Por Carlos PagniOcurrió lo que se había adelantado que iba a ocurrir. Cristina Kirchner atravesó la cirugía de tiroides sin sobresaltos. El parte médico se detuvo en el detalle de que, en el momento de su lectura, ya estaba despierta. Los mercados no se inmutaron. Sólo cabe esperar que dentro de 20 días la Presidenta reanude sus actividades oficiales. Todo está bajo control.
Hasta ahí, la información clínica. Hay otro campo mucho menos conocido. ¿Qué movimientos emocionales estará desencadenando en la señora de Kirchner la noticia del cáncer? ¿Cómo se enhebrará esa inquietud con el rosario de infortunios que comenzaron hace dos veranos con la novedad de que su esposo era un enfermo cardíaco delicado? ¿Qué efectos físicos y psicológicos producirán en ella los tratamientos, las drogas, la presencia recurrente de los médicos? Son preguntas que, por lo visto, los mercados no se hacen.
Sin embargo, esos interrogantes pueden ser relevantes para la política. En su libro When Illness Strikes the Leader - Cuando la enfermedad golpea al líder -, Jerrold Post y Robert Robins consignan innumerables ejemplos del modo en que un problema de salud determina las decisiones políticas. Uno muy ilustrativo es el del presidente de los Estados Unidos Lyndon Johnson, que decidió no presentarse a un segundo mandato en plena Guerra de Vietnam, obedeciendo las presiones de su esposa, inquieta por los problemas cardíacos que él estaba presentando. ¿Cómo se proyectará el trance médico de Cristina Kirchner sobre las fantasías de continuidad en el poder más allá de 2015, que ella niega, pero que anidan en buena parte de su entorno? Imposible saberlo ahora. Aunque hay un orden subliminal en el que enfermedad es sinónimo de límite. Suena paradójico en alguien que parece, a primera vista, ilimitado.
La liturgia militante que el kirchnerismo montó alrededor de su jefa pretende desmentir que el nuevo cuadro clínico sea la prematura señal de largada del proceso sucesorio. El Gobierno, a través de sus organizaciones más activas, como el Movimiento Evita o La Cámpora, se propuso acompañar la operación y la convalecencia con una movilización que la muestre irreemplazable. Hubo iniciativas un poco enfáticas, como la convocatoria de la Juventud Peronista de Vicente López a concurrir al Hospital Houssay y a la Maternidad Santa Rosa para dar "La sangre por Cristina", en una versión hematológica, paródica por lo literal, de la consigna "la vida por Perón". Los jóvenes de la La Cámpora aclararon en su página web que no tenían relación con la iniciativa.
Hasta ayer el oficialismo no había conseguido dar volumen a su empeño. La época del año y la ubicación del sanatorio ayudan poco. En las inmediaciones del Hospital Austral las banderas eran casi tantas como la gente. Se escuchaban los habituales cánticos de guerra del kirchnerismo, pero en las pancartas faltaban nombres clave del conurbano y, por supuesto, muchos sindicatos. Así y todo, no hay que descartar que con el paso de los días la manifestación se vuelva más intensa. El Gobierno interpreta que su recuperación desde la derrota de 2009 se hizo evidente en una serie de concentraciones de ese tipo, que comienza con el acto del Movimiento Evita en el estadio de Ferro, en marzo de 2010, sigue con los festejos del Bicentenario y culmina con los funerales de Kirchner.
Lo que sí está garantizado para las próximas horas es el goteo informativo con los saludos que recibe la señora de Kirchner de sus colegas de ambos mundos. El primero en divulgarse fue el del gobierno de los Estados Unidos a través del Departamento de Estado.
Con la intervención quirúrgica de ayer hizo su debut presidencial Amado Boudou . Como si hubiera regresado al Ministerio de Economía, se reunió con su sucesor, Hernán Lorenzino, y el resto del equipo para la clásica divulgación de los datos de recaudación. Irreprochable. Eso sí: es difícil imaginar cómo llenará Boudou su agenda hasta el 20. Sus movimientos -entrevistas, inauguraciones, actos políticos- están muy restringidos. Cualquier originalidad puede equivaler a deslealtad. Ya se lo advirtió su jefa al decirle: "Guarda con lo que hacés", aclarándole que "no es bromita, va en serio.".
En esa oportunidad, Cristina Kirchner sostuvo la tesis biológico-constitucional que ahora debe demostrar Boudou: el vicepresidente debe pensar como el presidente porque está destinado a reemplazarlo. La teoría ignora importantes antecedentes de la historia. ¿Qué habría pasado, por ejemplo, si Ramón Castillo, en 1942, hubiera continuado el programa de saneamiento institucional iniciado por Roberto Ortiz, que renunció por culpa de la diabetes? Tal vez no se hubiera producido el golpe de 1943. Tal vez no hubiera nacido el peronismo. Pero Boudou no da lugar a este tipo de sorpresas.
Después de Scioli y Cobos, para el kirchnerismo la institución del vicepresidente es, en sí misma, sospechosa. En la cruel "pingüinera" sobraban ayer las bromas sobre Boudou. Una de ellas: "Al final la Ucedé llegó a la Presidencia por la vía menos pensada". A Boudou le prohibieron utilizar el despacho presidencial, prerrogativa que sí tuvo Scioli, y que perdió en octubre de 2003, luego de su primer conflicto con los Kirchner. Con la excusa de que las dependencias destinadas a su cargo en la Casa Rosada están siendo reacondicionadas -Cobos las tenía vedadas-, Boudou debió establecerse en el Banco Nación. Como su titular, Juan Carlos Fábrega, no le cedió su elegante despacho, debió acomodarse en la oficina del vicepresidente del banco. Nadie sabe todavía quién cruzará la calle para la firma del despacho, si Carlos Zannini o el presidente en ejercicio. Este enredo protocolar vuelve a demostrar que Boudou carece de ductilidad política. Tal vez hubiera sido más inteligente permanecer en el Senado. En vez de exponerse a humillaciones, habría reforzado el mensaje que pretende enviar la Presidenta: aquí no ha pasado nada.







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