Motín en Almafuerte: entre mentiras, puntos oscuros e improvisaciones

Motín en Almafuerte: entre mentiras, puntos oscuros e improvisaciones
La revuelta en el penal de Cacheuta no sólo desnudó fallas importantes en materia de seguridad, sino que mostró de manera explícita las internas que estuvieron por encima de la crisis que estaba acontenciendo. Lo mismo ocurrió con algunos funcionarios, que priorizaron su cargo a la resolución del conflicto.
Fiel a su estilo, Sebastián Sarmiento, director del Servicio Penitenciario de Mendoza, buscó solucionar de manera doméstica la novedad del secuestro de agentes por parte de internos del Pabellón 5 de máxima seguridad. Lo hizo por varios motivos. A saber: para no desnudar la falencia del sistema de seguridad y video del penal; para no revelar que su tropa fue tomada de rehén por no tener la preparación adecuada y no respetar los protocolos establecidos para las crisis; para evitar que su nombre quedara manchado en medio de una situación conflictiva; para demostrar que él sólo podía con los problemas que emergieron, y, sobre todo, para que no se filtrara que él era parte del problema. Eso demoró todo. Y cuando intentaron reaccionar, ya habían pasado minutos vitales para la resolución de un incidente con estas características.

En una de las primeras comunicaciones radiales entre los presos amotinados y las autoridades, las palabras violentas salidas desde el interior del Pabellón 5 apuntaron a Sarmiento. El titular de las cárceles de Mendoza es un hombre conocido en Almafuerte; dirigió el complejo de Cacheuta mientras David Mangiafico estuvo a cargo del Servicio Penitenciario y le imprimió un modo de conducción con rasgos omnipotentes y omnipresentes.

Una vez que Mangiafico –conocido por contratar a familiares y amigos- fue nombrado como juez de Garantías, Sarmiento se quedó a cargo de todo.

A la crisis del motín se agregó otra crisis: la distancia marcada por Sarmiento con las autoridades policiales y judiciales. El primer indicio lo dio el director de la Policía, Juan Carlos Caleri, quien horas después de desencadenado el hecho, reconoció que había pedido el listado de los internos alojados en el Pabellón 5, pero no tuvo respuestas. Por algún motivo, el Servicio Penitenciario quiso dejar afuera a los especialistas de la Policía de Mendoza.

El segundo punto, y tal vez el más importante, fue la clara discusión que existió entre el director penitenciario y el fiscal de Delitos Complejos, Daniel Carniello, quien - de entrada - le hizo saber a Sarmiento que estaba en desacuerdo con los pasos que estaba dando. Es más, cuando terminó el motín y Sarmiento procuró que su personal pusiera punto final a la historia, Carniello advirtió que lo iba a mandar a detener si no lo dejaba identificar uno a uno a los presos revoltosos y a los agentes que fueron tomados como rehén.

La negociación

En contra de lo que mandan todos los manuales de negociación, que recomiendan que los diálogos y los contactos con los amotinados estén sólo a cargo de especialistas, el Gobierno salió a buscar a un camarógrafo para que formara parte de una extraña estrategia.

La idea era hacerlo entrar con su cámara y simular que estaba grabando. Todo, para complacer la demanda hecha por los reos.

El plan se frustró por la negativa absoluta de los trabajadores de prensa que estaban apostados en el lugar. Además, consideraron el pedido como un manotazo de ahogado en medio de la improvisación.

Finalmente, gente de prensa del Ministerio del Gobierno acompañaría con una cámara a la jueza de Ejecución Penal, María Inés Vargas, pero ya sin riesgos. Fue un contacto a unos 15 ó 20 metros de los amotinados, no más.

Cerca de la medianoche, Sebastián Sarmiento hizo una de sus las tantas apariciones por el Casino de Suboficiales de Almafuerte, donde estaba el bunker periodístico. Pidió a las radios y a los canales poder salir en vivo para dar un comunicado que, a la postre, sería confuso.

En ese informe aseguró que los guardiacárceles secuestrados estaban bien, que las negociaciones estaban encaminadas y que los presos habían mostrado una saludable disposición al diálogo.

Horas más tarde, se sabría que la comunicación con los agentes había sido escasa y que nadie sabía qué estaba sucediendo dentro del Pabellón 5. Los presos, liderados por Fabián Cedrón, se habían cansado de hablar, habían conseguido sus demandas hasta ese momento –la presencia de un representante de la Justicia, de prensa y de Derechos Humanos- y decidieron subir el volumen de la música y cortar todo tipo de charla.

Los internos habían hecho otro pedido: un teléfono celular con crédito. Por eso, se sugirió dárselos, intervenir la línea y poder escuchar qué hablaban y con quién hablaban. Sarmiento se negó. Y para cuando lograron convencerlo, los amotinados desistieron y rechazaron el aparato.

La noche transcurrió en silencio. "Nos replegamos", dijo Sarmiento cuando, en realidad, fueron los presos lo que interrumpir el contacto. En medio de la madrugada, un funcionario diría off the record que "estamos desconcertados... no sabemos qué puede estar pasando".

En la mañana, a partir de la comunicación iniciada por Cedrón por radio, todo cambió. Apurados por resolver el tema, la negociación se convirtió en un compendio de concesiones.

Básicamente, se decidió complacer todo los puntos planteados por los presos. A partir de ahí, sólo quedó espacio para rezar y esperar a que los reos cumplieran con su palabra. Y se sentó un peligroso un antecedente: el Gobierno negocia con delincuentes y lo hace de una manera llamativa: entrega todo lo que le piden.

Resultado: se logró liberar a los agentes retenidos y los delincuentes más peligrosos de la provincia lograron la promesa de ser trasladados a cárceles de mediana y baja seguridad o de otras provincias. Casi una vía de escape.

Comentá la nota