Por Fernando Laborda |Los últimos discursos públicos de la Presidenta vienen provocando una llamativa controversia de la que no sólo participan analistas políticos, sino también especialistas en psicología y en semiología.
Desde el súbito fallecimiento de Néstor Kirchner, la Presidenta modificó su imagen, prolongó hasta hoy el color negro de su vestimenta y, probablemente asesorada por especialistas en marketing político, comenzó a mostrar más sus emociones. Así como nadie puede dudar del dolor que genera la muerte de un ser querido, también es cierto que un sentimiento genuino puede ser exagerado.
Una de las patologías más proclives a la teatralidad es la histeria, como señala el médico psicoanalista Jorge Kury, para quien en este cuadro puede observarse la tendencia a hacerse la víctima echándoles la culpa a los demás.
Claro que detrás de estos rasgos bastante evidentes, como la teatralidad y la histeria, pueden ocultarse trastornos narcisistas, cuyas características suelen ser una preocupación constante por definir la propia identidad y por el saldo que, en términos de identidad y estima de sí, pueda resultar de la interacción con los otros; un sentimiento desproporcionado de la propia importancia; la carencia de empatía; la soberbia; la envidia, y la creencia en que se sufre la envidia de los demás.
El narcisismo es un estado que a todos nos compete, dado que no se podría vivir sin el amor a uno mismo. Pero cuando el narcisismo supera ciertos niveles, difícilmente se pueda seguir hablando de amor y probablemente, como destaca Kury, podría diagnosticarse un cuadro más grave, como la bipolaridad. "Es fácil percibir el narcisismo en alguien que se atribuye grandezas inexistentes, pero también se lo encuentra en la depresión", subraya.
Los especialistas coinciden en que los pacientes afectados por el narcisismo, además de sus otros síntomas, presentan uno que los hace casi impermeables a la psicoterapia: la incapacidad de aceptar la opinión del médico, derivada de la convicción que les confiere su propia sensación de grandeza.
Volviendo a la Presidenta, podría conjeturarse que su tan escasa disposición al diálogo -con la oposición, con la prensa o incluso con sus propios ministros- derivaría de ese narcisismo y que éste también ha generado una suerte de autocensura en sus principales colaboradores a la hora de llevarle malas noticias. De ahí que la causa de todos los males del país esté en "el mundo que se nos cayó encima" y no en los propios desaguisados económicos de su gobierno.
La reelección conseguida el año pasado con el 54% de los votos, tras la derrota electoral de 2009, potenció la emergencia del cristinismo como fase superadora del kirchnerismo, y profundizó rasgos de éste como el verticalismo, el personalismo, el hiperpresidencialismo, la concentración de las decisiones en una mesa cada vez más chica y la inflexibilidad a la hora de negociar con sectores opositores. La sobreactuación a la hora de mostrar que se gobierna enfrentando a los "grupos concentrados" y a las "corporaciones" es otro rasgo que acentuó el cristinismo.
La voracidad presidencial por introducir en las listas legislativas a dirigentes de su confianza o de La Cámpora sin consultar a los gobernadores provinciales o a los caudillos locales; su nueva pasión por controlar con lupa las administraciones provinciales, como la bonaerense, de Daniel Scioli; por indicarles a los ciudadanos lo que deben hacer con sus ahorros o por inducir a las empresas privadas a tomar determinados caminos, aunque resulten contrarios a sus intereses, hablan de la tendencia cristinista a los abusos de poder.
Aparece en el estilo sin calma interior que caracteriza a discursos presidenciales en los cuales no faltan descalificaciones, humillaciones y otras formas de violencia verbal, abierta o elíptica.
Un estilo a veces propio hasta de quienes sólo hablan con el látigo en la mano, como cuando días atrás anunció que las entidades bancarias deberían prestar el 5 por ciento de sus depósitos al sector productivo a una tasa de interés fija no mayor al 15 por ciento, negativa en términos de inflación. "Van a tener la obligación de prestar para la producción de bienes y servicios. Y no me vengan con el cuento de que nadie les va a pedir", les transmitió la Presidenta a los banqueros.
La misma clase de hostigamiento se advierte en las críticas de la jefa del Estado a gobernadores a los que acusa de no gestionar tan bien como ella, olvidando que el gobierno nacional se apropia de fondos del Banco Central y de la Anses para cubrir su creciente déficit fiscal, con la consecuente merma de las reservas internacionales y la postergación del pago de la deuda con los jubilados.
La práctica de echarles siempre la culpa a los demás se combina con el falseamiento de las estadísticas oficiales y con el doble discurso. En materia económica, es cada vez más curioso que el Gobierno busque diferenciarse del "neoliberalismo de los años 90", al tiempo que favorece un atraso cambiario parecido al que imperó en esa época, que mezclado con la fuerte inflación está desatando un cóctel mortal para la competitividad argentina.
Con el blanqueo de la decisión oficial de prohibir la compra de dólares para atesoramiento, a través de una comunicación del Banco Central, podría decirse que el crischavismo ya es una realidad. Las semejanzas con la imposibilidad de adquirir moneda extranjera que rigen en la Venezuela de Hugo Chávez son más que notorias.
La justificación de las restricciones para operar en el llamado Mercado Unico y Libre de Cambios -que ya nada tiene de único ni mucho menos de libre- corrió por parte de la titular del BCRA, Mercedes Marcó del Pont. Dijo a Página 12 que las opciones eran "aceptar una variación brusca del tipo de cambio, financiar la fuga de capitales con endeudamiento externo o limitar transitoriamente el acceso a los dólares demandados para ahorro".
El Gobierno eligió la última y convalidó la idea de un rol cada vez más dirigista e intervencionista del Estado, al tiempo que tiende un extraño puente con las políticas de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, caracterizadas por el atraso cambiario que estalló con la crisis de diciembre de 2001.
Más que de un cerrojo cambiario debería hablarse de un cepo al ahorro, por cuanto la supuesta batalla cultural del cristinismo por la desdolarización está terminando de enterrar aquella vieja cultura de que el ahorro era la base de la fortuna. Hoy no hay alternativa de ahorro legal para quien sólo aspira a tener una vejez tranquila en un país con haberes jubilatorios miserables y donde el Gobierno desconoce los fallos de la propia Corte que imponen su actualización. Ni hay alternativa para quien sólo busca mantener su poder adquisitivo con una inflación del 25% anual.
Desde mañana, las miradas de los operadores económicos seguirán posadas en la brecha entre el dólar oficial y el blue, y el nivel de fuga de los depósitos bancarios, a la espera del próximo capítulo de la aventura intervencionista que ha emprendido el Gobierno..







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