Hussein Fadlalá está catalogado como un “terrorista internacional” por Estados Unidos. En 1985, la CIA organizó un operativo para matarlo. Se salvó quien nunca escondió su inclinación por la lucha armada contra la ocupación israelí.
Hussein Fadlalá está catalogado como un “terrorista internacional” por Estados Unidos. En 1985, la CIA organizó un operativo para matarlo. Fadlalá se salvó pero en su lugar murieron 80 personas. La prensa estadounidense y algunos analistas le adjudican la invención de las “bombas humanas”, los kamikazes, así como la idea de secuestrar norteamericanos en el Líbano. Otras fuentes lo presentan, al contrario, como un mediador en ese conflicto de los rehenes. Washington lo implica en los atentados contra el cuartel y la embajada estadounidense en Beirut en 1983, en los que murieron cerca de 300 personas. El gran Sayyed nunca escondió su inclinación por la lucha armada contra la ocupación israelí del Líbano, pero supo distanciarse del Hezbollah cuando las posiciones no coincidían con las suyas.
Este líder religioso que nació en la ciudad santa iraquí de Nayaf, y cuya influencia va más allá de las fronteras del Líbano, ha tenido dos vidas. Una, tal vez, la de guerrero religioso; otra, la última, la de hombre que pacifica, autor de obras teológicas de considerable alcance, promotor del diálogo interreligioso y benefactor social. Hussein Fadlalá es un dirigente, o sea, un personaje doble que supo viajar con la historia y dentro de la historia. Aunque apoyó al Hezbollah, Fadlalá tuvo muchas divergencias con la milicia chiíta y, a pesar del arraigo popular de Hezbollah, supo desarrollar su propia red de apoyos y su propia estructura social. El ayatolá desafió incluso lo indesafiable: riguroso en sus construcciones intelectuales, Fadlalá dio muestras de una audacia poco frecuente en la interpretación de los textos del Islam, el ijtihad propio al chiísmo. Por ejemplo, Fadlalá no fijaba el comienzo y el fin del Ramadán según las fases de la luna sino en base a rigurosos cálculos astronómicos. En los círculos chiítas, el ayatolá era famoso por sus opiniones moderadas sobre todas las cuestiones sociales y las ligadas a las mujeres. No cualquiera podía como él emitir una fatua (decreto religioso) para prohibir la costumbre chiíta de derramar sangre durante la Achura (rito chiíta), ni otra condenando los crímenes de honor (asesinato de un miembro de la familia por deshonra), ni menos aun una fatua autorizando a las mujeres a rezar con las uñas pintadas.
Fadlalá les cerró la puerta a los llamados a la guerra santa lanzados por Bin Laden y refutó a los talibán, a quien calificaba de “secta”. El ayatolá establecía una distinción hábil entre y lo que él llamaba “la lucha legítima”, o sea, la oposición a la ocupación territorial, y el terrorismo. “No podemos pensar que los movimientos de liberación como Hamas, el Hezbollah y otros sean movimientos terroristas. (...) No estamos de acuerdo con el calificativo de terroristas que se les da a los movimientos de liberación, por ejemplo en Palestina”, dijo a este diario. Un hombre complejo que, en el encuentro con Página/12 en Beirut, se deleitaba hablando de fútbol y de esa otra pasión que guió toda su vida: el antagonismo irrenunciable y violento hacia Estados Unidos. Su último sermón lo dedicó a ello: el ayatolá fustigó la colonización judía de Palestina y atacó a Washington por el “respaldo brindado al enemigo” (Israel). En la extensa galería de presidentes norteamericanos que Fadlalá hostigaba, George Bush era su preferido: “El problema de Bush radica en que actúa según la idea de que los Estados Unidos son la fuerza. Su lógica es la fuerza y quiere imponerla al mundo entero. En realidad, son los Estados Unidos quienes actúan como terroristas en el mundo”. Habrá que trabajar en su biografía para deslindar el mito, la desinformación y la realidad. Tal vez se descubra que fue menos cruento de lo que sus abnegados e ignorantes enemigos de Washington construyeron como leyenda negra.
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