La Asamblea Federal necesitó de una tercera vuelta electoral para designar al nuevo Jefe de Estado y puso en evidencia las divisiones en la coalición gobernante
La elección que se realizó ayer en el marco de la reunión de la Asamblea Federal, órgano responsable de designar al Jefe de Estado alemán y compuesta por los diputados del Bundestag y representantes de los estados federados, no fue como esperaba la Canciller.
Si bien la figura del presidente no reviste atribuciones políticas y es considerado como protocolar, fue una elección que puso a prueba la capacidad de Merkel para reunir a la propia tropa detrás de su figura. Algo que finalmente no sucedió. Y las fisuras dentro de la coalición gobernante no cedieron ante los llamados a la unidad de la canciller.
El sistema electoral alemán obliga al postulante al máximo cargo del Estado, al menos en los dos primeros intentos, a lograr la mayoría absoluta de votos de la Asamblea que cuenta con 1.244 miembros, es decir que necesita contar con 623 votos positivos.
Sin embargo 44 miembros de la coalición de democristianos (CDU), socialcristianos (CSU) y liberales (FDP), que sigue siendo la mayoría parlamentaria, decidieron no apoyar al candidato oficial. Este fracaso llevó a una peligrosa y no deseada tercera instancia. La compulsa, finalmente, se decidió por mayoría simple (donde 25 miembros volvieron al redil) y se impuso el postulante oficialista con 625 votos, relegando al socialdemócrata Joachim Gauck que logró 499, luego del retiro de los candidatos de los partidos menores.
La victoria final de Wulff tiene un agregado que suma un elemento más a la debilidad del triunfo y es que Gauck, un veterano militante anticomunista de la ex Alemania del Este y defensor de los derechos civiles sin filiación partidaria, fue resistido por los sectores de izquierda que prefirieron conceder la victoria a los conservadores antes que apoyar a su viejo enemigo.
De esta manera, Merkel logró alejar la sombra de una derrota que hubiera derrumbado a su gobierno por completo, pero fue demasiado reñida la elección y le generó un costo político demasiado alto que la debilita aún más en medio de las dificultades que atraviesa el país a causa de la severa crisis económica.
Según las últimas encuestas, el gobierno alemán tiene un 35% del apoyo, en comparación con el 48% con el que contó en la elección de septiembre pasado, cuando retuvo el poder gracias a sus aliados socialcristianos y liberales, y luego de una clara derrota en las elecciones regionales de mayo en la región de Reno-Westfalia que la privará de una mayoría en ambas cámaras del Parlamento.
El semanario Der Spiegel sentenció que fue “el mayor fracaso de Merkel” e indicó que “debería temer al crepúsculo de su cancillería”. Ahora, la líder alemana no sólo deberá lidiar con una convulsionada opinión pública que criticó con dureza el recorte fiscal de 97.000 millones de euros que decidió para recuperar la vitalidad económica de la principal economía de Europa, sino que deberá, también, regenerar su dañada imagen y recuperar las desgastadas bases políticas que sostienen a su gobierno de coalición.

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