La moderna

Mario Oporto.

Detrás de la mitología, hay en Eva Duarte una figura fundamental de un momento de la historia argentina que alguna vez fue actualidad política. Aquel ya lejano presente, si se lo mira retrospectivamente, no era fácil de modificar. Evita lo logró. Sus ideas, muy ambiciosas para la época, eran casi vanguardistas.

Sobre todo si se tiene en cuenta que el ascenso del peronismo al poder –y el nacimiento de su presencia pública– ocurre luego de varias décadas de gobiernos y leyes conservadores, de los que no era ajena la sociedad que los padecía o los avalaba con su silencio.

Más allá del perfil de Eva Duarte como ícono popular, nos enfrentamos a su verdadera estatura política e histórica. También debemos reacomodar la figura de Perón, estratega y administrador extraordinario de las fuerzas sociales que compusieron los principios ideológicos y prácticos del justicialismo.

No hubiera habido Eva sin Juan Perón. Pero una vez instalado Perón en el centro de la escena política, Evita pudo desplegar un sistema de pensamientos y actos que podemos describir como “modernos”.

Dentro de las grandes líneas del justicialismo, con sus planes quinquenales, sus profundos cambios sociales, su relación con el capital y el trabajo, las movilizaciones de masas y la democratización cívica, Eva Duarte trabajaba zonas de la política que parecen miniaturas respecto de aquellas decisiones de Estado que transformaban a la sociedad argentina.

Una de esas líneas es el trato, el modo de relación que se tiende entre el Estado y la sociedad. En ese aspecto, fue una gran “relacionista” antiburocrática, trabajando de un modo receptivo e inmediato en un mundo en el que la comunicación entre gobernantes y ciudadanos era distante, cuando no imposible. Desde un principio comprendió –quizás porque las había vivido– las experiencias de necesidad y pobreza de los argentinos más humildes, e impuso un estilo que eliminó las dilaciones, las excusas, los “filtros” y, sobre todo, las recomendaciones. No había en ella tráfico de influencias sino sensibilidad social personalizada.

A ese elemento que la convirtió no sólo en una defensora estatal de los postergados y los débiles (su trabajo en la Fundación consistía en dar fe personalmente de las necesidades sociales: “A Evita no se la contaban”), le agregó una preocupación por la ampliación de derechos, es decir, por la igualdad.

Esa ocupación preferencial por los más pobres fue muy temprana y fundante del peronismo histórico. Era la presencia de una fuerza nueva que se ocupaba de reparar las injusticias en todas sus escalas. Una de las inequidades más duraderas, existente desde siempre, era la discriminación de las mujeres en las decisiones institucionales del país. Pero tres días más tarde de las elecciones de 1946 en las que se impuso la fórmula Perón-Quijano, Eva pronunció su primer discurso público y exigió la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, además del voto femenino, instaurado poco antes de su muerte. También impulsó la igualdad jurídica en el matrimonio, haciendo de la patria potestad un derecho compartido entre padres y madres, una medida que quedó sin efecto con el golpe de 1955. Igual que el voto de la ciudadanía y la Constitución de 1949. Curiosidades de la élite “liberal” que derrocó a Perón y que llamó “fascista” a su gobierno.

Aquellas líneas justicialistas del peronismo histórico son los antecedentes que continúan todas las leyes que buscan modernizar a la sociedad argentina y universalizar derechos. Desde la Asignación Universal por Hijo hasta la ley de matrimonio igualitario, incluyendo –entre otras– la Ley de Identidad de Género, el femicidio, la muerte digna, la fertilidad asistida o las modificaciones al Código Civil, la ampliación de derechos y la inclusión de minorías postergadas forman parte de la tradición modernizadora que, en gran medida, impulsó Evita en su intensa y breve trayectoria en la diagramación de políticas públicas.

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