Una orden en la crisis: cuidar el sueño industrial

Por: Francisco Olivera.

Algún kirchnerista debería alguna vez reconocerle públicamente a Guillermo Moreno la propiedad intelectual de un artilugio político ya instalado entre nosotros. Consiste en dar a empresarios órdenes por teléfono que resultan incomprobables y que, para la mayoría de sus receptores, tienen fuerza de resolución o decreto.

Ya lo venía haciendo Roberto Baratta, el subsecretario que lo imita hasta en los modos y que, en tiempos de cortes de luz, suele llamar a empresas eléctricas pidiendo soluciones no precisamente de fondo: Sacame el móvil de TV de esa equina, como sea. La degradación argentina es tan abarcadora que Baratta casi siempre tiene éxito.

La gestión por teléfono se ha propagado entre funcionarios impensados. Una sola llamada le bastó el martes a Débora Giorgi para convencer a toda una multinacional, Fiat, de que suspender 400 operarios por cinco días en la planta de Córdoba no era una buena idea en tiempos electorales. Giorgi habló ese día con Cristiano Rattazzi, presidente de la filial, empresario locuaz que exhibe una virtud considerada defecto en ciertos foros de negocios: no sabe mentir mirando a la cara. Su solución fue entonces obedecer, no hablar con los medios y compartir con sus pares las perturbaciones de una industria automotriz que no está, ni mucho menos, salvada de la caída de la demanda en Brasil a pesar de las ganas de todos.

Rattazzi venía de escandalizar a los celosos del relato oficial desde la tapa de la revista Fortuna, con una sentencia que, en rigor, comparte el 100% de la Unión Industrial Argentina (UIA): "Si Brasil se cae, nos caemos a pedazos". Y ya Luis Ureta Sáenz Peña, de Peugeot-Citroën, había recibido de Giorgi instrucciones parecidas ante una inquietud sectorial: No hagan mucho ruido, le transmitió. Era también la pretensión de Fiat. Pero el mundo no es perfecto: una oveja perdida en la pradera sindical, Leonardo Almada, del Smata de la provincia, levantó el martes la voz en la mañana cordobesa, dijo que la medida obedecía al menor crecimiento de Brasil y desencadenó un revuelo. Por la noche, el gremio nacional ya fue menos enfático.

La descripción de esta comedia podría explicar los motivos por los cuales el Gobierno reaccionó bastante después de tomada la decisión, con las tapas de los diarios. Es un viejo desvelo del kirchnerismo. De otro modo, tampoco se entendería el nerviosismo que José Ignacio de Mendiguren, presidente de la UIA, desencadenó al día siguiente al soltar otra obviedad fabril sobre la crisis ("El problema lo empezamos a tener en casa"), con la desgraciada circunstancia de que la frase fue tapa de Clarín. Horas después, en comunicación con Jorge Rial, por radio La Red, Mendiguren atenuó la cuestión con un concepto que podría ubicarlo en un casting de panelistas de 6,7,8: "Hay títulos muy fuertes sobre una realidad que no pasa nada".

Pero el problema está, una vez más, detrás de la escena. Hay textiles que hace tiempo que suspenden personal. Los productores de vino afirman que, por la apreciación del peso, las botellas de entre 30 y 40 dólares empiezan a ser difíciles de exportar. Y algunos fabricantes de autos retardan las compras de neumáticos. Para determinadas autopartistas locales, la caída en la demanda desde Brasil llega al 50%. No es casual entonces que septiembre haya sido el único mes de 2011 que terminó con bajas interanuales en las exportaciones hacia ese destino. Pero una especie de acuerdo tácito, admitido a este diario en las terminales, acata a pie juntillas la coreografía de Giorgi. Ya los autopartistas habían recibido de Moreno hace dos semanas, en una cruda reunión, la orden de no subir más precios. El mercado local tampoco es infinito.

De ahí lo inoportuno de las suspensiones de Fiat y Alpargatas, o acaso sólo su revelación: justo la semana en que Cristina Kirchner anunciaba el Plan Industrial 2020. La expectativa que había suscitado podría medirse por contrariedades ajenas al poder. Por ejemplo, el mal humor que tenía esa noche la propia Giorgi, que había viajado junto con Moreno a Venado Tuerto en un avión de Fuerza Aérea cuyo piloto decidió no aterrizar por precaución. O el abarrotamiento de aeronaves personales en el aeródromo, que obligó al gobernador santiagueño, Gerardo Zamora, a estacionar el suyo en el pasto. La lluvia le jugó una broma al ex radical: cuando volvió, las ruedas estaban enterradas en el barro.

La preocupación volvió terminada la fiesta. La plantearon al día siguiente Mendiguren, Rattazzi y Miguel Acevedo (Aceitera General Deheza) en un almuerzo en la Asociación de Bancos de la Argentina (ABA). Los escuchaban ejecutivos como Enrique Cristofani (Santander Río), Juan Bruchou (Citi) y Ricardo Moreno (BBVA Francés). Fue un contrapunto interesante. Los banqueros pronosticaban entusiasmados que, pese a la crisis, aquí no habría contagio: sobra liquidez, dijeron, y los bancos privados prestan más a pymes que los oficiales. Los industriales contestaron planteando la falta de competitividad. Si no hay sectores rentables, no habrá negocios para nadie, fue la tesis industrial. Coincidieron en cambio en la necesidad de bajar la inflación, que los banqueros atribuyeron a razones de política monetaria, y los dirigentes fabriles, a una demanda salarial desbocada y no acompañada con inversión. ¿Y por qué no se invierte?, fue la pregunta, y volvieron a estar de acuerdo: por la incertidumbre que brota desde la Casa Rosada.

Nada de esto se dirá en público. Como si nadie quisiera incomodar. Algunos empresarios han vuelto de Olivos con una sorpresa: la Presidenta realmente descree de la inflación que consignan las consultoras. Prefiere más bien, como su secretario de Comercio Interior, abocarse a complejas diferenciaciones entre productos premium y básicos. Uno de estos visitantes lo descubrió en voz alta el viernes, mientras hablaba con LA NACION: "Es que ella toma el relato de Moreno. Nadie inventó ninguno mejor".

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