PARIS.- El domingo pasado, de madrugada, un sargento del ejército norteamericanos salió armado de su base de la provincia de Kandahar, en el sur de Afganistán. Después de caminar poco más de un kilómetro en plena oscuridad, entró a varias casas y mató a sangre fría a siete adultos y nueve niños.
Casi simultáneamente, a 2715 kilómetros de distancia, en la ciudad siria de Homs, el comerciante Abou Zeid, detenido por el ejército, se negó a arrodillarse ante una foto del presidente Bashar al-Assad. Cuando les dijo a sus carceleros que "sólo se inclinaba ante Dios", le vendaron los ojos, le pusieron una minúscula bomba en la mano y accionaron el detonador. De la mano derecha, sólo queda un muñón deformado y dos pedazos de dedo recosidos con hilo de envolver paquetes. En apenas un año, la represión siria provocó más de 8000 muertos. Gran parte son niños asesinados salvajemente.
En los últimos diez días, en Siria, la Franja de Gaza, Afganistán, Libia, Egipto, Somalia y otros países, la violencia ciega de la guerra volvió a provocar centenares de muertos, miles de heridos, mutilados, mujeres violadas y legiones de desplazados. Tantos, que se podría creer que el mundo se encuentra en una incontenible escalada de horror. ¿La explicación se encuentra en la cantidad o en el salvajismo con que se cometen esas acciones demenciales? Lo que deforma la percepción no son tanto las inevitables heridas que provoca la guerra, sino la invariable presencia de monstruos en cada conflicto.
Ayer, la muerte de John Demjanjuk, ex guardián del campo de concentración de Sobibor (Polonia), donde fueron exterminados 27.900 judíos, vino a recordar que la guerra, el horror y la monstruosidad son viejos compañeros de la historia.
El lunes, la cadena británica Channel 4 difundió imágenes obtenidas con una cámara oculta en un hospital militar de la ciudad mártir de Homs, que sugieren claramente la utilización de la tortura en los pacientes.
Al mismo tiempo, gracias a los correos electrónicos personales del presidente sirio y su mujer Asma, obtenidos por el diario británico The Guardian, el mundo vio con perplejidad que mientras miles de civiles eran aplastados por tanques y bombas o sometidos a las peores vejaciones, ambos consagran su tiempo a comprar por Internet candelabros de plata maciza, ropa de marcas exclusivas y a reírse de las pretensiones democráticas de su pueblo.
¿Acaso la perversidad domina la naturaleza del hombre? La pregunta es tan vieja como el mundo y la respuesta, imposible. Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha sido capaz de las peores bajezas o de las insensateces más inverosímiles.
A fines de febrero, un grupo de militares afganos asesinó a seis soldados norteamericanos en represalia por la incineración de varios ejemplares del Corán en la base de Bagram. Las violentas protestas antinorteamericanas que siguieron dejaron un saldo de 30 muertos y 200 heridos.
Poco antes, un grupo de marines habían aparecido en un video de YouTube riéndose mientras orinaban los cadáveres de unos talibanes.
Ejecuciones sumarias, violaciones, vejaciones y torturas han sido desde siempre un componente cotidiano de la guerra. Pero no todos esos horrores están inspirados en los mismos motivos. Si bien la masacre en Kandahar y el episodio en que soldados orinaron cadáveres de talibanes tienen sus similitudes desde un punto de vista moral, ambos casos no parecen ser exactamente del mismo orden.
"Orinar un cadáver significa desacralizar al enemigo, quitarle su fuerza, arrancarle su virtud. Estamos aquí ante un mecanismo tan viejo como la guerra. Se trata de procesos extremadamente arcaicos de la humanidad", explica el psiquiatra francés Yann Andruetan.
En ese sentido, no faltan antecedentes: durante la Segunda Guerra, los soldados japoneses cometieron actos de canibalismo contra los prisioneros de guerra aliados, según el Tribunal de Tokio. "El canibalismo fue una actividad sistemática perpetrada por escuadrones enteros bajo comando de oficiales", reconoce el historiador japonés Yuki Tanaka.
Violaciones, torturas y masacres sistemáticas contra el enemigo podrían entrar en esta misma categoría, con el objetivo suplementario de aterrorizar al enemigo.
Con algunas diferencias, los horrores de Homs son asimilables al genocidio de Srebrenica, donde entre 6000 y 8000 hombres y adolescentes musulmanes fueron masacrados en esa región de Bosnia-Herzegovina en julio de 1995. O con la matanza de My Lai durante la guerra de Vietnam, cuando el 16 de marzo de 1968 un grupo de soldados norteamericanos exterminó un pueblo entero, incluidos mujeres y niños.
Cortocircuito
Por el contrario, el sargento que mató a los 16 civiles en Kandahar parece un caso totalmente diferente. "A juzgar por los elementos que se conocen, diría que sencillamente se volvió loco. En psiquiatría, eso se llama «pasar al acto». Es una suerte de cortocircuito de la inteligencia", señala Andrueta.
Una fuente del ejército norteamericano confirmó que, víctima de un profundo estrés, el sargento de 38 años estaba ebrio en el momento del asesinato. Casado y padre de dos hijos, el militar había mantenido una discusión telefónica con su mujer debido a su permanente ausencia. Después de tres misiones en Irak, Afganistán era su cuarto destino desde su incorporación al ejército en 2001.
Desde hace 50 años, las potencias occidentales tratan de limitar por todos los medios la aparición de esos monstruos en sus fuerzas armadas. Pero el riesgo cero no existe.
"Prolongar ese debate sería entrar en consideraciones de orden filosófico y moral, como justificar o prohibir la guerra, debido a los riesgos y consecuencias que puede tener sobre los individuos. Esa reflexión es absolutamente irrealista para cualquier Estado", concluye Andrueta.
El filósofo francés Joseph Kessel afirmaba que "el salvajismo es inherente a la naturaleza humana". Tal vez tuviera razón. Lo difícil es acostumbrarse a la idea.
SIRIA 2012
1000 muertos
EL ASEDIO A HOMS
El ejército sirio mantiene sitiada durante tres semanas la ciudad de Homs, bastión de las fuerzas opositoras al régimen del presidente Bashar al-Assad.
Al acecho: el aislamiento es total. Se corta el acceso de alimentos y medicinas. Se disparan cientos de morteros y se lanza un asalto final con tanques.
Denuncias: la disidencia y organismos internacionales deploran la "brutal represión" del régimen, que en todo el país ya dejó 8000 muertos.
Política: las potencias occidentales y las monarquías del Golfo reclaman la salida de Al-Assad, pero no se llega a un acuerdo para una intervención..
Comentá la nota