Un empleado del SPC, primer integrante de una fuerza de seguridad que se casa con otro varón.
Le dijo Nelson a Marcelo el día en que abrió el placard y se dio cuenta de que la mitad de la ropa no era de él, sino de su novio. Hacía tiempo que la convivencia se veía venir, pero no lo habían hablado con claridad. Fue un proceso que comenzó con el cepillo de dientes en el baño, siguió con las carpetas del trabajo depositadas en el living y continuó con los zapatos bajo la cama. El ropero congestionado los obligó a hablar del tema.
–A los días, ya estábamos viviendo juntos.
Cuenta Nelson mientras mira con una sonrisa cómplice a Marcelo que, aunque también se ríe, no se anima por pudor a mirar a la cara a su pareja. El próximo 17 de diciembre ambos van a dar el sí ante un juez. El caso es interesante porque Nelson es empleado del Servicio Penitenciario de Córdoba, con jerarquía de alcaide, y cuando concrete su matrimonio se convertirá en el primer cordobés, integrante de una fuerza de seguridad, en casarse con una persona de su mismo sexo.
Ambiente. La casa es un departamento ubicado en el corazón de barrio San Martín. Dentro la música romántica es una constante que acompaña la conversación. Tres tazas y unas galletitas completan el desayuno. El que más conversa es Nelson que a veces le pide disculpas a Marcelo por “hablar tanto”.
–¿Cómo se enamoraron?
–Nos conocimos hace unos cinco o seis años y salimos un par de veces, pero siempre como amigos. Nada de enamorados. Después cada uno comenzó una relación y nos volvimos a encontrar en los meses previos al verano de 2009.
–¿Seguían en pareja con otros?
–No. En realidad veníamos de frustraciones. Yo te diría que ya había decidido que me retiraba y que no pensaba estar con nadie más y Marcelo terminó su relación muy frustrado. Entonces decidimos irnos de vacaciones juntos a Brasil.
–¿A dónde fueron?
–Al mar. A un pueblito cerca de Florianópolis que se llama Barra de Lagoa. Pero fuimos como amigos, eh. Bah, en realidad yo fui como amigo porque Marcelo sentía algo más desde antes, pero como es muy inseguro nunca me lo había dicho y la verdad es que yo no lo registré. Fue en esa playa, una noche cuando me declaró su amor.
–Le dije que no daba más– interrumpe Marcelo, incómodo, pero orgulloso– y le expliqué qué era lo que sentía.
–Fue el 20 de enero de 2009 –interrumpe Nelson– Entonces recién ahí yo empecé a pensar... ¿Y por qué no?
El sol de mañana entra por la ventana e ilumina a la pareja. Nelson está vestido de traje y corbata, impecable. Marcelo, más informal, come galletas cuando Nelson habla demasiado (y habla bastante). De fondo suena siempre música romántica. Mientras dicen que Barra de Lagoa es el lugar donde a ambos les gustaría pasar los últimos días de su vida, suena una canción de Bon Jovi entonada en castellano: “Si mis lágrimas fueron en vano / Si al final yo te amé demasiado / como yo, como yo / nadie te ha amado... esta vez la pasión ha ganado”.
Cuando volvieron a Córdoba de aquel viaje Nelson se encontró con una amiga de ambos y trató de sorprenderla.
–¿A que no sabés lo que pasó?
–Si, ya sé... te pusiste de novio con Marcelo.
Todos parecían saber que eran el uno para el otro.
La ley y la sociedad. La pareja de amigos se convirtió en una pareja de novios. Con el tiempo Nelson se lo presentó a su familia y después le “exigió” a Marcelo que lo presentara ante los suyos. Además de integrante del Servicio Penitenciario, Nelson intenta estudiar Bellas Artes y es docente en un instituto de mayores. Marcelo también se dedica a la docencia y está estudiando un profesorado.
La modificación del Código Civil que se conoció como la Ley de Matrimonio Igualitario los sorprendió en junio de 2010 y la consideraron una bendición. Sin embargo, no pensaron seriamente en casarse hasta unos días después cuando se produjo un conflicto en el Registro Civil de Córdoba porque algunos trabajadores alegaban “objeción de conciencia” para negarse a casar matrimonios entre personas del mismo sexo.
Estas declaraciones del ministro de Justicia Luis Angulo los impactaron: “En un estado de derecho, y habiéndose debatido democráticamente en el Congreso la Ley de Matrimonio Igualitario, quienes ejercemos una función pública estamos obligados a cumplir la ley. La orden es terminante y bajo apercibimiento de ley. Si un funcionario no cumple, será pasible de la aplicación de sanciones que pueden llegar hasta la cesantía”. Eso dijo la persona que, por otra parte, es la autoridad que dirige las conductas del Servicio Penitenciario.
–Cuando lo escuché me quedé helado– recuerda Nelson– y me dije: ‘Entonces es en serio’. Me di cuenta que quizá la sociedad no estaba a la altura de la medida, pero que la ley sí estaba a la altura de lo que era necesario hacer. Sigo pensando que es un proceso, pero las estructuras institucionales deben adecuarse.
–¿Y empezaste a pensar en casarte como una actitud militante?
–No. Militante nunca. Eso requiere un abocamiento total que yo no tengo.
–¿La ley los hizo votar a Cristina Kirchner?
