Por Ignacio MiriAlguien en el Gobierno tendrá que reconstruir la secuencia. El lunes 8, luego de pasar el fin de semana fuera del ojo público en El Calafate, Cristina Kirchner levantó una de sus acostumbradas cadenas nacionales y pronunció por canales de cable un discurso referido al Día Internacional de la Mujer.
Ese mismo mediodía comenzaron a cambiar las cosas. El senador pampeano Carlos Verna –hasta ese momento cercano a la oposición– se reunió con los oficialistas Miguel Pichetto y Nicolás Fernández y adecuó su proyecto de ley sobre el uso de reservas del Central al gusto exacto del Gobierno. Pasaron sólo unos minutos antes de que la Presidenta pidiera cámaras de televisión en la Casa Rosada para decir que le gustaba el proyecto de Verna.
Los hechos del miércoles –con el estallido de la oposición– y del jueves –con el desvanecimiento del quórum para rechazar el pliego de Mercedes Marcó del Pont, tratar la ley del cheque y cuestionar al directorio del BCRA– están más frescos en la memoria, pero sirven para terminar el recorrido lógico: cuando el Gobierno se calla o se detiene unas horas a pensar, la oposición vuelve a ser lo que es, un conglomerado multicolor de partidos con mayor o menor consolidación y de proyectos personales con mayor o menor figuración.
La Casa Rosada había tomado nota de ese detalle (existen decenas de declaraciones de ministros y de la propia Presidenta o de su marido calificando a la oposición como un rejunte) pero sorprende que haya tardado tantos meses en entenderlo. Acá y en la luna, la dispersión del adversario es una ventaja del grupo propio. El hecho de que la oposición sea un pastiche no hace más que favorecer al Gobierno, que todavía, mal que mal, mantiene dos bloques muy numerosos en la Cámara de Senadores y de Diputados unificados bajo la sigla del Frente Para la Victoria. Lo único que tenía que hacer la Presidencia era parar, aunque sea por un par de días, de dispararse a sus propios pies y ensayar negociaciones con uno o dos de los pequeños fragmentos que se habían anotado sin demasiadas convicciones en la oposición.
Ayer fue el propio Néstor Kirchner el que se encargó de retroceder –perdón por el vocablo, señor diputado– y ensayar negociaciones con algunos senadores. Al mediodía, llamó por teléfono a un movedizo funcionario peronista y le pidió precisiones sobre una conversación que había tenido ese mismo día con el Gobernador de Corrientes, Ricardo Colombi. "¿Lograte convencerlo con lo de los senadores?", preguntó Kirchner. "Sí", respondió el peronista. "Bueno, entonces hablale a De Vido para que llame a Colombi", dijo antes de cortar el diputado como si todavía fuera Presidente. ‘Llamalo a De Vido’ tiene el mismo significado hoy que en 2003. Quiere decir ‘Manden la plata para las obras que necesita el Gobernador’. Con la santafesina Roxana Latorre y con la rionegrina María Bongiorno habían arreglado el día anterior.
¿Es eso un pecado? No. Se llama hacer política. Se llama negociar con inteligencia. Se llama buscar coincidencias con personas del mismo partido o de sectores cercanos. Se llama evitar la confrontación ineficiente. Se llama, tal vez, dejar de autoboicotear la economía que –según evalúan incluso los analistas más alejados del Gobierno– estaba preparada para mostrar tasas de crecimiento fabulosasas este año y que fue detenida sólo por la impericia verbal de los Kirchner.
Por supuesto, la oposición se sentirá frustrada. Creerán que fueron traicionados. Pensarán que resultaron víctimas de una jugarreta política. Eso dirán los más verborrágicos. En el fondo, esperarán pacientes a que Cristina o Néstor Kirchner vuelvan a los discursos flamígeros anunciando modificaciones administrativas o contables como si fueran la reforma agraria. Si el matrimonio hace eso otra vez, la unión de los opositores resurgirá mágicamente.






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