Los nuevos agentes se concentran en secretos comerciales. Cambios obligados en la CIA y la KGB tras la caída del Muro. Las estrategias de Estados Unidos, Rusia y China.
El arresto de 11 acusados de integrar una red de espionaje rusa en suelo estadounidense revivió las legendarias historias de espías, donde la realidad se confunde con la ficción. Pero más allá de lo anecdótico, y pese a que Washington y Moscú parodiaron este episodio por el carácter improvisado con el que se manejaban los acusados, lo cierto es que a veinte años del fin de la Guerra Fría, los espías del siglo XXI siguen operando a lo largo de todo el mundo.
Según explicó Bruce Riedel, ex analista de la CIA y actual miembro de la Brookings Institution, el método de utilizar “agentes dormidos” infiltrados en la sociedad durante años para sociabilizar con personas influyentes forma parte de la estrategia rusa. Este método viola el deber de todo agente internacional de registrarse ante Washington y disimular sus tareas con traje diplomático de Naciones Unidas como sucedía en la Guerra Fría, como cuenta el ex funcionario soviético Arkady Schevchenko en su libro Breaking with Moscow. Hoy ya no es la única opción.
Para la inteligencia británica, el responsable de reclutar a Anna Chapman, la “chica Bond” del nuevo milenio, fue su propio padre, Vasily Kuschenko, funcionario diplomático en Zimbabwe. Ayer, el diario británico Daily Telegraph publicó una entrevista con su ex marido, un psiquiatra de 30 años llamado Alex Chapman, que narró la transformación de su compañera de una joven despreocupada que conoció en una fiesta londinense en 2001 a la mujer “arrogante” de la que se divorció en 2006. “Anna me dijo que su padre había ocupado un alto cargo en la jerarquía de la KGB, que había sido un agente de la ‘vieja Rusia’. Su padre controlaba todo en su vida y sentí que haría cualquier cosa por él”, se sinceró el joven.
Durante las décadas “frías”, los bandos estaban claros. Pero la caída del Muro de Berlín, obligó a los servicios de inteligencia a redefinir objetivos y prioridades. Y, por supuesto, el modo de captar adeptos: hoy los espías ya no sólo son reclutados entre los altos promedios de universidades y fuerzas armadas, sino también a través de avisos clasificados en los diarios y en la Web, como hace la CIA o el MI6 británico.
En Moscú, el SVR, que hoy es centro de atención por la detención de sus supuestos agentes, aplica técnicas similares. “Ayuda en el desarrollo económico y el avance técnico del país”, cita en su web el poder omnipotente que heredó las labores de la KGB.
Hoy, los objetivos de las misiones se diversificaron más allá de los secretos militares. “Estados como Rusia y China realizan con sus servicios de noticias un espionaje activo en los campos económico, científico y de investigación”, denunció la semana pasada el ministro de Interior alemán, Thomas de Maizière, apuntando a los periodistas extranjeros en su país.
Y en Francia, algunos medios locales sembraron la duda sobre una finca de la alta jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Rusa que podría funcionar como la “catedral del espionaje”.
En el espionaje del siglo XXI no hay relojes-bomba ni un científico extravagante con nombre de letra que diseña inventos de dudoso patentamiento, pero la tecnología sigue siendo el mejor aliado en la profesión. Según consta en la investigación del FBI, los agentes que siguieron a Chapman descubrieron una rutina de la “espía rusa” que consistía en concurrir todos los miércoles a una cafetería de Manhattan con una netbook mientras una camioneta perteneciente a un funcionario ruso pasaba por la zona. Aunque en apariencia no había contacto entre ellos, el FBI descubrió en su computadora un dispositivo para transmitir archivos codificados por tecnología inalámbrica con el vehículo.
Ayer, la Justicia de Estados Unidos resolvió que tres de los supuestos espías continúen detenidos mientras que la periodista peruana Vicky Pelaez recuperará su libertad la próxima semana tras abonar una fianza. El resto continúa también bajo custodia, salvo el canadiense Robert Christopher Metsos, que sigue prófugo y se supone que abandonó Chipre.
Desde Kiev, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, intentó bajar los decíbeles a la trama. “Estamos comprometidos con la creación de relaciones nuevas y positivas con Rusia, que son de interés para Estados Unidos”, garantizó la funcionaria.
Pero la novela del espionaje recién comienza. “La gente no sólo trabaja para el SVR por dinero. Sigue habiendo otros motivos, que incluyen educación, patriotismo y la idea romántica y heroica de las películas y novelas”, aseguró la socióloga Olga Kryshtanovskaya, de la Academia Rusia de Ciencias. En su tierra, además, cuenta la promesa de un empleo menos remunerado que en el sector privado pero estable, al menos hasta que los atrapen.

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