No es nada fácil ser Silvina Ocampo

Por Ernesto Schoo.

Hace poco nos referimos en esta columna a la presencia simultánea de dos títulos de Marguerite Yourcenar en la cartelera porteña, si bien ninguno de ellos fue destinado a las tablas, por lo menos en la intención de la autora.

Quien, por otra parte, escribió varias obras dramáticas, rara vez representadas, por su índole esencialmente literaria. Un amigo, buen lector, me aporta el tema de hoy: "Tenemos -me dice- un ejemplo parecido con nuestra Silvina Ocampo, sólo que en vez de sus textos se ha intentado ponerla en escena a ella, como personaje".

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Silvina (1903-1993), la hermana menor de Victoria, pudo ser realmente un personaje de ficción, a tal punto sus reflexiones y sus actitudes a menudo salían de lo común, o, por lo menos, de lo exigido por algunas convenciones sociales, de las que ella prescindía o se burlaba con una mezcla de auténtica libertad y de no poca malicia, disfrazada de candor. Lo mismo se refleja en su literatura, poemas y cuentos de una originalidad y una erudición que se compadecen con un oído muy fino para el habla de la calle y una perspicaz exploración de las conductas de las clases medias, urbanas y suburbanas. No llegó a tener, quizá por rasgos de temperamento y carácter (su horror a ser fotografiada, por ejemplo), la trascendencia de Borges, su gran amigo, con quien a menudo se la compara. "Es un Borges con polleras", suele decirse, y es injusto, porque, en opinión de quien firma esta columna, la personalidad de Silvina es única.

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En concreto, hoy la tenemos a la Ocampo en escena, en Mujeres terribles (Centro Cultural San Martín), en diálogo con otra poeta notable, Alejandra Pizarnik. Y el año pasado, en el Presidente Alvear, se presentó Invenciones , donde Marilú Marini procuraba encarnar a la escritora. En el decenio anterior, en su sala de La Maravillosa, Inés Saavedra evocó con justeza a Silvina con dos espectáculos memorables: Cortamosondulamos (1992), donde tan sólo los diálogos de dos peluqueras de barrio bastaban para sentir su presencia, y Divagaciones , en 1994, casi una sesión de espiritismo, visitada por el fantasma de Silvina y su voz extraordinaria en una grabación histórica. Ahora, Inés se propone encarar la obra que Silvina escribió en colaboración con su colega, Johnny Wilcock, Los traidores (1956), un libreto singular que parodia la tragedia clásica a la manera de Racine; su extravagancia y su peculiar sentido del humor habían espantado hasta hoy a posibles directores, lo que hace más atractivo el desafío.

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