Los conflictos estatales son protagonistas absolutos
El gobernador Jorge Sapag acaba de presentar un presupuesto de más de 10.000 millones de pesos para el año que viene, en una provincia de poco más de 550.000 habitantes. Sus últimos presupuestos han dado superávit en lugar de déficit. Al gobierno se le critica, por decirlo de algún modo, que calcula menos ingresos de los que después tendrá, en un exceso de prudencia o en un alarde de ingeniería picaresca.
Pero lo cierto es que florecen los conflictos estatales. En una provincia de superabundancia estatal, los conflictos se centran precisamente en el Estado. Este jueves hubo movilizaciones de gremios estatales, de gremios médicos, de empresarios proveedores del Estado. Se cruzan en las calles, se saludan. Es una algarabía del despelote organizado, destinada sin duda a instalar la noción de que el conflicto es inherente al descontento popular.
El gobierno, en este contexto, aparece como distanciado de esa burbuja. Es decir, no la pincha. No sale a decir que están reclamando solo una parte mayor de la torta, pero que los problemas son otros, así como sus eventuales soluciones. Sapag sigue obsesivamente en Buenos Aires, respirando el aire que sopla la presidenta Cristina Fernández, buscando conseguir dos temas que son centrales desde el 2007 y que avanzan pero no terminan de concretarse: precios adecuados para el gas y el petróleo de los yacimientos no convencionales, y contrato para empezar Chihuido I, la represa que revolucionaría media provincia.
A su vez, el gobierno mira con preocupación la desesperanza de la zona turística, golpeada por el volcán que no cesa. Hay allí un problema que la burbuja conflictiva capitalina oculta, y no se sabe todavía si esto favorece al gobierno o lo perjudica. Un problema muy serio, ya que tiene que ver directamente con miles de fuentes de trabajo que tambalean.
Mientras el sector estatal –empleados y proveedores- reclama ante la política vacilante (ya que no define líneas claras) del gobierno frente a sus demandas, la burbuja crece. Pero no son estos los conflictos reales, las dificultades que la provincia debe vencer. Son apenas la consecuencia de una exacerbación de la cultura estatista.
Fuera de ese mundo, una combinación de incertidumbres laborales, pobreza, delincuencia, inseguridad, carencia educativa, sigue creciendo. Pero no es una burbuja que se infla y que eventualmente podrá pincharse. Es una realidad de carne, arena y desesperanza, que si no se atiende con decisión, puede revelar de pronto hasta qué punto hemos estado mirando para el lado equivocado.


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