Por: Martín Kohan.Se ha hablado por estos días de un milagro para Altamira. Lo que hay que entender por milagro es el voto para el Frente de Izquierda en las elecciones primarias de mañana.
¿Un milagro para Altamira? No está de más preguntarse por qué razón fue preciso que se llegara a hablar así. Porque la relación que la izquierda mantiene con los milagros es rigurosamente laica. Es profana en sentido estricto si es que no, más todavía, directamente profanadora. La izquierda no adhiere ni puede adherir a la creencia en milagros: ni en aguas de mar que se abren ni en resurrecciones en 48 horas. En cambio sí se propone, y en esto va su idiosincrasia, alterar los consensos sociales sobre lo que es imposible o posible. ¿Se puede llamar a eso milagro? Tal vez, pero sólo de manera metafórica. Porque el milagro literal sólo pide imploración y paciencia, rezos y espera; pero para alterar los parámetros de lo posible en el suelo real que se pisa, hace falta otra clase de intervención.
¿Habría que diferenciar entonces entre el milagro como potencia y el milagro como impotencia? Al voto por el Frente de Izquierda ha debido llamárselo milagro. Pero no es milagro de la misma clase que el que parece invocar por caso la devota Lilita Carrió cuando pone a ondear sus rosarios, ni el que supone el devoto Duhalde cuando esgrime morales cristianas, ni el que sugiere el devoto Scioli cuando se hinca circunspecto a la vera de la devota Rabolini. No es lo mismo a los ojos de Dios, pero antes que eso en las urnas.

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