Los modales de Cristina y el talante de los presidentes

Por: Julio Blanck.

Cuando un tipo se despierta un día siendo presidente nunca va a volver a ser el que fue hasta la noche anterior. Por más esfuerzos que haga siempre se va a sentir un escalón arriba de los demás, porque los demás lo eligieron a él para que esté allí.

Más o menos con esas palabras, y con inalterable pasión democrática, exponía esta tesis Luis Sthulman, una mente brillante del radicalismo que iluminó durante el gobierno de Raúl Alfonsín y más tarde fue un consultor muy escuchado por Fernando de la Rúa en su camino a la Presidencia. Fue él quien alumbró la idea de que el aburrimiento de De la Rúa debía ser una ventaja estratégica en la campaña de 1999, frente al divertimento de Menem.

Sthulman, de cuya muerte prematura pronto se cumplirán diez años, decía aquellas cosas sobre el talante de los presidentes a poco de que Alfonsín iniciara su mandato, cuando algunos dirigentes radicales refunfuñaban porque ya no tenían con Raúl el trato cercano de los tiempos en que todos habitaban el llano. Y eso que Alfonsín, marcado por la consigna de “libertad, igualdad, fraternidad” nacida con la Revolución Francesa, hacía lo que podía para acortar esas distancias naturales.

Por cierto, la actitud y la conducta de nuestros presidentes reconoce caminos sinuosos, cuando no contradictorios. Y distintos modos de habitar la relación con sus subordinados y con los gobernados.

Hubo quienes, como Néstor Kirchner, tuvieron la astucia y la honestidad de definirse, a él y su equipo, el día de 2003 que llegó al poder, como “hombres comunes con responsabilidades muy importantes”.

Sus gestos públicos posteriores, muchas veces, respondieron a la intención genuina, también a la necesidad política, de mantener cierta proximidad con el ciudadano de a pie.

Hubo presidentes, claro, que aplicaron rigurosamente algunos consejos de Maquiavelo, quien escribió hace casi cinco siglos cosas como la que sigue: “Un príncipe, y máxime un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, sino que a menudo se ve obligado, para conservar el Estado, a actuar contra la palabra dada, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión”.

En fin, que todos los presidentes que hemos sabido darnos más o menos han tenido lo suyo y ninguno de ellos actuó al margen de la cultura social dominante en su tiempo, sino más bien expresándola y potenciándola mientras duró el ciclo de su liderazgo.

Por eso bien haríamos en revisar, de tanto en tanto, nuestras escalas de valores sociales, políticas y culturales en cada etapa histórica, antes de echar sobre la espalda de los que gobernaron la culpa de todos los errores, iniquidades y abyecciones por las que hemos pasado.

El rumbo de estas palabras nos lleva, inevitable, hacia este tiempo de Cristina. Hacia este año que hoy termina y que fue tan de ella, en su empinamiento después de la muerte de Kirchner y el desconcierto inicial, después del dolor, del luto y el llanto, del respaldo popular y las políticas sociales puestas a funcionar a todo gas llevando la máquina hasta el límite y más allá; todo eso mechado con algunos zafarranchos mayúsculos, pero cocinado en un guiso con los ingredientes necesarios para llegar al triunfo rotundo de octubre.

Y nos llevan esas palabras a los modales de Cristina, tan naturalmente ásperos bajo su retórica cuidada y sus bromas condescendientes; tan agudos en la distancia y el desdén con que es capaz de tratar a enemigos o subalternos, pero también en la vibración emotiva para llegar al corazón de quienes la apoyan.

Esos modales la definen tanto, y pueden ser útiles para que se hable más de las formas que de los contenidos cuando es conveniente. Ella sabe que esos modos le son criticados y lo enfrenta cuando dice, como el miércoles pasado, que está segura de que la van a tratar de autoritaria y hegemónica por el modo de derramar reproches y advertencias sobre su sonriente vicepresidente.

Pero con ella en el punto más alto de su legitimidad y a pocos días de ser operada, sería inconducente y de dudoso gusto abundar en estos asuntos.

Este ha sido su gran año en la política, consagratorio aún más allá de lo esperado. Tiene derecho y razón para celebrarlo antes de que llegue el futuro que siempre, para todos, tiene algo de incierto.

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