Neuquén entre la épica y la matemática

La política nacional se ha revestido de imágenes altisonantes. En Neuquén, todo es un poco más ordinario. La política se hace amontonando billetes de un tesoro cada vez más dificultoso. Somera descripción de un momento clave para el oficialismo provincial.

Hay un tono épico, aunque impostado, que el oficialismo político nacional pretende imponer. Es una conjunción de puestas en escena, de lenguaje, de comunicación, que fue sintetizada en la reivindicación operística de la batalla de La Vuelta de Obligado, argumento central para esgrimir un feriado con nostalgias de la versión histórica que siempre levantó como estandarte el nacionalismo de izquierda en Argentina, ese que no vaciló nunca en agigantar la figura del brigadier general Juan Manuel de Rosas, un gran degollador de opositores y conquistador de indios pampas, tan impiadoso como firme, tan defensor de la incipiente Nación como cultor de un autoritarismo feroz e implacable.

Al oficialismo que busca la reelección de Cristina Fernández, gloriosa en su nuevo rol de viuda transida por la grandeza, con 57 por ciento de imagen positiva, esta construcción no le ha significado ningún cambio más que ese. La construcción del escenario del 2011 es virtual. La “vieja política” manda, tanto en el kirchnerismo como en la oposición. La Argentina duele: aquel “que se vayan todos” desproporcionado de principios de milenio, ha logrado tan solo un maquillaje.

La tragedia engrandece a los hombres y mujeres públicos, aunque no hayan hecho nada para merecerla. Es una grandeza generalmente efímera, es cierto. Le tocó a Menem, por ejemplo, cuando murió su hijo en aquel misterioso incidente del helicóptero. El riojano repuntó en imagen. A la larga, no sirvió más que para esa foto dramática, sólo un abrir y cerrar de ojos en la historia.

En Neuquén, la épica no aparece ni en las figuritas.

Esta provincia ha hecho de la política un mero cálculo de posibilidades. Estas posibilidades tienen que ver con los números de la economía del Estado. Aquí, la gran razón para alimentar continuidades es cómo generar el dinero necesario para bancar un Estado generoso, inclusivo (para usar una palabra de moda) sólo para amigos o clientes desarrapados, pero a la vez dueño de las únicas expectativas de supervivencia de una población que se aferra a un territorio marcado por la abundancia relativa: una abundancia siempre en peligro.

Jorge Sapag ha diseñado un esquema casi perfecto de planificación de la continuidad. En 2007, persiguió y consiguió la renegociación petrolera. Bancó con ella una gestión de tres años, que son los que se publicitan ahora. Ese dinero ya ha dejado de ingresar: las petroleras pagaron la parte “cash” que implicaban los contratos. Ahora les queda cumplir con las inversiones firmadas: es un hecho que sucede siempre tras los cortinados del poder, menos visible para el conjunto de la población.

Con la plata que maneja Fiduciaria Neuquina SA ya consolidada y los ingresos secados por el mero paso del tiempo, Sapag ideó el nuevo endeudamiento con bonos. Fue la opción que forzosamente tuvo que elegir ante la dificultad política que le implicaba acceder al refinanciamiento nacional. El plan se fue haciendo a medida de las contingencias. Primero, fueron 200 millones en TICAP, para refinanciar deuda. Después, se pidieron 50 millones de dólares más, con el argumento central de hacer obras. Y el MPN coronó el asunto agregando 10 millones a último momento. Fue una mojada de oreja muy especial para una oposición que tuvo en estos años momentos de ingenuidad deslumbrante frente a lo que realmente es el partido provincial: una máquina política capaz de engendrar hijos –legítimos o bastardos- de manera incesante.

Sapag ya tiene el esquema financiero para diseñar cuatro años más de gobierno para el MPN. Ahora, se concentrará en enfrentar al hombre que sintetiza el mayor escollo en esa ambición: Jorge Sobisch.

El actual presidente del MPN no ha dejado de operar y trabajar. Operar implica mover piezas que públicamente no se advierten. Trabajar, mostrar su inagotable disciplina de construcción política.

Los argumentos de Sobisch están pensados para confrontar con el modelo actual de gobierno, aunque no al extremo de poner en peligro su propia gobernabilidad. El MPN hará cualquier cosa menos suicidarse: nadie pierde de vista el enorme riesgo que implica pelear para adentro mientras los adversarios de afuera acechan con recipientes especialmente preparados para juntar la sangre de los caídos.

Sobisch pega en tres frentes, principalmente: el administrativo, del que critica el manejo de los dineros públicos; el político-ideológico, del que señala el “error” de haberse aliado con un gobierno central que prometió mucho más de lo que cumplió; y el ideológico de fondo, que apunta directamente a la “entrega” de pedazos de poder cada vez más grandes para el sindicalismo estatal, entrega que ha posibilitado el surgimiento de un brazo político cada vez más robusto, con fuerte presencia capitalina, como es UNE.

Todo esto se da en un escenario, como decíamos, ausente de la épica y la grandeza impostada que distinguen a la gesta emancipadora K.

Tal vez sea un rasgo que induce a la depresión ideológica de los grandes sueños. O quizá signifique una mayor cuota de realismo.

Alguna vez tendremos que aprender que la grandeza de los sueños no garantiza el tamaño de los logros concretos del esquivo presente.

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