El obispo dijo en su homilía que es importante no sólo llamarse cristianos, sino querer serlo cada vez más, sobre todo dentro del mundo. Hizo una catequesis sobre los óleos que fueron bendecidos y se refirió a la marca indeleble de los católicos, que deben curar a quienes están enfermos.
Antes de la celebración eucarística, el obispo diocesano y los presbíteros participaron del tradicional en-cuentro sacerdotal de cada Miércoles Santo, en la parroquia La Rotonda. Estuvo a cargo de la reflexión el padre Miguel Maidana, de la Con-gregación de los Misioneros Redentoristas.
Al iniciar su homilía, monseñor Faifer explicó que “en el centro de la celebración está la bendición de los tres Santos Oleos: el óleo para la unción de los catecúmenos (bautizados), el de la unción de los enfermos y el crisma para los grandes sacramentos de la confirmación y de la sagrada ordenación”. Destacó que “en los sacramentos, el Señor nos toca por medio de los elementos de la creación”.
Dijo que “el aceite es símbolo del Espíritu Santo y al mismo tiempo nos recuerda a Cristo”. En ese sentido, Faifer remarcó que “nosotros nos llamamos ‘cristianos’, ‘ungidos’, porque pertenecemos a Cristo y por eso participamos de su unción, estamos llenos del Espíritu Santo. Pero es importante afirmar que no sólo queremos llamarnos cristianos, sino que queremos serlo cada vez más”.
El óleo de los catecúmenos, explicó el Pastor, “nos está diciendo: no sólo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarlos. Impulsado por su amor, Dios se ha encaminado hacia nosotros. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón”. Pidió a los fieles “que nunca se apague en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia El, para conocerlo mejor, para amarlo mejor”.
Al referirse al óleo de los enfermos, el obispo mencionó que “se presenta ante nuestros ojos la multitud de las personas que sufren. Y reconoció que “es cierto que la tarea principal de la Igle-sia es el anuncio del Reino de Dios”. Pero, precisamente, “este mismo anuncio debe ser un proceso de curación: para curar los corazones desgarrados”. El anuncio del Reino de Dios, manifestó, “debe suscitar ante todo esto: curar el corazón herido de los hombres”. Pero además de esta tarea central, “también forma parte de la misión esencial de la Iglesia la curación concreta de la enfermedad y del sufrimiento”.
En otro momento de su mensaje, monseñor se refirió al crisma, una mezcla de aceite y perfumes, que sirve sobre todo para la unción en la confirmación y en el or-den sagrado.
“El bautismo y la confirmación constituyen el ingreso en el Pueblo de Dios, que abraza todo el mundo”, detalló. Luego, a modo de interpelación personal a los fieles, expresó: “¿Cómo Iglesia del Señor abrimos a los hombres el acceso a Dios, o por el contrario, se lo escondemos?”.
Momentos después, junto a los sacerdotes, monseñor Faifer renovó las promesas presbiterales. Exhortó luego a los ministros a renovar esas promesas, “con enorme gratitud por la vocación y con humildad por nuestras insuficiencias y pecados”.
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