Las mujeres debemos involucrarnos

María Eugenia Vidal

Vicejefa de Gobierno de la Ciudad

Hoy no es un día de festejo, sino de conmemoración. El Día Internacional de la Mujer (instituido por las Naciones Unidas en 1977 pero con más de un siglo de antecedentes) es una jornada para recordar, valorar y reivindicar la lucha, muchas veces dolorosa, por la igualdad de derechos y oportunidades.

Desde las mujeres rusas que a principios del siglo XX se oponían a que sus hijos fueran a morir masivamente en una guerra o el trágico hito de las 140 trabajadoras textiles masacradas en una fábrica de Nueva York, el mundo registra un sinnúmero de acontecimientos históricos que pusieron en evidencia flagrantes injusticias y discriminaciones a la vez que daban nacimiento a la batalla pacífica y cotidiana por la paridad de géneros. Madres y abuelas que se manifestaron, desde los años 70 en nuestro país, en la búsqueda de sus hijos y nietos desaparecidos, también marcaron un jalón internacional en este derrotero.

Cuando la política era un exclusivo asunto de hombres, hubo argentinas dispuestas a vencer obstáculos, prejuicios y tabúes. Fue así que dejaron una huella sobre la cual pudimos luego avanzar las generaciones siguientes. Para simbolizarlo en un nombre, menciono y rindo homenaje a Alicia Moreau de Justo.

Evita fue la que lideró, a mediados del siglo pasado, el acceso de la mujer al voto y a la participación en cargos electivos. Todo un avance que nos permitió tener voz y voto, en la calle y en el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los concejos deliberantes.

En esta evocación no quiero olvidar a otro “ícono” de la lucha por los derechos femeninos: Florentina Gómez Miranda, que nos dejó recientemente cuando estaba por cumplir cien años de una vida dedicada a derribar barreras anacrónicas con leyes y acciones concretas.

Hoy tenemos mujeres presidentas, gobernadoras, ministras, diputadas, senadoras, intendentas (en la Argentina y en el mundo) y cada vez somos más quienes nos animamos a andar este camino de la participación política.

Al igual que en otras actividades, a las mujeres que queremos participar de la cosa pública nos pesa la doble carga de lo laboral y lo familiar. Y lo resolvemos como siempre hacemos las mujeres: multiplicando los esfuerzos.

Reconocemos el progreso logrado. Pero muchas padecen (¡todavía en estos tiempos!) el límite al que denominan “techo de cristal”, esa barrera invisible que les impide ascender en sus oficios, cargos o profesiones en comparación con el género masculino. Y el examen, siempre más exigente, que hace que las mujeres que hacemos política experimentemos la desigualdad o diferencia cada día.

Por esa causa es que yo elegí participar en política y cada día renuevo mi vocación. Porque soy de las que creen que para cambiar lo que está mal hay que involucrarse, poner la cara y el cuerpo, la mente y el corazón. Porque quiero que mis hijos y los hijos de todos hereden una sociedad donde las diferencias signifiquen diversidad o pluralidad, no desigualdad o discriminación.

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