Nadie quiere parar a los distribuidores del miedo

Por Ricardo Roa

Si el fútbol decidiera elegir el Día Nacional de la Impotencia tiene varias fechas a mano, y una de esta semana que pasó.

Antonio Fusca, el presidente de Nueva Chicago, llamó a un grupo de la barra para reconciliarlo con otro que, al enterarse, se metió de prepo en la reunión y molió a golpes a los del bando rival. Rompieron todo y en la calle mataron a uno de ellos. Pero no hay ningún testigo: los que vieron lo que ocurrió temen por haberlo visto y denunciarlo. Los amigos de la víctima entraron con armas al Santojanni para vengarlo. Y Fusca pidió licencia: apenas duró 40 días en el cargo. El club quedó a la deriva).

El lema de campaña de Fusca había sido “del tablón a la Directiva”. Imagen de tablón no le falta. Y menos lenguaje: “Le dimos cátedra a los giles que hablan giladas”, se ufanó al comienzo de su convocatoria pacifista que terminó en una guerra. En realidad, quería unificar a los barras para bajar el costo de los operativos policiales. Los clubes financian una costosa ingeniería de seguridad para separar su hinchada de la del rival. Y ahora deben pagar extra para mantener a distancia a facciones de su propia barra.

Esas peleas internas son hoy mucho más frecuentes y feroces que las otras: causaron 23 muertos en los últimos cinco años.

Siempre existieron barras y hace mucho que su lógica dejó de ser el apoyo al equipo. Funcionan como un grupo violento, mafioso y marginal que controla la hinchada y hace toda clase de negocios con el poder que eso le da . Le saca plata a jugadores y directivos, vende entradas que consiguen bajo presión, explotan quioscos y estacionamientos, se hacen nombrar como ñoquis y hasta se candidatean como dirigentes. Y en los partidos, imponen sus propias reglas en la tribuna: no hay desmanes salvo, desde luego, los que ellos mismos provocan.

Distribuyen miedo. Y suelen alquilar ese know how de grupo de choque a funcionarios, políticos y sindicalistas. El nuevo presidente de Independiente lo dijo con todas las letras: “La principal arma de los barrabravas no es un revólver sino su agenda” . El mismo arrancó enfrentando a la barra y eso le costó amenazas y aprietes. En otros clubes despertó solidaridades de palabra y, más que nada, escepticismo sobre que pueda mantener esa actitud: “Dejame esperar hasta la segunda o tercera fecha y después opino”, dijo un dirigente que no quiso identificarse.

Terminar con las barras trasciende por mucho al fútbol. Está visto que el derecho de admisión es parte del marketing de la seguridad, no la seguridad.

La verdadera clave está en la decisión política del Estado. La Policía los conoce de sobra pero la ley es la que imponen ellos: lo que pasó en Nueva Chicago es una muestra. Actuar como si nada ocurriera y no sancionarlos equivale a estimularlos a que sigan. En una sociedad sin ley, mandan los violentos.

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