Por Lucrecia BullrichFines de 2002. Kirchner escuchaba sentado al lado de De Vido. Embelesado. El hombre de bigote frondoso, cejas arqueadas y gestos ampulosos hablaba convencido, casi sin hacer pausas. Cuando terminó, el santacruceño lo tuvo claro: lo quería de su lado. El orador participaba de una de las charlas que De Vido organizaba para darle forma a la campaña presidencial de su jefe. Era Guillermo Moreno.
En ese camino demostró que, además de ser el soldado ideal para encarar, en nombre de Kirchner, la contradictoria misión de contener la inflación a través de la manipulación de los índices, podía defender al Gobierno en casi cualquier circunstancia. Devino en una especie de carcelero, un hombre que detesta los protagonismos visibles, pero está siempre en guardia y listo para aparecer no bien el panorama se complica.
La figura de Moreno volvió a la tapa de los diarios esta semana cuando la ex directora de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec, Cynthia Pok, una de las víctimas de la aplanadora de la intervención, lo involucró con los sillazos inexplicables con los que se intentó impedir la presentación del libro Indek: historia íntima de una estafa, de Gustavo Noriega. La mujer apuntó a hombres de la Unión Personal Civil de la Nación (UPCN), pieza fundamental del desembarco del Gobierno, y de Moreno en el organismo estadístico.
Moreno estuvo muchas veces en la cuerda floja. Pero, a esta altura, está claro que sabe coquetear con el precipicio. Tal vez porque el paso del tiempo, y las víctimas que se cobró en estos años de supervivencia, lo convencieron de que la caída es imposible.
Fue la moneda de cambio cuando Kirchner tuvo que buscarle ministro de Economía para su mujer. Miguel Peirano comunicó su retirada en noviembre de 2007, apenas entendió que las promesas de transparentar el Indec y de correr a Moreno del medio eran sólo eso. Kirchner convenció a Martín Lousteau. Igual que a su antecesor, le aseguró que Moreno dejaría el Gobierno y que el terreno para normalizar las estadísticas quedaría allanado. Una vez más las palabras se perdieron en el olvido.
La noche helada del 14 de junio de 2008 fue agitada para Moreno. Eran días tensos del conflicto con el campo. Pocos metros lo separaban de Kirchner cuando llegaron a la Plaza de Mayo. Allí estaba el fiel secretario de Comercio, con el gabinete en pleno, para desalojar una protesta a favor del agro y en contra del Gobierno. Moreno sólo abandonó el lugar para encarar la siguiente misión: hacer lo mismo pero en la quinta de Olivos. En toda la noche Jorge "Acero" Cali, campeón mundial de kickboxing, no se le separó de al lado. El entorno de Moreno, el mismo que los trabajadores de ATE ya denunciaban como parte de la "patota" del Indec, empezaba a hacerse visible.
Un mes más tarde, Moreno pisó el Senado por primera vez para defender las retenciones móviles. La presentación rozó el escándalo cuando el radical Gerardo Morales denunció que entre los presentes en el plenario de comisiones estaba una de las personas que se habían movilizado a Olivos para contrarrestar el cacerolazo contra los Kirchner. A los gritos, mostró una foto en la que se veía a Hernán Brahim portando un palo, firme al lado del secretario.
Brahim había aparecido antes junto a Moreno en sus matinales irrupciones en el Mercado de Liniers y en las reuniones que el secretario organizaba con empresarios para "invitarlos" a bajar los precios. En el Indec, Brahim ya estaba instalado a sus anchas. Le gustaba autodenominarse el coronel de un ejército del que Moreno era el general y los militantes de UPCN la tropa decidida a defender la intervención. En 2008 pasó a controlar, de facto, el cálculo de la inflación y hace unos días se convirtió en el director de Legales del Ministerio de Economía. Un intocable. Tanto como su jefe que es, además, su padrino de bodas.
Cuando las retenciones móviles quedaron sepultadas por la impensada negativa de Julio Cobos, volvió a hablarse de la "inminente salida" de Moreno del Gobierno. La Casa Rosada hizo trascender que evaluaba emitir alguna señal para descomprimir la crisis. Deshacerse de Moreno parecía ideal. Pero Moreno volvió a zafar. En su lugar, se fue Alberto Fernández, harto, entre otras cosas, de la intransigencia e impermeabilidad de los Kirchner a las críticas contra el secretario.
Hace casi un año, cuando Amado Boudou llegó al Ministerio de Economía y lanzó el "nuevo" Indec, pareció, una vez más, que los días de gloria de Moreno empezaban a escurrirse. Pero la designación de Norberto Itzcovich, un hombre que pasó de cuestionar la intervención a abrazarse con Moreno y Kirchner y a defender las cifras oficiales manipuladas sin ruborizarse, dejó en claro que la capacidad de Moreno de reciclarse estaba intacta.
Esta semana, Moreno volvió a la palestra de la mano del violento episodio en la Feria del Libro. Sin asomar la cabeza ni hablar. Pero con un poder inocultable y a prueba de balas.
* La periodista es autora, junto con Francisco Jueguen, de Indec: una destrucción con el sello de los Kirchner







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