Como sapo de otro pozo, Mendoza no está cómoda en un país que marcha hacia un “nuevo” sistema político inspirado institucionalmente en el modelo preconstitucional rosista. Estamos, en efecto, frente a un gobierno nacional todopoderoso que vía retenciones y otras “cajas” maneja centralizadamente la renta del comercio exterior, como Rosas lo hacía a través del control de la Aduana.
Ya sea porque Mendoza tiene una estructura institucional y una práctica política mucho más republicanas que la media nacional; o ya sea porque la provincia no encuentra el caudillo, el hombre providencial, que las otras van encontrando... lo cierto es que esta ínsula cuyana no suele repetir en chico lo que a nivel nacional ocurre en grande.
Más bien, generalmente se adelanta, o atrasa, o va por una camino distinto al que fijan las grandes orientaciones políticas del país.
Fue así que en 1995 aparecieron simultáneamente en Mendoza dos fenómenos políticos de avanzada en aquel entonces: el primer peronista que desafió a Menem (Bordón) y el primer esbozo de la Alianza de 1999 (el acuerdo entre el “Pilo”, el “Chacho” y el “Viti”). Luego, con la caída de la Alianza fue la nuestra la única provincia mediana-grande en la que sobrevivió el radicalismo. Un radicalismo que luego encabezó la nueva Alianza, esta vez con Kirchner.
También mendocinos fueron los que sepultaron, apenas nacido, ese nuevo intento transversal: primero Jaque destrozando la versión local del mismo, y luego Cobos generando la primera crisis institucional de gravedad dentro del poder K.
Y hoy, dentro de la lógica política eminentemente unitaria y caudillesca que conforma la nueva estructura política del país, Mendoza es un bicho raro. No sabe cómo manejarse en esta realidad y los demás tampoco saben muy bien como tratarla porque acá nada prende bien.
Entonces, ante la imposibilidad de “normalizarnos” en el nuevo diseño nacional, seguimos produciendo excentricidades. Como un laboratorio experimental, algo que Mendoza siempre supo ser pero esta vez dirigido por un científico loco que perdió toda relación con la realidad y sigue generando inventos sin ton ni son, que nadie sabe muy bien para qué sirven, o siquiera si sirven.
En ese marco se entiende (o no se entiende) la Alianza entre peronistas disidentes y el Partido Demócrata, bendecida la semana pasada, en una histórica foto, por el caudillo con más trayectoria de tal en el país: el puntano Adolfo Rodríguez Saá, quien junto con su hermano andan preparando en San Luis a sus hijos y sobrinos para eternizar la dinastía familiar.
Además, en la Nación el peronismo disidente se deshace: Solá y Duhalde apenas se pueden ver, De Narváez amaga alejarse, Das Neves quiere competir en internas con Kirchner, Macri más líos no puede tener, Reutemann calla. No obstante, los mismos que se dividen en la Nación, en Mendoza intentan re-juntarse a través de un nuevo tipo de alianza, que de santa no parece tener mucho.
Altos dirigentes demócratas dicen por lo bajo que este acuerdo político es coherente “porque frente a la ideología de estos peronchos, nosotros parecemos de ultra-izquierda”. Pero eso sí, todos los “gansos”, al unísono, apuestan a que la condición sine qua non de la unión es que el candidato a gobernador lo ponen ellos.
La mayoría de los peronistas disidentes no piensan cederles tanto. Pero algunos admiten en off (“no digas que te lo dije porque me matan”) estar dispuestos a negociar tal acuerdo si les dan más cargos en las listas, persuadidos de que la gran proeza sería salir segundos, detrás del radicalismo y delante del jaquismo.
Lo cierto es que recién en ese momento, en el de la repartija, se verá si a esta nueva invención mendocina, la generó algo más tonificante que la mera desesperación. Se verá si vienen a luchar contra el caudillismo reinante y creciente o son más bien la versión conservadora y mendocina del mismo.

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