzosa. Esta identidad forzosa, repito, son todas las construcciones peyorativas que se hacen del originario (por ejemplo ser “indio” es un insulto) y muchos no asumen su origen porque creen lo que el imaginario social construyó sobre ellos.
Sin embargo, es posible que sean otros los relatos (a mi parecer los relatos genuinos) que construyan la identidad narrativa tanto de los ancestros como también de los descendientes hoy en día. Aquí quisiera hacer alusión a la autora Ana Ramos ya que luego de varias experiencias con comunidades mapuches afirma que “el pasado mapuche vuelve como una madeja de vínculos, asociaciones y uniones de sentido con fuerza política para pensar y fijar sentidos sobre la sociedad”[8]. Desde el silencio, los rituales, la historia dolorosa, el Ser del originario late en el presente con un genuino sentir. Esto es posible afortunadamente porque la identidad puede volver a narrarse, en palabras de Ana Ramos hay un reordenamiento permanente de la subjetividad en tanto permite la modificación de sus bordes y la reconstrucción reflexiva de las experiencias históricas, en otras palabras, las relaciones con uno mismo no cesan de traducirse y renacen en otros sitios y con otras formas.[9]
Para finalizar, luego de analizar y reflexionar sobre uno de los grandes relatos argentinos como fue la mal llamada “conquista del desierto” expuse los efectos negativos que produjo en la actualidad estas políticas de vaciamientos pero también intenté rescatar la fuerza e intensidad que siguen manteniendo el Ser del originario. Los pueblos originarios no fueron, son.
Es por esto último que estoy convencida de que es necesario un trabajo de deconstrucción y constitución de una nueva memoria colectiva inclusiva, y uno de los lugares propicios para esto es la institución educativa, porque la educación es genuinamente inclusiva. Llegará un momento en que los sectores que primero permitieron al paradigma dominante adecuarse y corregir las fisuras, harán tantos ajustes que el paradigma hará agua, se derrumbará y cambiará. [10] Ese es mi deseo.
Por Lighuen Aranea
Alumna del Colegio Paulo VI de Viedma
El presente trabajo ganó las Olimpiadas Nacionales de filosofía organizadas por la Universidad Nacional de Tucumán.
Bibliografía
Valko, M., Pedagogía de la desmemoria, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Bs. As., 2010.
Navarro Floria, P., Paisajes del progreso, Univ. Nac. Del Comahue, Neuquén, 2007
Ramos, A., Los pliegues del linaje, Eudeba, Bs As
Ricoeur, P., Tiempo y narración, Madrid, 19
[1] Valko, M., Pedagogía de la desmemoria, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2010. Pág. 65
[2] Cfr. de Navarro Floria, P. Paisajes del progreso, Universidad nacional del Comahue, Neuquén, 2007, pág. 86
[3] Ibíd. Pag.86
[4] Valko, M., Óp. Cit. Pág. 47
[5] Ibíd. Pág. 47
[6]Ibíd. Pág. 47
[7] Ricoeur, P., Tiempo y narración, Madrid, 1987, pág. 30.
[8] Ramos, A., Los pliegues del linaje, Buenos Aires: Eudeba. Pág. 3
[9]Ibíd. Pág. 3
[10] Valko, M. Óp. Cit. Pág. 65
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