La nueva cruzada del cristinismo

Por Martin Rodriguez Yebra
El alud de votos de Cristina Kirchner en las primarias barrió con un preconcepto bastante difundido entre la dirigencia: la idea de que la Presidenta tiene una clara fortaleza electoral que, sin embargo, la conduce a un segundo período condenado a la debilidad política.

Para los peronistas más o menos oficialistas que ansían ascender en la pirámide del poder era casi el combustible de su paciencia: había que esperar este turno, aceptar las "humillaciones" que les disparaban desde la Casa Rosada en la construcción de listas y a partir del 10 de diciembre discutir la sucesión, ante la mirada impotente de un gobierno que nacería con fecha de vencimiento: cuatro años, sin reelección.

Algo cambió el domingo 14.

José Manuel de la Sota, Juan Manuel Urtubey, Jorge Capitanich, José Luis Gioja y Daniel Scioli, por nombrar a algunos, descontaban antes de las elecciones primarias que el fin de año los encontraría en la vidriera de los presidenciables. Que aquí y allá, como ante un reloj que adelanta, los invitarían a brindar por 2015.

Despertaron del aplastante triunfo de Cristina Kirchner en un estado de confusión, aunque algunos hayan podido asociarse al festejo. Nunca esperaron semejante ventaja. En estas horas de reflexión, que tienen a los candidatos opositores preguntándose por qué la sociedad los empujó a la intrascendencia, los peronistas que aspiran a superar la fase kirchnerista empiezan a asumir que la tarea no será un proceso automático, regido por el paso del tiempo. Es más, hoy temen que suceder al kirchnerismo sea la meta verdadera del cristinismo, ese grupo de dirigentes de rodaje corto que en los últimos meses ganó poder y espacios en las boletas por férrea voluntad de la Presidenta.

EL CONTROL DE LA SUCESIÓN

Los resultados del domingo invitan a una relectura del proceso preelectoral que dio aire a esas figuras (los jóvenes de La Cámpora y otros cultores del relato cultural oficialista). Tal vez la obstinación por encumbrar a comisarios políticos del cristinismo en el Congreso, vicegobernaciones, intendencias y concejos deliberantes no haya sido sólo una táctica para evitar un debilitamiento en cascada de una presidenta sin derecho al tercer mandato y que perdió el recurso mágico de la sucesión matrimonial.

Un gobierno bendecido por el 50% de los votos, con una mayoría en el Congreso gestionada por feligreses de la causa y con operadores alla Mariotto en posición de "vigilar" a gobernadores e intendentes difícilmente vaya a aceptar que nadie más que la Presidenta digite el camino a la sucesión.

¿Irá por la reforma constitucional que autorice nuevos mandatos, algo que los presidenciables oficialistas veían imposible porque ellos mismos podían boicotearla (se necesitan dos tercios en el Congreso)? Es un objetivo lejano. Sobre todo porque en el Gobierno tienen mediciones que indican que la sociedad no aprueba el impulso de semejante cambio. En todo caso, será con los resultados de 2013 -la eternidad de dos años- cuando el eventual segundo gobierno de Cristina Kirchner pueda plantearse la hipótesis de una reforma, señala un operador oficialista.

Lo que, en cambio, empieza a perfilarse es la convicción de que Cristina Kirchner peleará después de diciembre por retener los índices de popularidad y conjurar las ambiciones de los pretendientes de su sillón con una amenaza mucho más realizable: ser ella quien designe un candidato oficialista para 2015, de la misma manera drástica e inconsulta que hizo este año con sus representantes en todo el país.

Es el modelo Lula, que impuso en contra de la mayoría de sus partidarios a Dilma Rousseff. O, sin viajar tan lejos, como marcan fuentes de la Casa Rosada, lo que hizo Hermes Binner en Santa Fe. El gobernador impulsó a su amigo y ministro Antonio Bonfatti aun cuando tenía una intención de voto de 2 puntos. El partido se resistió y -aquí hay una diferencia- el socialismo santafecino tuvo que hacer elecciones internas. El final del cuento dice que Bonfatti gobernará a partir de diciembre.

¿Buscará Cristina Kirchner construir un sucesor de entre sus colaboradores de extrema confianza? ¿Será para eso que catapultó a Amado Boudou y que le da cada vez más margen de operación política, entre canción y canción? Son especulaciones que circulan en el kirchnerismo desde la noche del domingo pasado.

Los próximos dos meses tal vez muestren al Gobierno en su faceta más conservadora, con gestos dialoguistas y mensajes de amor. Cuidar la ventaja y no cometer errores antes de las elecciones reales es la orden que hizo pública la Presidenta. Después quedará expuesto a administrar la hegemonía, una situación que lo llevó a cometer errores dramáticos.

EL CAMBIO

Por un tiempo largo no escucharemos a De la Sota hablar del "cordobesismo", esa indefinida versión del peronismo con la que hace 15 días se soñó presidente. Scioli tratará de teñir el naranja de su propaganda y afirmarse en el tren ganador (que por derecho propio integra). Y los otros que preparaban la voz para gritar fuerte a partir de diciembre apelarán al consejo tan peronista de desensillar hasta que aclare.

Si la lógica se cumple, a Cristina Kirchner le tocará gobernar otros cuatro años. Arrancará con un apoyo que abre otra luna de miel, aunque el mundo está en crisis y las demandas de mejoras concretas en temas tantas veces prometidos, como la redistribución del ingreso, se harán sentir.

Cuatro años es demasiado tiempo para pronosticar la suerte de cualquier grupo político en un país acostumbrado a tumbar, de un día para otro, modelos en apariencia exitosos. Pero los que creían ver el futuro de cerca intuyen que ahora les toca lidiar con el cristinismo, la sala VIP del kirchnerismo, un lugar exclusivo poblado de cruzados que se asumen con la misión de correr hacia adelante la frontera infranqueable de 2015..

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