Nueve semanas más.

Por: Pepe Eliaschev.

Es natural y hasta legítimo el regocijo del que hace el gala el Gobierno. Ha obtenido una victoria contundente. No se le niega el reconocimiento a quien, en democracia, logra tamaña victoria. Las razones son otro tema, pero a una semana del 50% amasado por Cristina Kirchner, el mapa político argentino se ha reconfigurado.

¿Qué quiere decir “re-configurado” en este caso? Que el escenario inicial de una fuerte mayoría oficial versus una oposición robusta se mostró, por ahora, superado. La cifra mágica, ésa que reza “la-mitad-de-los-argentinos” tiene un valor intenso.
Pero han pasado muchas cosas, no solo un resultado electoral. Por de pronto, el principal fantasma/cuco blandido por el oficialismo (los medios de comunicación), no tiene de manera alguna la capacidad de moldear la cabeza de la gente. Esos medios, los diarios, las radios, la TV, las revistas, internet, a los que el kirchnerismo constituyó en blanco principal de un rencoroso y virulento ataque, no consiguieron lo que fantaseaban en su delirio persecutorio los intelectuales estatales. Hablan aun de “medios hegemónicos”, pero ¿de qué hegemonía se trata? Por el contrario, a la vista de los resultados, bien puede afirmarse que si la ecuación medios=poder es válida, deberíamos concluir, al menos ése es mi razonamiento, que han sido los medios oficiales los que han se han convertido en hegemónicos. Es curioso, en este sentido, que la dolorosa derrota padecida por el kirchnerismo en la Capital Federal el 10 y 31 de julio fuese atribuida a los famosos “medios” (acusados de devorarle el cerebro al pobre pueblo) y ahora, en cambio, cuando se da vuelta la taba, no se aplique la misma vara. La verdad anda por otros caminos.
En un arranque de meritorio realismo, han surgido de medios que expresan el punto de vista oficial reflexiones sensatas y sobre todo realistas. Se ha dicho desde uno de esos tantos espacios en donde domina el pensamiento gubernamental, que el voto del 14 de agosto reflejó una actitud “conformista” y, además, “conservadora” por parte de la mayoría que se inclinó por la Presidente. A veces, las verdades más contundentes son las más elusivas; como nos acontece en nuestras vidas privadas, cuesta a las sociedades admitir lo más obvio. En tal sentido, se puede sostener que, lejos de ser un voto revolucionario o empapado de ansias transformadoras, ese ejército de diez millones de personas manifestó su intención de que nadie haga olas.
La conformidad con el statu-quo cuando el mundo tiembla es un arrebato humano bastante comprensible. También lo es la reacción cuando, estando el mundo en relativa estabilidad, se detecta dentro de una sociedad que las cosas le marchan relativamente bien a una cantidad importante de personas. Los españoles derrumbaron las chances de la continuidad del Partido Popular en marzo de 2004 cuando descubrieron que José Mª Aznar los metía en un pantano por su cercanía con el presidente George Bush y su voluntad de enviar tropas al Medio Oriente. Los norteamericanos le cerraron el camino a Jimmy Carter, el hombre de la paz, la honradez y los derechos civiles, y se encolumnaron tras Ronald Reagan en las presidenciales de noviembre de 1980 cuando éste les preguntó si estaban mejor o peor ese año que en 1976.
En la Argentina de 1995, por ejemplo, hubo terror a que la convertibilidad de Menem/Cavallo se evaporara y dejáramos de ser un país del Primer Mundo, habitado por rubios, altos y de ojos celestes. Ese pánico se transformo en la cómoda reelección del riojano con casi el 50% de los votos (nada nuevo bajo el sol), con un dato que vale la pena traer a colación, pero que les duele reconocer a los batallones intelectuales del kirchnerismo: ese 1995, en la provincia de Buenos Aires fue reelecto gobernador Eduardo Duhalde con el 57% de los votos.
Puede alegarse que es un error no ingenuo comparar momentos y etapas, y algo de cierto hay en eso, pero también es evidente que lo que seguimos llamando peronismo es un movimiento complejísimo bastante habituado a alzarse con victorias clamorosas. También debe decirse que ha vivido varias derrotas significativas, porque nada es eterno. Así, mientras que en 1995, el Dr. Duhalde se alzaba con ese casi 57%, dos años más tarde el peronismo retrocedió al 48% en la provincia. Ese año, la entonces flamante Alianza, con Graciela Fernández Meijide a la cabeza, ganaba las elecciones para diputado nacional en la mayor provincia argentina, con casi siete puntos de ventaja sobre el peronismo.
Los números van y vienen y las pasiones estrepitosas (aunque éste no sea el caso), también pueden disiparse. Nada de lo dicho le quita entidad al resultado de este domingo, pero en cambio se pueden trazar razonamientos diferentes para pronosticar lo que sucedería en el plazo inmediato. A nueve semanas de los comicios verdaderos del 23 de octubre, hay opinadores profesionales que aseguran que lo único que puede pasar es que Cristina, en lugar de sacar el 50%, trepe al 60%. Es un pensamiento atendible, pero no es el único.
Aunque ésta no sea una posición de sencilla aceptación para muchos, también podría producirse otra eventualidad. Admito que no es muy probable, pero tampoco es imposible. Las supremacías demasiado gruesas a veces generan sentimientos encontrados y hasta angustiosos. Un porcentaje nada desdeñable de esos diez millones de votos K del domingo bien podrían provenir de gente asustada por un mundo inestable e interesada en que “esto” continúe sin cambios. Pero ese votante asustadizo, ¿no se fastidiará por la perspectiva de un régimen plebiscitado tan hegemónico que podría prescindir del Congreso, de la Justicia y del periodismo? Es, apenas, una hipótesis, una pregunta entre muchas otras. Si ello sucediera, diríamos que las del 14/8 fueron primarias en todo el sentido del concepto, o sea un primer veredicto. Ante este conteo de glóbulos, no necesariamente debe reproducirse exactamente el mismo guarismo. ¿Es el mío un “rulo” analítico? No lo niego, pero la Argentina se ha demostrado tan casquivana, cambiante y volátil, que no sería un mal consejo mantener todas las opciones abiertas.

Comentá la nota