El presidente enfrenta todo tipo de problemas, desde el abismo fiscal hasta la presión de los inmigrantes
Pero, presionado por la crisis fiscal, por la lenta recuperación económica y la duda central sobre a dónde apuntará su legado, el presidente Barack Obama se prepara para asumir su segundo mandato en un clima en el que reina más el escepticismo que la ilusión y la esperanza de cambio.
"Ya sabemos que la magia ha desaparecido. Después de cuatro años, Obama es otro presidente, aunque los problemas y los actores para resolverlos sean los mismos", dijo John Hudak, profesor de Políticas de Gobierno en la Brookings Institution.
Si hace cuatro años, la ilusión explotó y un millón y medio de personas se volcaron en Washington para ver llegar a Obama a la Casa Blanca, en esta segunda vuelta, la expectativa de público es mucho más modesta. Como mucho, para el 21 de enero se espera menos de la mitad de esos días de gloria. Hace cuatro años, en las calles allí no cabía un alfiler. El entusiasmo popular pudo mucho más que el gélido invierno de Washington y desbordó los pronósticos, con la convicción colectiva de que, asomarse a la vereda y ver pasar a Obama y su esposa, Michelle, era sinónimo de codearse con la historia. Hoy, la expectativa es mucho más humilde.
Para la tradición política local, el segundo mandato no es un episodio tan extraordinario como suele serlo en otras latitudes, sino, más bien, se lo percibe como un complemento natural del primero.
Se lo define como la etapa en la que quienes llegan a la Casa Blanca aspiran a poner el sello de su paso por la vida pública. Su legado. Aquello por lo que quieren ser recordados. La coincidencia es que, para nada exento de ambición, Obama busca pasar a la historia como mucho más que el primer presidente negro del país.
"Uno puede discutir el segundo mandato, que ahora comienza, desde la perspectiva política. Pero, en muchos aspectos, será también una reflexión psicológica", añadió Hudak, en diálogo con LA NACION.
La afirmación apunta al hecho de que, en buena medida, el segundo capítulo de Obama comienza con problemas muy similares a los de su primer período y con una distribución de poder también ya puesta a prueba. Pero será su forma de liderazgo la que "haga la diferencia".
Sobre la mesa siguen, por caso, la crisis económica y el "abismo" fiscal; las guerras aún inconclusas, la cárcel de Guantánamo -y todo su simbolismo moral-. También esperan respuesta los más de 11 millones de personas que viven en Estados Unidos como indocumentados.
Para trabajar sobre todo eso sigue en pie la misma fórmula que imperó durante los dos últimos años: un presidente demócrata en la Casa Blanca y un Congreso dividido.
Las miradas vuelven a estar sobre Obama. En coincidencia con la "cuestión psicológica" sobre la que ironizó Hudak, otros conjeturan sobre el tipo de mandato que se atreverá a ensayar el presidente. "La pregunta es si Obama quiere ser ahora el presidente que prometió ser en 2008", sintetizó Dan Balz, de The Washington Post.
El punto es saber si se convertirá Obama en el líder capaz de abordar los problemas más intratables de este país, pese a la profunda división que existe en la sociedad. O si, por el contrario, buscará una fórmula de compromiso y moderación.
Así como los operarios martillan para montar las gradas para la ceremonia, Obama trabaja ya en el discurso en el que delineará los objetivos centrales de su agenda para los próximos cuatro años, y el espíritu y el tono con el que espera acometerla.
Muchos esperan ver allí alguna de las promesas incumplidas. "Es hora de la reforma migratoria", sostuvo la plataforma United We Dream, a coro con los cientos de entidades de indocumentados que se hacen oír en estos días. De hecho, sobre el cierre de la semana, versiones insistentes dieron por cierto que la Casa Blanca pondría manos en la masa con la reforma migratoria en enero o febrero.
"Apenas se supere el debate por el abismo fiscal, será el turno de la cuestión migratoria", sostuvo el influyente Los Angeles Times.
La lista de reclamos sigue. "Es hora de cerrar Guantánamo", le recordó, hace unos días, un editorial de The New York Times.
"Esperemos que el presidente asuma con coraje el problema del gasto y la política presupuestaria", dicen, en tanto, los derrotados republicanos.
La agenda de lo aún pendiente no se agota. Guerras, la crisis inmobiliaria, el desempleo, la economía que no despega, la agenda internacional en riesgo? ¿Cuál será el tono con que se intentará acometer todo esto? La Casa Blanca no ha develado mucho aún. Pero el concepto que emerge en estos días es la lucha contra la inequidad.
"Creo que la obsesión de Obama en este segundo período será aliviar las desigualdades en la sociedad norteamericana", dijo Alan Wolfe, autor del taquillero Return to Greatness: How America Lost its Sense of Purpose and What I t Needs to Do to Recover It ( El r egreso a la grandeza).
Por lo pronto, ése ha sido el factor común en varias de sus recientes intervenciones. Tanto cuando habla de la suba de impuestos para los más ricos como cuando busca alternativas para los indocumentados, la deuda de los estudiantes y las minorías.
Tampoco está claro quiénes lo acompañarán como elenco de gabinete. Buena parte de las dudas residen ahora en quién reemplazará a Hillary Clinton en el Departamento de Estado. Obama quiere allí a su actual embajadora en la ONU, Susan Rice. Pero tropieza con la resistencia de los republicanos, que le reprochan desatinadas expresiones sobre el atentado de septiembre en Libia.
Son las miserias con las que empieza la segunda etapa. Hasta dónde llevará Obama el cambio en ella es la pregunta que muchos se hacen ahora..


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