La olla destapada en el emporio K

La olla destapada en el emporio K
El Gobierno quiso minimizar la protesta, pero el reclamo hizo mella y puso al descubierto que se profundiza la interna entre los sectores que nutren al kirchnerismo
Las cacerolas quedan desfondadas tras el grito de guerra de la clase media. Los mesurados piden calma y reflexionan que “hay que escuchar a la gente”. Los inflexibles ningunean la protesta, la atribuyen a una minoría golpista defensora de intereses corporativos, y demuestran que una vez más doblarán la apuesta. Todo bajo el paraguas del oficialismo, claro, porque la oposición, aterida, aún busca la respuesta de por qué no se canaliza hacia ellos esa bronca expresada en el batir de ollas y sartenes.

Sin embargo, el último concierto de cacerolas en la Argentina dejó otra vez al descubierto las indisimulables diferencias de estilo convivientes en el kirchnerismo. En la punta del iceberg están las declaraciones disímiles. En la base del témpano crujen relaciones, se exacerban recelos y crece la incertidumbre sobre un rumbo que para algunos es maravilloso y para otros necesita una reorientación urgente.

“No se esperaba que la protesta alcanzara cierta masividad, pero mucho menos se esperaba que trascendiera las fronteras de la Capital y se viera reflejada en todo el país; ése fue el peor golpe”, reconoció un funcionario nacional del ala económica.

Una vez recibido el sartenazo, algunos se lamentaban porque el día anterior la Presidenta había anunciado el aumento para la Asignación Universal por Hijo, y eso no había aplacado el cacerolazo (de hecho, incentivó a algunos manifestantes a estar presentes en la plazas).

Hubo autocríticas puertas adentro, incluso del cristinismo puro, y hubo también una decisión de volver a confrontar, fiel al estilo K. Fuera de la mesa chica de Cristina Fernández (ver recuadro), un amplio sector del oficialismo hubiese preferido atender de otra manera la protesta. Hay, en lo que se podría llamar el segundo círculo presidencial, dirigentes preocupados por algunas decisiones de la Presidenta que terminan siendo erróneas.

Antes de las declaraciones del jefe de Gabinete, Abal Medina, en las cuales afirmó que “el cacerolazo no preocupa al Gobierno”, ya sabían todos en la Rosada y el Congreso que se redoblaba la apuesta.

“Hay que parar, hay que ponerle un freno a esto o nos estrellamos todos a la velocidad de La Cámpora”, reflexionó un muchacho de otra corriente juvenil del kirchnerismo. Un funcionario del Senado, en cambio, fue más gráfico: “Néstor Kirchner volvía al llano cuando había problemas; Cristina, no; y para colmo no tiene tipos alrededor que la hagan volver”.

Voces del PJ bonaerense, como Florencio Randazzo, Julián Domínguez y hasta el propio Aníbal Fernández bregan por bajar el tono. También lo hacen desde el Movimiento Evita.

“La Cámpora considera que no hay grises, y para el PJ siempre habrá grises; y los que están al medio también comienzan a sentirse incómodos”, describieron a La Tecla desde el Senado nacional.

El asunto está en ebullición desde hace tiempo, y la temperatura se elevará más y más a medida que se acerque 2013. La juventud tiene la esperanza de quedarse con todo o casi todo en el reparto de listas.

No obstante, una ávida jugada puede dejarlos encerrados en un reparto más equitativo. La creación de Unidos y Organizados (de cuya fundación participaron ministros nacionales, legisladores, intendentes como Julio Pereyra y Alberto Descalzo y hasta el presidente de la Cámara de Diputados de la Provincia, Horacio González), tiene como objeto tácito “mostrar que todos somos parte del proyecto y cada sector debe tener su representación”.

La Cámpora puede caer en esa trampa, pero aún tiene el salvoconducto de Cristina. Para ella, inundar de jóvenes las listas legislativas es un objetivo. Como consecuencia, varios de los hoy incondicionales de la Presidenta observan los movimientos de Sergio Massa y Daniel Scioli. “Las diferencias de ahora son el preludio de las peleas de mañana”, se vaticina.

El rol protagónico de Abal Medina, el Cuervo Larroque y, fundamentalmente, Axel Kicillof suele despertar feroces críticas no públicas en el variopinto kirchnerismo. Incluso se han generado algunas rispideces con otros soldados incodicionales.

“Se habla de Guillermo Moreno por el cepo al dólar, pero el responsable es Kicillof; Moreno no está de acuerdo con ese tipo de medidas, lo que pasa es que el tipo es un soldado y hace lo que el piden, como Echegaray”, cuentan en Economía.

Las cuestiones de estilo y el observar o no los reclamos de la clase media hacen mella en el oficialismo. Viejos peronistas con territorio aseguran que si bien la base del movimiento está en las clases bajas, “para ganar una elección también necesitás la clase media, y para tenerla debés atender sus reclamos”.

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