Por Alfredo LeucoMultiplicación de gestos de distensión y admisión de necesidades mutuas, más financieras que políticas
La relación con el Gobierno de Cristina puso al campo en estado de asamblea permanente. Los productores agropecuarios más competitivos del mundo discuten con mucha vehemencia y hasta con posturas antagónicas en algunos casos alrededor de estas preguntas. Nadie quiere quedar “pegado”, acusado por su pares de “colaboracionista” del Gobierno o de haberse dado vuelta como un panqueque, pero tampoco quieren dejar pasar el tren de una realidad distinta si ésta se verificara en la práctica cotidiana.
La señal de mayor impacto fue el lanzamiento en Tecnópolis (el lugar en el mundo de Cristina además de El Calafate) del Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial. Allí, la Presidenta utilizó conceptos que fueron música para los oídos de la concurrencia donde, salvo los integrantes de la Mesa de Enlace, estuvieron presentes los representantes de todas las empresas (multinacionales exportadoras y agroquímicas incluidas) y asociaciones técnicas del sector.
Agregar valor en los pueblos del interior; ponerse como meta la exportación de US$ 100 mil millones; más innovación, ingeniería genética y biotecnología; superar la producción granaria de 160 millones de toneladas antes de 2020; fortalecer el círculo virtuoso del Estado y el mercado y autorizar eventos tecnológicos que aceleren el crecimiento son “planteos que venimos sosteniendo hace muchos años y por eso fue un discurso estimulante y fantástico”, dijo Gustavo Grobocopatel a PERFIL.
En un momento, la Presidenta señaló a Gastón Fernández Palma, titular de Aapresid y definió la entidad como la responsable de la revolucionaria siembra directa. La sorpresa fue mayúscula cuando rescató el lema del último coloquio realizado en Rosario, “Inteligencia colaborativa”. Para poner esta información en contexto vale aclarar que Néstor Kirchner había prohibido a sus funcionario concurrir a esos encuentros. Alguna vez estuvo el ministro Lino Barañao y en las últimas dos ediciones, buscando otro clima, apareció el ministro Domínguez. “Esto parece ser el fin de una contienda muy maniquea ”, fue la conclusión de Fernández Palma, que nunca había visto personalmente a Cristina.
El intento presidencial más fuerte de seducir y recomponer los vínculos con el campo logró impactar aún en quienes, como Fernández Palma, siguen siendo muy prudentes frente a lo que denominó “caprichos de Moreno que irritan”.
El cambio de actitud del Gobierno generó todo tipo de reacciones y debates. Hubo posturas intransigentes de ambos lados. Hay propietarios de tierras que dicen “yo no le creo nada a Cristina y le tengo miedo al chavismo de La Cámpora” y militantes dogmáticos kirchneristas que advierten sobre un peligroso “viraje hacia el centro que reconoce a representantes de la oligarquía sojera”. En ese estrecho desfiladero se están sembrando las nuevas semillas del diálogo respetuoso que evite cosechar tempestades. Pero hay novedades todos los días.
El Gobierno mantiene las intenciones de fracturar la Mesa de Enlace. Apuntan a mejorar las relaciones con los representados por Eduardo Buzzi, en Federación Agraria, y Carlos Garetto, en Coninagro. Por eso aparecieron en fotos y algún acto con Domínguez y hasta con el mismísimo ministro de Economía y próximo vicepresidente de la Nación, Amado Boudou. Prefieren tomar distancia de Hugo Biolcati (Sociedad Rural) y para los integrantes de la Confederaciones Rurales Argentinas dejan la puerta entreabierta. Además, están fortaleciendo sus propias agrupaciones kirchneristas como CANPO (Corriente Agraria Nacional y Popular).
También hay órdenes de levantar el pie del acelerador en el seguimiento de las empresas que les dan un trato casi feudal a sus trabajadores y que evaden, eluden y gambetean todo tipo de impuestos por montos millonarios. Hasta no hace mucho, varias de las corporaciones más poderosas aparecían “escrachadas” por los periodistas militantes que llegaban de la mano de la AFIP. Hoy siguen los controles para evitar los excesos, pero no se utiliza ese mecanismo como una forma de presión.
Domínguez, el ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca, logró respeto y reconocimiento en el sector. Hasta en la reunión del G20 de Estambul elogió la competitividad del productor argentino. “Una semilla argentina contiene un mundo de tecnología, el aumento de la productividad debe ser la nave insignia de la próxima década”, dijo en Mercosoja 2011. Conociendo el verticalismo de la Presidenta, se sospecha que fue ella la que le ordenó que reabriera las tranqueras al diálogo con el sector que en 2009 le había propinado una paliza electoral (Kirchner perdió con De Narváez) legislativa (Cobos y su voto no positivo) y social (las masivas movilizaciones). Parece que Domínguez tiene reservado el lugar de presidente de la futura Cámara de Diputados. ¿Quién lo reemplazará? Domínguez es tan peronista como cristiano. Fue funcionario de todas las versiones del justicialismo y estuvo a punto de anotarse para ser cura. Todos dicen que de allí nace su vocación negociadora y su paciencia para tejer acuerdos.
Pero lo más probable es que Cristina haya modificado su actitud, no por cuestiones ideológicas sino por realidades pragmáticas. Se vienen años donde la necesidad de fondos del Gobierno va a ser insaciable. ¿Alguien conoce una caja más poderosa y líquida que la soja? Hoy hay sembradas 20 millones de hectáreas que conforman el 12% del PBI. Tal vez esto explica, en parte, el nuevo escenario. Los une el mismo objetivo del dinero fresco: más exporta el yuyo y el campo, más recauda Cristina. Matrimonio por conveniencia y peronismo básico, seguro. ¿Nueva alianza estratégica también?







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