El ex director de Canal 3 se quejó porque los responsables de "instaurar el terrorismo de estado en La Pampa" no han sido juzgados. Fue una declaración emocionalmente intensa, y lloró cuando habló de un hijo.
Lo más impresionante del extenso relato de dos horas de Nicoletti fue su paz interior, su tranquilidad espiritual, su temple. Sólo reclamó justicia y arrepentimiento. "Es extraño que no digan lo que pasó, como lo decimos los de este lado", expresó en alusión a los imputados. Y agregó: "Me da mucha bronca que me pregunten quién era el guardia en la cárcel de Rawson en 1976, en las condiciones en que estaba; y me produce una gran decepción que la justicia no haya estado a la altura del requerimiento de los ciudadanos porque no han juzgado el golpe (militar) a la democracia".
La jornada de ayer a la mañana se circunscribió a su testimonio y al de Julio Díaz, un policía que en esa época prestó servicios en la Seccional Primera, donde en la planta alta funcionaba la Unidad Regional I y se realizaban las sesiones de tortura.
Justamente por los delitos de privación ilegal de la libertad, agravada por mediar violencia y amenazas, e imposición de tormentos, están siendo juzgados por el Tribunal Oral Federal el ex secretario general de la Gobernación, el coronel retirado Nestor Omar Greppi, y los ex oficiales de la Policía provincial, Roberto Esteban Constantino, Omar Aguilera, Roberto Oscar Fiorucci, Athos Reta, Carlos Roberto Reinhart, Antonio Oscar Yorio, Néstor Bonifacio Cenizo y Hugo Roberto Marenchino. En cambio quedó afuera del debate, por razones de salud, el jefe de la Subzona 14, Fabio Carlos Iriart.
Aquella noche Nicoletti fue detenido por Fiorucci y llevado desde el periódico hasta la Unidad 4 en un camión que identificó en una fotografía. Allí permaneció dos meses incomunicado, aunque luego supo que ese silencio había sido levantado al mes, aunque continuó por orden del jefe de Policía, Luis Baraldini, alguien que hoy debería estar siendo juzgado pero que permanece prófugo de la justicia. "Me causa desazón que no estén acá personas que fueron responsables de instituir el terrorismo de estado en La Pampa, como (el anterior jefe de la Subzona 14, Ramón) Camps, Iriart, (el gobernador de facto Carlos Enrique) Aguirre y Baraldini", sostuvo el testigo.
La única excepción a la incomunicación fue un permiso para que lo visitara una comisión interna del diario que le prometió la libertad si renuncia a él. Si bien Nicoletti expresó que "los compañeros fueron a tratar de ayudar", también reveló que un informante de la SIDE ya fallecido tomó el periódico. Sin nombrarlo, dijo que fue el mismo que "recorrió el país y el mundo con (Jorge Rafael) Videla".
De la U4 hasta Rawson.
De Santa Rosa, Nicoletti fue trasladado junto a otros pampeanos al penal de Rawson, de donde salió el 16 de noviembre, el día de su cumpleaños ("creo que fui el primero de mi pabellón que siguió con vida"). En la Unidad 4 vivió "un régimen carcelario, pero humano" junto al director de LA ARENA, Saúl Santesteban, el ex diputado Roberto Gil, el ex ministro Santiago Covella, Hermes Accátoli, Mireya Regazzoli, Miguel Maldonado, Nicolás Navarro y José Mendizábal, entre otros. Gil, Accátoli y Covella le contaron de los maltratados recibidos en la Seccional Primera "con golpes y picana eléctrica en los testículos".
El testigo fue trasladado una vez a la Primera, donde permaneció "un día y una noche contra la pared, sin que me dijeran nada. Escuché golpes y gritos; supe que querían que los escuchara". En otra ocasión lo llevaron a una dependencia de la calle Raúl B. Díaz. Fue golpeado mientras permanecía vendado. Dijo que a los interrogadores le obsesionaban tres hechos: la cooperativización de La Capital ("habían hecho creer que desde el gremio de prensa habíamos apretado a la empresa para que lo vendiera"), si había recibido instrucción militar en Cuba y porqué le había querido poner Fidel a su primer hijo. En ese instante, Nicoletti se quebró. Su llanto silencioso silenció el recinto. A su espalda, lo estaban escuchando su esposa Ana y sus hijos Juan Ignacio, María Marta y Verónica. Sólo faltaba el mayor, Fidel... que se terminó llamado Pablo Javier ("por las dudas").
