Por Jorge FontevecchiaEn el conflicto comercial con Brasil subyace uno de los problemas de fondo de Cristina Kirchner con Moyano. No se aumentan los sueldos en dólares todos los años sin pagar consecuencias en forma de una reducción del superávit comercial. Moreno, con sus trabas a las importaciones, no es la causa del problema sino apenas un bombero cuya impotencia será proporcional al combustible que realimente el fuego.
Los años fueron demostrando que no se trató de un modelo elegido por nuestros gobiernos sino impuesto por la realidad. Que aquel dólar alto como barrera a las importaciones y regenerador de la industria nacional, que permitía sustituir productos importados por nueva fabricación nacional, regresó a ser un dólar con un valor similar al de la convertibilidad, con costos internos en dólares y salarios en dólares también similares.
Medidos en dólares, los sueldos de los trabajadores privados registrados son 23% mayores que en diciembre de 2001 y casi cuatro veces mayores que en diciembre de 2002. Y medidos en pesos, descontada la inflación real, los salarios son 16% mayores que en diciembre de 2001 y 39% mayores que en diciembre de 2002. Es una buena noticia que los salarios vuelvan a ser –en dólares– los de 2001, con la enorme ventaja de que hoy el desempleo es pequeño mientras que en aquellos años era enorme, y sin déficit comercial.
Pero hay que prestar atención a que si los precios de los alimentos que exportamos volvieran a ser los mismos que hace una década, a pesar de que hoy exportamos mucha mayor cantidad de ellos, igualmente tendríamos déficit comercial y volveríamos a padecer que nuestras importaciones fueran mayores que las exportaciones.
Paralelamente, vale prestar atención a que también tendríamos déficit fiscal y el gasto público sería mayor que los ingresos del Estado si no contáramos con los aportes excedentes de los jubilados, los famosos fondos de la Anses, ni con las ganancias del Banco Central, que son un asiento contable que resulta de actualizar el valor en pesos de las reservas en dólares (simplificadamente, $ 3,80 por dólar a principio de año y $ 4 a fin de año producen una diferencia de veinte centavos, que en 50 mil millones de dólares de reservas equivalen a 10 mil millones de pesos).
La convertibilidad no contó con los recursos excedentes de los jubilados ni con la revaluación de las reservas del Banco Central. Pero las reservas del Banco Central se multiplicaron durante la presidencia de Kirchner como también los excedentes de los jubilados por aumento del empleo, en ambos casos debido al crecimiento de la economía que Kirchner condujo. Pero también es cierto que él mismo pudo tener superávits gemelos sin apelar a la Anses ni al Banco Central, y esto ya no es posible para su sucesora.
En síntesis, se fueron consumiendo varias fuentes de propulsión del beneficioso crecimiento del consumo interno, sin dudas producido en gran parte por los aumentos de sueldos. Y hemos llegado a un punto en el cual sin aumentos de productividad el salario real se estanca y cada porcentaje de aumento de salarios termina trasladándose directamente al porcentaje de inflación, porque ya no queda nada de la famosa capacidad ociosa de las fábricas del comienzo de la era kirchnerista y la inversión privada es muy temerosa ante un sindicalismo sin límites.
Un ejemplo justo ante las trabas a los autos fabricados en Argentina que acaba de colocar Brasil son las fábricas que las mismas empresas automotrices multinacionales tienen de un lado y otro de la frontera. Una de ellas le dijo a su sindicato argentino: “Si el costo salarial de una planta en Argentina supera el costo salarial de nuestras plantas de Brasil, fabricaremos más coches allí y menos aquí”. La vida y la economía son un poco más complejas porque a la productividad de cada sector se agregan los factores de negociación Estado-Estado, mercados comunes, concesiones recíprocas y otros factores, pero ni todos ellos juntos pueden escapar a cierto grado de equilibrio al que tiende la economía: lo que se aprieta en una punta se expande en la otra.
Entre 2011 y 2015, un Moyano sin límites representará el mismo problema tanto para un gobierno kirchnerista como para uno de oposición.


Comentá la nota