Por: Julio Blanck.Cuando un tipo se despierta un día siendo presidente nunca va a volver a ser el que fue hasta la noche anterior. Por más esfuerzos que haga siempre se va a sentir un escalón arriba de los demás, porque los demás lo eligieron a él para que esté allí.
Sthulman, de cuya muerte prematura pronto se cumplirán diez años, decía aquellas cosas sobre el talante de los presidentes a poco de que Alfonsín iniciara su mandato, cuando algunos dirigentes radicales refunfuñaban porque ya no tenían con Raúl el trato cercano de los tiempos en que todos habitaban el llano. Y eso que Alfonsín, marcado por la consigna de “libertad, igualdad, fraternidad” nacida con la Revolución Francesa, hacía lo que podía para acortar esas distancias naturales.
Por cierto, la actitud y la conducta de nuestros presidentes reconoce caminos sinuosos, cuando no contradictorios. Y distintos modos de habitar la relación con sus subordinados y con los gobernados.
Hubo quienes, como Néstor Kirchner, tuvieron la astucia y la honestidad de definirse, a él y su equipo, el día de 2003 que llegó al poder, como “hombres comunes con responsabilidades muy importantes”.
Sus gestos públicos posteriores, muchas veces, respondieron a la intención genuina, también a la necesidad política, de mantener cierta proximidad con el ciudadano de a pie.
Hubo presidentes, claro, que aplicaron rigurosamente algunos consejos de Maquiavelo, quien escribió hace casi cinco siglos cosas como la que sigue: “Un príncipe, y máxime un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, sino que a menudo se ve obligado, para conservar el Estado, a actuar contra la palabra dada, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión”.
En fin, que todos los presidentes que hemos sabido darnos más o menos han tenido lo suyo y ninguno de ellos actuó al margen de la cultura social dominante en su tiempo, sino más bien expresándola y potenciándola mientras duró el ciclo de su liderazgo.
Por eso bien haríamos en revisar, de tanto en tanto, nuestras escalas de valores sociales, políticas y culturales en cada etapa histórica, antes de echar sobre la espalda de los que gobernaron la culpa de todos los errores, iniquidades y abyecciones por las que hemos pasado.
El rumbo de estas palabras nos lleva, inevitable, hacia este tiempo de Cristina. Hacia este año que hoy termina y que fue tan de ella, en su empinamiento después de la muerte de Kirchner y el desconcierto inicial, después del dolor, del luto y el llanto, del respaldo popular y las políticas sociales puestas a funcionar a todo gas llevando la máquina hasta el límite y más allá; todo eso mechado con algunos zafarranchos mayúsculos, pero cocinado en un guiso con los ingredientes necesarios para llegar al triunfo rotundo de octubre.
Y nos llevan esas palabras a los modales de Cristina, tan naturalmente ásperos bajo su retórica cuidada y sus bromas condescendientes; tan agudos en la distancia y el desdén con que es capaz de tratar a enemigos o subalternos, pero también en la vibración emotiva para llegar al corazón de quienes la apoyan.
Esos modales la definen tanto, y pueden ser útiles para que se hable más de las formas que de los contenidos cuando es conveniente. Ella sabe que esos modos le son criticados y lo enfrenta cuando dice, como el miércoles pasado, que está segura de que la van a tratar de autoritaria y hegemónica por el modo de derramar reproches y advertencias sobre su sonriente vicepresidente.
Pero con ella en el punto más alto de su legitimidad y a pocos días de ser operada, sería inconducente y de dudoso gusto abundar en estos asuntos.
Este ha sido su gran año en la política, consagratorio aún más allá de lo esperado. Tiene derecho y razón para celebrarlo antes de que llegue el futuro que siempre, para todos, tiene algo de incierto.



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