En Rawson vivió lo imaginable y algo más. Compartió, esposado junto a Covella, el vuelo al sur "donde presentí que tiraron desde el avión a una persona". Allí, a partir de una carta de su madre pidiendo que le mejoraran la alimentación por sus problemas de hígado, empezaron a entregarle como único plato "una bola de grasa que, con imaginación, la fileteaba y la cambiaba por filetes de papá". Allí se bañaban con agua fría en la ducha que estaba en la terraza ("por esa ducha Agustín Tosco contrajo el asma que lo llevó a la muerte"). Remarcó: "Fueron cosas increíbles que para nosotros eran cotidianas".
Al regreso a la ciudad, Iriart lo mandó a llamar y le preguntó "si era tonto o estúpido" y porqué no se iba del país, una posibilidad que tenían los que habían estado a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. El jefe de la Subzona 14 lo mandó a Campo de Mayo a pedir permiso para poder vivir en Telén, junto a su madre. "No me querían en Santa Rosa porque no habían presos caminando por sus calles. Fue un negocio pampa (sic)", sostuvo.
Durante tres años vivió bajo un régimen de "libertad vigilada" y debió presentarse periódicamente a la oficina de Inteligencia del Ejército que funcionaba en la calle Quintana. El día que ingresó a la librería Marinelli, un soldado lo llevó a Inteligencia creyendo que había violado la prohibición de ingresar a La Capital, que funcionaba enfrente. "Tuve que mostrarle la factura de la librería", señaló.
"Una matriz, un modelo".
Nicoletti, que era director de La Capital y secretario del Sindicato de Prensa, le dio un contexto sociopolítico a su privación de la libertad. Dijo que las detenciones ya se practicaban desde el gobierno de Isabel Perón ("veníamos zafando, hasta que no zafamos más") y que su correlato fue un decreto del gobernador José Aquiles Regazzoli colocando a la Policía bajo el mando del Ejército. "Había una matriz, un modelo", graficó. Junto a Regazzoli y su hija Zelmira enjuiciaron al Ejército y al Estado Nacional por sus detenciones, pero la causa fue archivada.
En primerísima persona contó que "un preso necesita sentir culpa para que le cierre la vida", en alusión a que nunca supo qué había hecho y porqué estuvo detenido. Para consolarse, autojustificó su detención en su militancia política y en su rechazo al golpe. Esa situación de limbo judicial, afirmó, es una clase de tortura extrema. "En charlas de presos llegué a decir que hubiera firmado una sentencia a 10 años a cambio de haber accedido a un juez".
En ese contexto señaló que "mi detención la firmó Camps. El dejó la lista completa, por eso pudo ser antes. Se trató de un plan perfectamente constatable. No fue casualidad que detuvieran a Raulito (D´Atri, periodista de LA ARENA), a Saúl (Santesteban) y a mi. Incluso en 1978, en un congreso nacional clandestino del gremio, faltaban siete secretarios generales y otros aún estaban detenidos".
Sin levantar la voz ronca -a la que ayudó permanentemente con pequeños tragos de agua para no enmudecer- y sin modificar el estilo pausado, le habló a los jueces: "(Los represores) tienen que hacerse cargo de sus tropelías, aunque hayan pasado 34 años. Esto no se cierra si no es con justicia".
Al salir del Colegio de Abogados, volvió a lagrimear, recibió abrazos y felicitaciones y se fue abrazado con su mujer. Al lado de ambos caminaban sus hijos.
Una mención para la iglesia y obispos
Nicoletti -que fue seminarista- dedicó especialmente un tramo de su relato a la Iglesia Católica pampeana. Recordó que a su mujer -que lo acompañó en la audiencia, y que paradójicamente en aquella época era prima política de Yorio- le habían aconsejado en el Ministerio del Interior que presentara cartas que hablaran bien de él para que pudiera quedar libre.
El periodista testificó que el obispo (Jorge) Mayer escribió que tomaba la comunión todos los domingos y el obispo (Adolfo) Arana que se confesaba con él. De éste aseguró que, al confesar a los represores, les decía que estuvieran tranquilos, que lo habían hecho por la patria. En cambio, destacó que "el padre Cayetano Castello, del Colegio Domingo Savio, reivindicó todo mi trabajo desde joven, y el padre Vara, con su paisanismo, aseguró que si me largaban, me iba a poner en línea y que no traería problemas".
"Me duele que se vapulee tanto a la Iglesia -remarcó-. Es cierto que fue cómplice (de la dictadura), pero otros sectores se mostraron comprometidos, buscando como nosotros un mundo mejor".
Un ex policía de la Primera complicó a los represores
Julio Díaz formaba parte de la custodia del ex gobernador José Aquiles Regazzoli. Después del golpe de Estado del '76 fue trasladado a la Seccional Primera. Allí vio los maltratos a los que fueron sometidos, entre otros, Clemente Bedis, Justo Ivalor Roma y Héctor Manuel Zolecio, a quienes conocía de la Casa de Gobierno.
