Con 14.589 participantes de elite y aficionados superó el récord de 2011 y ya es la más convocante de América latina. El recorrido, por Palermo, el Centro y otros barrios, narrado desde adentro.
“Si no llego antes, dale tranquilo, eh” , largó un cuarentón.
“Cuando llegues, poné el agua que yo llevo los fideos” , se animó otro.
“No sé para qué se apuran si total vamos a llegar todos” . ¿Ironía? Claro que sí. Pero también empujón anímico.
El Medio Maratón de la Ciudad de Buenos Aires convocó a 14.589 inscriptos , mil personas más que en la pasada edición. Incontables historias atravesaron los 21.098 metros sobre el asfalto porteño , disfrutado ayer por una marea de remeras azules con pensamiento uniforme: todos querían llegar . Como sea. Para eso se habían entrenado. Para eso se habían abastecido de hidratos de carbono, aunque siempre tientan un chori o una bondiola. Para eso se habían levantado a las 5 para desayunar liviano y encarar hacia Figueroa Alcorta y Dorrego y comenzaron con el recorrido, custodiado por un operativo de la Policía Metropolitana que resultó efectivo.
7.30. 8 grados. Poco viento. Ideal para correr.
Y a la carga Buenos Aires entonces. Por más que hayan sido los terceros 21 kilómetros en 15 meses para este cronista, apropiarse del espacio público que se transita a menudo tuvo un gustito diferente. Y la satisfacción de que el alien que intentó reventar la rodilla derecha durante 10 kilómetros perdió contra el cuerpo y la mente, aliados de lujo.
En Libertador el embudo se ensanchó hasta copar la mano que va hacia el Centro y llegar a Carlos Pellegrini. Y llegó el calvario de subir 300 metros con el suelo en un ángulo que hacía odiar las matemáticas. Los gemelos, chochos.
El premio fue ver el Obelisco y encarar hacia la Plaza de Mayo. Las botellitas de agua y los vasos con bebida isotónica eran objeto de deseo, pero luego había que esquivar las tapitas y no patinarse. Trabajo para los barrenderos. Uno de los primeros tramos donde la solidaridad y la empatía se sintieron más fue en el Microcentro. En las calles San Martín y 25 de Mayo, los gritos de aliento retumbaban más porque los edificios del capitalismo nacional y transnacional generaban eco entre tanto cemento. Pasión pura en el frío de la sombra.
Una banda de covers de Los Beatles había dejado con las ganas a muchos que no pudieron escuchar ni un acorde de Lennon-McCartney a la altura del Palais de Glace.
Pero los payasos apostados en el Cabildo se portaron de lo lindo para animar a los atletas. A unas cuadras, unos pibes sin dormir improvisaban una rave con un parlante casero. Para reírse entre tanto trote, esquivando cáscaras de banana y naranja.
Un peatón imprudente se llevó la peor parte en el topetazo con este corredor en la 9 de Julio.
Atravesar la autopista Illia fue una nueva invitación a reflexionar sobre la brecha social. Un habitante de la Villa 31 descolgaba la ropa de su terraza y veía a estos locos que corrían y corrían. Y ellos lo veían a él. Después, el Puerto , el Río de la Plata y el “falta poco” de los voluntarios.
El MP3 no daba abasto: al palo con AC/DC, Guns N’ Roses, Abba, Nirvana, Pearl Jam y Queen. Si no quedan fuerzas, qué mejor que el rock and roll de La Quimera y la “Saya del yuyo” y el “Sariri” de Arbolito. Las piernas se mueven solas. Como con “Mariposa Pontiac”, que llega en el kilómetro final, después del túnel de Sarmiento .
Ahí están los aplausos de gente que no se conoce pero que contagia. Ahí está el arco blanco de la llegada en 1h45m50. Y los aficionados arriban de la mano, abrazados, llorando de emoción, con la foto de alguien que ya no está y hasta descalzos. Termina el Medio Maratón de Buenos Aires y el final es para esa leyenda que se lee en la remera de un señor con su propia historia: “Sigo vivo”.
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