“Hay gente que no está conforme porque piensa que la plata la tiene que manejar la comunidad”, dijo José Luis Saravia, vocal del centro vecinal de San Patricio, en el departamento de Rivadavia Banda Norte. “Pienso que es difícil, porque acá nunca supimos armar un proyecto, pero si sirve para dar trabajo, es bueno, porque acá no hay nada que hacer”, agregó.
La comunidad de San Patricio, por su alejada ubicación y su indómita geografía, es casi un destino de aventura a las entrañas de un bosque que alguna vez fue impenetrable. Son cerca de 70 kilómetros desde Los Blancos, por un camino que le robaron al monte a pura hacha y topadora. Aunque es temporada seca, los charcos en el camino y los zanjones que dejaron huellas viejas pueden resultar una trampa hasta para un vehículo todo terreno.
Fundapaz administra 82.700 pesos del proyecto de planes de manejo y conservación de la ley de bosques para esta comunidad.
Para llegar a la población de 60 familias, justo antes de la entrada, es necesario cruzar una cañada que en verano se inunda y deja aislado al pueblo por casi tres meses al año. Cuando eso pasa, el charco se cruza en balsa o a nado, desde finales de diciembre hasta los últimos días de febrero. Junto a la escuela está el único pozo de agua del pueblo. Las mujeres descalzas, cargadas de chiquitos, bombean para llenar los bidones, que sus hijos luego trasladan en bicicleta hasta las casas.
Son pocas las personas que hablan fluidamente el castellano. Los más grandes usan de traductores a los pequeños, que lo aprenden en la escuela. Ese es el caso de la artesana Arminda Paz. “Hacemos muy linda artesanía, pero no tenemos compradores”, contó. Las carteras, cintos y bolsos se hacen de la planta del chaguar, que se recoge a siete kilómetros del poblado. Arminda camina cinco horas para canjear su trabajo por ropa en Los Blancos. “Sería bueno que en el proyecto se piense en una radio para el centro de salud, porque está rota y tenemos que usar la de la escuela”, dijo.
Las casitas nuevas se muestran relucientes, pero los vecinos reclaman materiales para techar la galería, que es insoportable en días de calor y de lluvia. “En invierno son más frías y en veranos son más calientes que la casa de adobe. Tener techo en la galería es fundamental porque cuando llueve se entra el agua”, explicó José Luis Saravia, vocal del centro vecinal. Junto a él, Filomena Campos, de 67 años, habla en voz baja con unas comadres cerquita del fuego. Los cachorros entremezclados de perros y chanchos se acurrucan pegaditos a las brasas mientras tiritan de frío, aunque la temperatura marca 22 grados.
Genaro Torres tiene 93 años. Tiene sus pies embarrados, a pesar de que sólo se puede trasladar en silla de ruedas. Dice que “hay veces en las que se come y hay otras que no”. En su casa hay un mástil en donde la Bandera Argentina y la de Salta no llegan a tomar vuelo con el viento del chaco. “Acá nadie llega para ayudarnos. Creo que el proyecto no deja trabajo”, dijo. Tiene lastimados los ojos hasta el punto de no poder abrirlos. “No me puedo hacer ver. Solo no puedo pechar la silla de ruedas”, relató. La casa se fue llenando de adultos, mujeres y niños. Los más jóvenes habían ido a celebrar a Misión Poso Yacaré. Es que último 17 se cumplían 100 años de la llegada de los primeros misioneros anglicanos, que vinieron desde Inglaterra. Alberto García, de 54 años, se acercó a la charla para agregar que “si alcanza el dinero del proyecto sería bueno que sea para poder hacer carpintería, carbón o ladrillera”. Don Genaro tomó el hilo de la conversación y comentó: “Eso veremos el día que llegue algo”.
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