Curiosamente, una de las querellas había desistido minutos antes de su testimonio, pero el tribunal denegó el pedido. Por eso Díaz se sentó frente a los jueces y volvió a complicar a los represores, como lo había hecho en la investigación dispuesta en 1984 por el gobernador Rubén Hugo Marín. El testigo ya había ratificado esa declaración ante la justicia y ayer volvió a hacerlo en el juicio.
Un detalle: su declaración se produjo luego de un cuarto intermedio. En ese paréntesis los represores cambiaron sus ubicaciones y Carlos Reinhart (Carlitos para el testigo) y Hugo Marenchino se pasaron a la fila de adelante, siendo claramente visibles para Díaz. Justamente él fue a los dos primeros que mencionó cuando el tribunal le preguntó si conocía a los nueve imputados, ya que había trabajado con ambos.
En un primer momento Díaz se mostró más dubitativo, pero cuando el presidente del TOF, José Mario Tripputi, le recordó que por mentir podía ser penado, le leyó sus dichos y le preguntó si era ciertos, Díaz respondió: "Sí, señor".
El ex policía relató que los detenidos eran llevados de madrugada a la planta alta de la Seccional Primera -donde funcionaba la Unidad Regional a cargo del comisario Roberto Constantino- y que volvían "duramente castigados", con un estado físico "deprimente" y "con los cuerpos y las ropas mojadas". Eso lo vio en forma directa; como así también que Zolecio debía ser ayudado porque era "imposible" que caminara por sus propios medios debido a las torturas recibidas.
Igualmente, Díaz reiteró que no observó qué ocurría en la planta alta porque nunca accedió a ella, aunque sí presenció cómo el prófugo y entonces jefe de Policía, el ex coronel Luis Baraldini, subió en un par de ocasiones.
El testigo afirmó que los detenidos ilegalmente nunca fueron visitados por un juez, un secretario de un tribunal ni por familiares y no recordó si el médico policial, Máximo Pérez Oneto, los revisó en alguna oportunidad.
Díaz aseguró que de noche nunca escuchó música a alto volumen -una forma de que no se escucharan los gritos de las víctimas-, que no vio a los detenidos encapuchados y que tampoco oyó gritos de dolor.
- ¿Quién daba las órdenes de llevar a los detenidos a la planta alta?
- No sé.
- ¿Qué pudo haber pasado para que bajaran con las ropas mojadas?
- No sé.
- ¿Había una ducha en los pasillos?
- No.
- ¿Vio a muchos detenidos mojados?
- No, sólo a esos tres.
- ¿Le llamó la atención?
- No. No sé porqué lo hacían...
- ¿Qué no sabe por qué lo hacían?
- No sé...
Al ratificar su declaración de hace 26 años, el sargento que estuvo dos décadas en la Policía y fue cesanteado por una condena por lesiones leves, señaló a Roberto Constantino, Roberto Fiorucci, Néstor Cenizo, Oscar Yorio, Athos Reta, Omar Aguilera, Reinhart y a dos personas que no están imputadas (el mayor Juan José Amarante y el policía Oscar López) como los que presuntamente golpeaban a las víctimas. A todos ellos no los había vista, hasta ayer, en los últimos veinte años. También mencionó a los suboficiales René Giménez, Orlando Pérez y Dionisio Gualpas.
Lista con tres procesados
Los abogados querellantes Franco Catalani y Carina Salvay desistieron ayer de 17 testigos, pero el tribunal rechazó el requerimiento. Otro querallante, Miguel Palazzani, y los defensores de los imputados también se habían opuesto. En ese listado no sólo figuraba el ex policía Julio Díaz, que testificó, sino además policías y celadoras que prestaron servicios en la Seccional Primera y con sus declaraciones en la investigación del gobierno provincial de 1984 comprometieron seriamente a los imputados.
La lista también contenía los nombres de Ramón del Valle Carra, Ismael Montenegro y Omar Jacinto Sosa, tres ex policías que están procesados por el delito de falsedad ideológica, en la justicia federal, por haber cambiado en una escribanía los testimonios contra los represores que habían formulado en aquella investigación.
Otros testigos eran los policías Ramón Lastre, Clemente Puhl, Juan Bustos y Humberto Gorozureta, las celadoras Nilda Stork, Dolly Ghiglione de Toldo y Hermelinda Gándara, Norma Trouilh y Antonio Alzamendi, entre otros.
