Kirchner murió en su ley y ahora Cristina está sola, obligada a reinventarse presidenta sin más soporte que su ánimo herido por la soledad de su viudez.
Aquellas angustias eran distintas y más intensas. Ardía el país con los restos de la década menemista y los argentinos se preguntaban quién los gobernaría. Y qué sería de sus trabajos, de sus ahorros y de su futuro. Ese final era el comienzo de este presente. Es historia la llegada de Eduardo Duhalde, la devaluación y el ministerio de Roberto Lavagna. Y, por fin, la inesperada irrupción de Néstor Kirchner como filosa contracara del frustrado regreso de Carlos Menem.
¿Qué termina y qué comienza con la muerte de Néstor Carlos Kirchner, el hombre más importante de la Argentina bicentenaria? Tal la pregunta clavada en el perturbado corazón de los argentinos de todos los colores.
Lo primero será la ausencia y el vacío que provoca. Luego quedará saber quién y cómo compensa la pérdida.
No es poco establecer la dimensión de esta muerte. Néstor Kirchner es el argentino que murió en ejercicio de más poder después de Juan Domingo Perón, muerto presidente el 1º de junio de 1974.
Kirchner era el jefe de una sociedad política de dos militantes que consumaron la hazaña de sucederse en la presidencia de la Nación. Cristina Fernández perdió a su esposo pero también al hombre que la edificó como alternativa de poder de sí mismo.
El ex presidente era, además, el acelerado motor del segundo mandato del ciclo K. Resulta menos descabellado que nunca asegurar ahora que el corazón del santacruceño no resistió el descomunal esfuerzo al que lo sometió su portador en ese empecinado esfuerzo por jugar todas sus decisiones al todo o nada.
Kirchner murió en su ley y ahora Cristina está sola, obligada a reinventarse presidenta sin más soporte que su ánimo herido por la soledad de su viudez. Conocer cómo reaccionará es una clave elemental para establecer cómo será su gobierno. Y para determinar si el kirchnerismo terminó con el hombre que le prestó su apellido al ciclo político iniciado el 25 de mayo de 2003.
Nada será igual sin Kirchner. Y esa modificación comienza nada menos que en la presidencia. Cristina llegó al poder sabiendo que, en el mejor de los casos, lo compartiría con su esposo y a partir de un universo de relaciones construido por él. Sus amigos y enemigos lo son porque lo eran de su marido.
Un desafío. Es complicado decirlo, pero las circunstancias lo exigen: Cristina tiene una dolorosa posibilidad de transformarse y de transformar su gobierno. El recuerdo de su ardoroso esposo muerto en las extendidas huestes del PJ es también una oportunidad de reverdecimiento político. Lo fue la muerte de Raúl Alfonsín, de cuyos funerales surgió la candidatura presidencial de su hijo Ricardo.
En el otro extremo de los ejemplos dictados por la historia, está la muerte de Perón y su trágicas consecuencias. Conviene no exacerbar las comparaciones. Cristina no es Isabel ni éstas equiparan a las dramáticas y violentas circunstancias que signaron la década de 1970.
Ni tanto ni tan poco. Antes que en los fuegos electorales de 2011, cerca de Cristina Fernández arderán las presiones de quienes la rodean y de los muchos que aspiran a influirla desde esta desgracia.
Fresco está el recuerdo de la prepotente presión de Hugo Moyano, el líder de la CGT. Ocultos en las condolencias de rigor, habitan los pedidos de espacio y de poder que comunican los capitanes del peronismo, desplazados desde hace años por la dureza de Kirchner. Más acá, los sectores ideológicamente radicalizados plantearán profundizar las aristas más filosas del ciclo kirchnerista. En el otro costado, aparecerán los grupos empresarios, con sus exigencias de replantear esto y lo otro.
Es lo que viene. Es lo que ya empezó.
Mientras, el país despide al hombre que lo condujo durante siete años. Y su viuda se dispone a gobernar en la soledad que sucederá a la despedida.







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