La a-normalidad de lo normal

La necesidad tanto del oficialismo como de la oposición es que todo siga igual. Pero la desaparición del hombre más fuerte de la política argentina preanuncia cambios
Y llegó el día después. La muerte tiene esa rara habilidad de zamarrearnos. Después nos da tregua para pensar y finalmente nos suelta sin dejar de avisarnos que hay que volver a la normalidad, cueste lo que cueste.

El problema, en este caso, es que Néstor Kirchner tenía que ver con la normalidad de unos y de otros. Su ausencia se ha convertido en una a-normalidad.

El imprevisto exalta los espíritus. Las reacciones, por lo general, no son pensadas, son sentidas. En este caso quien ha muerto no es uno más, se trata del hombre que manejaba el poder de la Argentina, es decir todos, de todos: de los que lo querían y de los que lo odiaban; de los que lo veían como un gran político y hasta de los que lo consideraban un corrupto. Por lo tanto, las reacciones de los golpeados jóvenes que sintieron su corazón estrujados van por un lado, pero la de los hombres y mujeres que manejan los hilos de la Argentina están cargadas de responsabilidades.

En ese marco se instala el odio al vicepresidente y hasta se entiende el grito de la calle que vociferaba "...andate Cobos...". Sin embargo, en las altas esferas alguien debió haber recibido las condolencias de un argentino más. Las heridas son tan profundas que el bicentenario encontró a su dirigencia peleada y desunida, mientras en la calle todos se unían bajo la identificación de argentinos. Ambas cuestiones están dentro de la normalidad de lo que sucedía en el país antes de las 9.10 del miércoles pasado.

La oposición comenzó la semana con una estrategia clara y a la hora señalada se quedó vacía. Y ahora, ¿quién es -será- su adversario? Todos los cañones apuntaban a Kirchner y ahora el blanco ya no está. Todo es a-normal para una oposición que veía en aquel el centro del mal -y de sus males-.

Las multitudes que desfilaron frente al féretro del líder peronista se corporizaron -y sintetizaron- en un rostro joven, despeinado y rebelde. Y se pronunciaron en un grito: "fuerza Cristina". A quien quiso -así lo oyeron muchos de los testigos que allí estuvieron-, la Presidenta les contestó: "Nunca he aflojado". A otros, especialmente, si eran radicales o desconocidos -eso le iba avisando Carlos Zanini, oportunamente- ni siquiera les respondió el saludo. La Presidenta en medio de su duelo demostró que está dispuesta a mantener la normalidad.

La normalidad en medio de tanta a-normalidad puede ser un riesgo para una argentina hipersensibilizada por lo inesperado, por lo no deseado ni planificado.

Con un gobierno en estado de shock y con una oposición tan desubicada como el oficialismo pareciera que llega el momento de la madurez. Los espasmos propios de la adolescencia deberían dejar su lugar para cuando los ánimos se acomoden.

Esta semana, por ejemplo, el Congreso de la Nación volverá a reunirse para tratar aquellos temas con los que unos y otros se tiraron encima. Con qué criterio, con qué espíritu, con qué argumentos afrontarán esta nueva realidad. Un paso maduro y cuidado por el bien de las instituciones argentinas sería una agenda común y necesaria por un lapso determinado. De lo contrario, las interpretaciones podrían perjudicar las intenciones, y viceversa...

Fidelidad alperovichista

Antes de volver a Tucumán, el gobernador auguró que todo seguiría igual, que no habría cambios en la política. Advirtió que la economía no tendría inconvenientes y que Cristina tenía la fortaleza suficiente para llevar adelante el país. Ninguna de esas cuestiones son irrefutables, pero lo que obvió Alperovich es que no estará el armador fundamental y el candidato a presidente que el kirchnerismo había elegido -Cristina había aceptado en primer término- para dar batalla en 2011.

Alperovich trató de ponerle normalidad a la anormalidad. El gobernador además es un agradecido de los Kirchner que no sólo acunaron, sino que también lo mimaron como al mejor de sus alumnos. Por lo tanto, en los momentos más complicados, el gobernador tucumano no va a cambiar su rumbo. Es cierto que le costará más que antes ya que su vínculo más fuerte fue siempre con Néstor y no con Cristina.

Al momento de enterarse de la noticia, el matrimonio Alperovich enfrentó un fuerte shock. Lo inesperado los atravesó en el desayuno del miércoles censado. La volatilidad de la vida y la imprevisibilidad de los caprichos de la muerte pusieron en alerta que nada está preparado en la política para soportar la desaparición de sus líderes.

Y en 2030, también

La explosión de los jóvenes sorprendió a muchos dirigentes políticos. No esperaron tanta demostración de afecto ni tanta identificación con Kirchner. "Nunca nos imaginamos que se había creado esa comunión. Eso es porque cada vez que se entregó una beca o una computadora, en cada acto se habló y se transmitió lo que se pensaba. No fue un acto frío en el que se dio lo que puede entenderse por dádiva y punto. Por detrás se estaba haciendo política también", explicó entre sorprendido, entusiasmado y emocionado un dirigente peronista que alguna vez le cayó bien la política menemisa y que ayer estaba conmocionado por la desaparición del hombre fuerte de la política Argentina.

Se mostraba sorprendido porque no se dio cuenta de que los jóvenes habían "comprado" de tal manera la impronta peronista. Se había emocionado por la potencia del acontecimiento y no ocultaba su entusiasmo. "Ya está, ya hemos sembrado de aquí a 20 años. Hay mucho peronismo para las generaciones que viene", sintetizó.

El bolsón no se va

El kirchnerismo ha cambiado el signo de la política. Ya no es mala palabra ni al político le da vergüenza decir que trabaja en esta actividad. No obstante, la dirigencia tucumana todavía está entrampada en una "comercialización" de la política.

El bolsón aún sigue siendo una mercancia necesaria y los dealers en muchos casos tienen más fuerza que los punteros. Hay viejos dirigentes políticos que se quejan del alperovichismo en estos momentos de balances precisamente, porque no ha sabido transmitir esa mística que tanto ha impactado en el adiós final a Kirchner. "Sabés lo que suele decirnos José: yo quiero que ustedes crezcan", pero cuando dice eso levanta las manos y marca una medida de dos centímetros con el índice y el pulgar. "Esto quiero que crezcan, suele repetirnos", agrega el infidente. El comentario -con humorada sincera incluida- está demostrando que también la normalidad de la política tucumana va a tener que adaptarse a cierta a-normalidad para adecuarse a los tiempos que gran parte de la población aplaude.

Con el 30% alcanzaba

La normalidad para el kirchnerismo fue que si conseguían un 30% se quedaban contentos porque con ese porcentaje podían hacerlo todo. Podían estirarlo como un chicle y convertirlo en un 90% si el tema cautivaba o simplemente en un 45%. Siempre lograban sumar fidelidades -ocasionales y permanentes- y se salían con la suya. Para los K lo importante no era tener mucho, sino asegurarse ese 30%. Con su política, lo inflaban o, en todo caso, diluían el 70% de los otros para que se desarmaran en tantas otras minorías que no terminaban perjudicándolos en nada.

Para sostener eso Kirchner vivía haciendo política día y noche. Ahora que no está, el kirchnerismo tendrá que crear otras condiciones de normalidad.

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