Barabaschi y Reta, cara a cara
Los miembros del Tribunal Oral Federal de Santa Rosa, la fiscalía y los abogados querellantes y de la defensa del juicio a los diez represores pampeanos que actuaron en la Subzona 14 realizaron ayer a la tarde la inspección ocular del edificio de la Seccional Primera, donde funcionó el principal centro clandestino de detención de la provincia durante la dictadura militar. Pero los protagonistas principales de la fría tarde fueron otros: la ex detenida política Raquel Barabaschi y el represor Athos Reta, que estuvieron cara a cara. Ella fue la que indicó a los jueces los lugares donde eran alojadas las víctimas y luego donde eran torturadas. El acusado fue el único de los nueve detenidos que quiso estar presente en el recorrido, actitud que se tomó más como una forma de presión que de contribuir.
El juez José Mario Tripputi y los otros tres miembros del tribunal decidieron adelantar para ayer la inspección de la depedencia policial, que se iba a realizar a mediados de agosto. Es un trámite para conocer in situ el lugar donde ocurrieron los principales hechos que se investigan en el juicio histórico a los ex oficiales del Ejército y la Policía provincial que integraron el grupo de tareas que actuó en La Pampa.
Este trámite ya se había realizado por adelantado hace dos años cuando la causa había llegado al TOF 5 de Capital Federal. Ahora los magistrados debían hacer su propia inspección, esta vez con los planos conformados en el recorrido anterior en mano.
Arriba y abajo.
Todos estuvieron a las 17 frente a la Seccional y poco después se apiñaron en los estrechos pasillos de la depedencia. Durante los años 70, cuando era territorio de la Subzona 14, en la planta baja funcionaba la comisaría y en sus calabozos eran alojados los detenidos. En la planta alta, sede de la Unidad Regional I, eran llevados por las noches y torturados por los miembros del grupo de tareas.
Otra vez, como hace dos años, fue Barabaschi la que indicó a Tripputi y los demás presentes cómo era el lugar hace más de treinta años, y que reconoció a pesar de las modificaciones realizadas en su estructura realizadas hace décadas. Al lado suyo, estuvo siempre su esposo, Luis Barotto, también detenido en marzo del 76 y testigo del juicio, aunque su caso no sea juzgado esta vez. También fue acompañada, entre otros, por los abogados querellantes que representan su caso: Leonel Curutchagüe de la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos y Miguel Palazzani.
Reta fue el único de los acusados que accedió a estar presente. Sólo se limitó a decir "Tiene razón la señora" y uno de los abogados comentó que lo vió sonreir en algunos pasajes.
Barabaschi explicó donde estaban los calabozos y las oficinas y relató por dónde caminaban los detenidos de la Subzona 14. Así, Tripputi y los demás jueces pudieron hacer una reconstrucción mental de cómo era el circuito y los mecanismos de los policías.
Curutchagüe, que ha integrado la querella en otros juicios por crímenes de lesa humanidad, consideró que "es bueno que la víctima pueda estar en el lugar para que los jueces puedan hacer el mapa mental del lugar. Esto pasó por ejemplo con la Esma".
Conmovida.
Cuando Raquel salió por la puerta de la Alcaidía, y a pesar de haber recorrido antes esos pasillos, nuevamente no dejó de conmoverse hasta las lágrimas. Ahí fue abrazada por quienes la han ayudado desde que en 2003 se reinició la causa de la Subzona 14 y ella se convirtió casi en sostén de todo ese proceso.
"Es difícil después de décadas recorrer los mismos pasos que hace 34 años atrás, pero es necesario para la verdad y la justicia y contra la desmemoria. Por eso hacemos este esfuerzo de estar de pie", afirmó a LA ARENA.
Barabaschi dijo sobre el recorrido que "todo lo tengo guardado en la memoria, más allá de que se haya modificado el edificio. Y recuerdo a las personas y a las oficinas", comentó.
Consultada sobre el apartamiento de la causa por enfermedad del ex coronel Fabio Iriart, máximo responsable de la Subzona 14, dijo que "la historia va a decir que es un represor. Es importante que juzguemos a los que están y vayamos por más. Ya con la condena ejemplar de los nueve represores y que vayan a una cárcel común para mí es importante. No pretendo que por ir por un todo me quede sin nada. No quiero venganza ni tengo rencor, y el 14 de diciembre cuando lean la sentencia va a ser un alivio", dijo.
Y rescató a su familia que la acompañó siempre, como su esposo Luis, sus hijos y hermanas, como también a los "históricos" de la causa que desde 2003 la impulsan y hoy ya está en pleno juicio como el abogado Palazzani o los periodistas Pinky Pumilla y Juan Carlos Martínez.


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