Por: Ariel Torres.Me encantan. Están en el tercio superior de mi top ten tecnológico. El día que los descubrí fue una revelación. Me refiero a los auriculares Bluetooth de alta fidelidad para el celular. Entiéndase bien. No es que ande por la calle o la Redacción hablando como un poseso con esa cosa adherida a la cabeza. Más bien me permiten poner el smartphone en algún lugar seguro de la casa y oír música sin la inconveniencia de los cables. Bueno, es algo más que inconveniencia.
Y seguí sufriendo hasta que me trajeron estos auriculares Bluetooth de Motorola (los S9-HD) y gané una pequeña pero significativa batalla contra el cruel conductor con alma de cobre. Ignoraba, sin embargo, que estaba metiéndome en otro problema, y uno peor, porque se originaba en una antigua mala práctica que comparto, creo, con casi todos los usuarios duros de tecnología. Pero espere, el misterio se develará hacia el final.
Nada más sacarlos de su caja noté, con cierta aprensión, que mis nuevos auriculares eran del tipo que obtura los oídos, o intrauriculares, con tapones de goma. No obstante, hice los deberes, me armé de paciencia y, para no dañar las baterías con las que funcionan estos equipos, los puse a cargar. Hacia la noche estaban listos y pude por fin probarlos. Tendría que haber sido más cauteloso. O haber elegido otro género musical.
En general pongo el primer tema de American Idiot , de Green Day, para probar sonido. Los 25 segundos iniciales contienen una buena variedad de muestras de audio que me sirven para evaluar si los altavoces o los audífonos suenan como a mí me gusta.
Pero esta vez las cosas no salieron como esperaba. No me resultaba del todo cómodo, insisto, eso de tener los oídos obturados. Pero el mundo es de los valientes. Así que le di Play al iPhone. ¡Para qué!
Fue como haber metido la cabeza dentro de un silo misilístico en medio del lanzamiento. Los graves estaban moliendo mi neocórtex mientras mi memoria reciente intentaba determinar por qué los agudos habían desaparecido por completo de American Idiot . No sin esfuerzo conseguí coordinar los movimientos para detener la música, sin darme cuenta de que mi otra mano ya había arrancado los Motorola de mi cabeza y estaba a punto de arrojarlos a una buena distancia, como si fueran un atacante alienígena. Pude, por fortuna, detener esta última acción, y entendí que había quizás algún problemita de ecualización.
Ignoraba todavía que esto no haría sino empeorar la situación. ¿Por qué? Porque el iPhone no ofrece la posibilidad de crear ecualizaciones personalizadas. No desde el teléfono, quiero decir. Se puede hacer con el iTunes, pero eso no me servía. Necesitaba cambiar los ajustes en tiempo real directamente en el teléfono al que estaban vinculados los auriculares, ¡no en la computadora! O bien, podía, pero hasta editar, sincronizar y acertar con la curva correcta iba a pasar una era.
En cambio, opté por probar las que vienen con el smartphone. El Reductor de bajos debería funcionar, calculé, pero estaba equivocado. Ahora Green Day sonaba como un coro de hormiguitas. Intenté con el Amplificador de agudos . Ahora eran hormiguitas con esteroides.
Algo no estaba bien, y aunque me pasara la noche intentando con diferentes presets , sabía que el conflicto no estaba en el iPhone, sino en los audífonos.
No obstante, intenté con cada configuración y nada. Lo menos peor era, como suele serlo, el desactivar la ecualización por completo. El problema era que esa configuración no se llevaba bien con la ecualización que a su vez aplicaban los auriculares de Motorola. Y con cualquiera de las curvas provistas por Apple no conseguía sino complicar más las cosas. De haber podido personalizar la ecualización, quizás habría resuelto el asunto esa noche.
De todos modos, me dije para consolarme, tampoco quiero estar seleccionando otra ecualización cada vez que cambio de audífonos. Y me pregunté ¿por qué le ha cargado Motorola una ecualización tan extravagante a estos auriculares? Una idea llamaba desde el fondo de mi conciencia, una idea basada en el principio de que las empresas no suelen hacer cosas porque sí o al azar. Pero la desoí.
En todo caso, las dificultades casi siempre son buenas maestras. Esta vez aprendería que mi viejo mal hábito volvía a hacer de las suyas y que ni Apple -pese a sus restricciones, que me irritan- ni Motorola eran las culpables.
Por supuesto, nada más persistente que un hábito. Así que en lugar de hacer lo más lógico, lo que todo el mundo siempre aconseja, y lo que ningún geek de raza se permite, me puse a buscar alguna aplicación que me permitiera editar desde el iPhone las curvas de ecualización. No, no encontré nada.
Descubrí, en cambio, que si quitaba los tapones de goma los Motorola sonaban bien. ¡Excelente! Ahora tenía que elegir entre no usarlos porque todo se oía como dentro de un jarrón de arcilla o hacerlo sin la protección de goma, raspándome los oídos. Me sentí un poco ridículo después de la segunda canción. Los guardé con alguna tristeza y me olvidé del asunto durante una semana. Como ninguna idea vino a mi cabeza en ese plazo, entendí que me estaba faltando información clave. ¿Y dónde podía estar esa información? ¿Dónde suele estar la información que necesitamos sobre un dispositivo?
Claro, Torres, ¡en el manual! El manual es esa publicación en papel o en PDF dentro de un CD que jamás nos molestamos en leer.
Estaba convencido de que la curva de ecualización de los audífonos se podía cambiar de alguna manera. Volé al manual, busqué en el índice con dedos temblorosos y allí estaba: cómo alternar entre los dos modos de reproducción, es decir, entre dos curvas de ecualización: lo que Motorola llama SRS WOW HD Audio y una balanceada con refuerzo de graves. Sólo necesitaba mantener apretado el botón de avanzar durante tres segundos para cambiar entre un modo y el otro, y realmente no tengo idea de cuál era el predeterminado, pero sí sé que jamás lo hubiera adivinado sin leer el manual.
Impenitente, puse de nuevo American Idiot y en cuanto empezó a sonar, taladrándome la cabeza con unos bajos que parecían morteros y detonaciones de C4, apreté el dichoso botoncito, pasaron los tres segundos, se oyó un bip, y de pronto los graves y agudos volvieron a su lugar. Ahora sonaban como mis auriculares cableados y por fin pude usarlos como estaba previsto. Es decir, sin complicaciones, configuraciones especiales o cualquier otra maniobra esotérica.
Fue un alivio, claro. Pero me asombró la enorme cantidad de tiempo y esfuerzo que invertí sólo por no leer el manual; manual, debo decir, del tamaño de una galletita y de tan sólo 30 páginas, no es que tenía que invertir ochenta horas en 3465 páginas.
De hecho, ni siquiera se me cruzó por la mente echar mano del texto. ¿Leer el manual? ¡Oh, por favor, eso es para principiantes!
La verdad es que todos somos principiantes en algún momento, por mucho que sepamos de un tema. Siempre me lo repito y siempre cometo el mismo error, el mismo viejo hábito haciendo de las suyas.
Espero haber aprendido la lección esta vez.
Pero lo dudo ;)
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