El miedo a la educación pública

Hoy por hoy, la gran mayoría de los padres siente que debe tomar una decisión fundamental: ¿Educación pública o privada? Salvo que se trate de personas con una fuerte convicción ideológica (aquellos que no creen en lo privado), el resto se debatirá entre mandar a sus hijos a un colegio público o meterlos en un engranaje donde el dinero será la variable central, decisión que además supone un cúmulo de consecuencias que parecen aleatorias pero influyen de manera decisiva sobre la vida de los chicos.
Por ejemplo, el nivel social de sus compañeros.

Mientras lo público favorece el intercambio de gente que vive en diferentes niveles sociales, lo privado parece encerrar dentro de una burbuja. Digo “parece” porque en las últimas décadas la mala fama de las escuelas del estado hizo que muchos papás gasten lo que no tienen con el objetivo de darles lo que se supone es una buena instrucción a sus hijos.

Años atrás las cosas eran distintas. Los colegios privados no eran necesariamente un refugio frente a las deficiencias del estado. Se los elegía por otro tipo de cuestiones como el idioma, la colectividad, el gusto por la formación religiosa e incluso lo social; de ahí a recurrir a ellos debido a que “salvan a nuestros retoños” hay mucha diferencia. El drama actual pasa por el miedo de los padres a los colegios públicos, temor que el propio gobierno magnifica al promocionar lo estatal desde la perspectiva de la inclusión, dejando de lado la idea de excelencia.

Cada vez que aparece un aviso oficial hablando de las escuelas públicas, sólo hace referencia a un concepto parecido al de “fútbol para todos”; es decir, “los pobres también pueden estudiar”. Sin embargo, la deuda pendiente pasa por asociar al estado la idea de excelencia. Hasta que las escuelas públicas no vuelvan a competir con las privadas, la sociedad argentina seguirá dividida en dos.

La ilusión educativa

Quizá como autodefensa, los padres tendemos a pensar que nuestra escuela es la “mejor”, o por lo menos que no es tan mala en comparación con otras. La realidad es que ni los colegios del estado son tan terribles ni los privados tan buenos. Existe sí una barrera insalvable: La huelgas. Mientras el hábito de retrasar el comienzo de las clases o parar durante el año no se termine, el universo privado seguirá creciendo en forma desmedida y generando más injusticia. De hecho, conseguir un lugar en los colegios privados de Junín se hace cuesta arriba, signo de que algo anda mal (en ambos campos, privado y estatal).

Para tener una idea de lo que puede ocurrir en el futuro si esta tendencia no se revierte, basta con analizar lo que pasa en Buenos Aires. Allá la competencia ya llegó a un umbral tal que existe una educación privada “Premium” y otra paga considerada casi tan mala como la estatal. Las mejores escuelas (Northlands, San Andrés, Newman), cobran cuotas que rondan los cinco mil pesos mensuales, más una serie de adicionales dentro de los cuales hay opcionales y obligatorios. El tema es que las “malas escuelas” llegan a cobrar más de mil; es decir, la calidad está directamente asociada con el poder adquisitivo y U$S 250 es un umbral mínimo que tampoco asegura nada. Obvio que la vida dentro de esos claustros privados puede ser un infierno ya que las diferencias sociales son enormes.

Hay padres que dejan la vida para pagar las cuotas y otros que las consideran un vuelto. Desde cómo festejar los quince hasta dónde ir de viaje de egresados, la segmentación es de una crueldad desconocida para nuestro país que siempre se caracterizó por la mezcla de personas, costumbres y estratos socioeconómicos. Y para colmo acontece en una etapa de la vida en que los chicos no tienen defensa. En Estados Unidos es exactamente al revés. Mientras las universidades son terriblemente selectivas, la educación primaria y secundaria del estado resulta buena o aceptable.

Funcionarios con mal ejemplo

Dado que en nuestra época todo se rige por las normas de la sociedad de consumo, los colegios también se convirtieron en marcas que “venden” algo. Claro que enmascarado detrás de la idea de excelencia educativa, crece cada día más el espanto de la segregación. Aunque nadie lo dice, parte del valor de los colegios y el motivo por el que los padres pagamos sin chistar sumas de dinero considerables, tiene que ver con lo que significan en términos “sociales”. La hipocresía que alimentamos todos hace que un currículum tenga más peso porque figura el nombre de una escuela supuestamente prestigiosa. Romper ese círculo vicioso y cruel es la gran tarea pendiente que tiene el estado nacional y provincial. Para empezar, ningún funcionario público debería mandar a sus hijos a una escuela privada ya que está dando una lección tremenda a la sociedad. Si el Intendente de Junín o gabinete no creen en la educación pública, ¿cuál es el mensaje que se envía al pueblo? Puede parecer una decisión personal aunque no lo es: ¿Con qué derecho decimos presente en la inauguración de una escuela a la que no vamos?

Más allá de lo que pensemos, la única gran diferencia entre los colegios (hablando sólo en términos educativos) tiene que ver con la doble escolaridad y el hecho de que sean bilingües en serio; es decir, con las materias cursadas en ambos idiomas (y el tema de las huelgas constantes mencionado arriba). Así y todo, lo máximo que estamos asegurando es un buen nivel de inglés. A pesar de eso, algunos educadores tampoco están de acuerdo con la doble escolaridad ya que la consideran una tortura, sin las ventajas de una infancia “suelta” y mejor vivida.

Si el estado no posiciona a sus escuelas y las saca de la idea única de “acceso” para acercarlas al concepto de calidad, Argentina se parecerá cada día más a lo peor de Latinoamérica. El universo de los colegios privados debería ser (como era) una opción más, y no ese bote al que llegamos por desesperación creyendo que salvamos a nuestro hijos del naufragio.

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