–¡Ni loco! –dice Marcelo– yo no voto porque considero que la política es sucia. Hay muchos casos de corrupción. El patotero de Moreno y el corrupto de Jaime. No, yo no la voté.
–Pero la política sacó esa ley.
–Si. Yo sí la voté a Kirchner –dice Nelson–, critico algunas cosas, pero la voté porque agradezco que se busque una democracia más integracionista.
Lo siguiente. Un cuadro de un pintor vocacional adorna una de las paredes del living, a espaldas de Marcelo. Desde allí puede verse la cortina de hilo que separa el pasillo de la cocina y de donde cuelgan figuras de vidrio color rosa. Dos pesas para hacer ejercicios, de 15 kilogramos cada una, descansan en el suelo y muchos cuadros de la pareja y su familia donde se percibe una calidez entre ellos que los novios se retraen de mostrar ante el periodista. Durante toda la entrevista, aunque estén relajados, no se tocan las manos, no se acarician y no sobreactúan una conexión que, evidentemente, sienten. El recuerdo de Barra de Lagoa también tiene un lugar en el baño donde los caracoles traídos de Brasil parecen funcionar de adornos.
–Y... contame cuando te decidiste: ¿Cómo le dijiste a tus jefes en el Servicio Penitenciario?
Cruzan miradas y Nelson se ríe. Se nota que a Marcelo le genera orgullo la valentía de su novio. Se nota que uno y el otro se ayudaron en ese momento difícil.
–Mmm, no me hables. Se lo dije por carta…
–¿Cómo por carta?
–La verdad, lo primero que hice fue llamar al Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) y pedir consejo. Aunque tengo confianza en mis jefes quería estar prevenido. Era raro. Por un lado no encontraba el momento adecuado y sentía bronca de tener que andar informándolo. Entonces me recomendaron hablar con una psicóloga, Paola Dauría. Ella me animó mucho. Me dijo: ‘Basta de estar en la invisibilidad Nelson porque la ley es justamente eso. Integrar a todos en la igualdad ante la ley. Hacerlo visible’.
–¿Te hizo bien escuchar eso?
–Salí con una fuerza terrible. Había estado esperando el momento perfecto y no se daba nunca. Entonces agarré y se la mandé por carta. El día que la entregué por mesa de entrada los más amigos vinieron a felicitarme, pero el jefe medio que se enojó...
–¿Por qué? No le gustó que vos…
–¡No! Porque no se lo dije personalmente. Nos conocemos hace mucho y me dijo que creía que teníamos la confianza como para hablarlo cara a cara. Se llama Isaac Pereyra. Lo único que me preguntó es si era alguien de la fuerza y le dije que no, que era con el muchacho con el que vivía desde hacía más de dos años. Después fui a hablar con el jefe del Servicio Penitenciario (Juan María Bouvier) y fue igual de amable y me dijo que contara con ellos para lo que necesitase.
–¿Siempre fue así el Servicio Penitenciario?
–Para nada. Yo he pasado momentos muy feos cuando se metían con mi vida privada. Una máxima autoridad supo decir entre un grupo de compañeros que yo era “una deshonra” para el Servicio Penitenciario.
–¿Hace mucho? ¿Qué hiciste?
–En la época en que la máxima autoridad era Graciela Lucientes de Fúnes. Muy asustado hablé con una psicóloga del servicio. ¿Sabés qué me dijo esa señora que no quiero ni nombrar? Me dijo que se hablaban “cosas de mi vida privada”. Al final fui a hablar con Lucientes de Funes y ella me tranquilizó.
–¿Hablaban claramente de que eras gay?
–Nunca se hablaba de frente. Era invisible eso. Lucientes de Funes me dijo que me quedara tranquilo. Imaginate lo mal que la pasé cuando ella se fue y el mismo que había dicho eso de mí ascendió más. No te voy a decir quién es, pero créeme que la pasé mal.
–¿Es por eso que, aunque tenés 45 años y 24 de servicio con buenas calificaciones, sos alcalde y no tenés un cargo más alto?
–Prefiero no hablar de eso. Las cosas han cambiado y lo que pasa hoy lo confirma. Hace un tiempo iba paseando con mi sobrino (tengo varios) y se ve que un compañero me cruzó. Alguien empezó a decir estupideces de que yo estaba de novio con un chico joven y demás. Harto de todo fui a hablar con Bouvier y sabés lo que me dijo: ‘Quédese tranquilo que a mí esas cosas no me interesan. Yo acá no soy juez de nadie y su vida privada es su vida privada’.
En la escuela de Marcelo se sorprendieron al saber que era gay y estaba por casarse. Dice que lo creía un mujeriego. Él prefiere que las cosas queden en el ámbito de lo privado así que sólo la directora y un par de secretarios administrativos se enteraron. Es “el directo” de la pareja mientras que Nelson es “el enrollado”.
–¿Vos sos católico Marcelo? ¿Vas a la iglesia?
–Sí. Somos creyentes, pero no vamos a misa. Es una institución que no nos abarca.
–¿Vos Nelson?
–Sí. Pero voy a la Iglesia, no a misa.
El casamiento será el 17 de diciembre. Alquilaron el registro civil móvil y van a realizarlo en una parrilla con unas 40 personas queridas.
–¿Piensan en adoptar niños en el futuro?
–Tenemos muchos sobrinos. Por ahora no es un objetivo… el tiempo dirá– dice Nelson, feliz.

Comentá la nota