Por Fernando LabordaNo será seguramente la última vez que la presidenta Cristina Kirchner tendrá que salir a resolver conflictos personalmente, como cuando ayer enfrentó en forma pública a los gremios aeronáuticos y defendió al titular de Aerolíneas Argentinas, Mariano Recalde. Los desafíos de su segundo gobierno no son menores por el lado de las cuentas fiscales y de la inflación, y las presiones sindicales y la pugna distributiva la pueden tener a maltraer.
"Que no se confunda nadie. La que decide es esta Presidenta por mandato popular", afirmó ayer la jefa del Estado en el aeroparque metropolitano ante muchos de los que cuestionaban al titular de la compañía aérea y representante de La Cámpora. Horas antes, un dirigente de la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas (APLA), Pablo Biró, había expresado: "Te da vergüenza ajena ver a estos chicos manejando una empresa. Son como adolescentes de fiesta".
La intervención tan directa de la Presidenta implica una clara forma de comunicar, tanto hacia afuera como puertas adentro del kirchnerismo, quién es la dueña del 54% de los votos. Pero también supone un desgaste: Cristina Kirchner tuvo que bajar al ruedo y tomar ella misma el toro por las astas porque entre Julio De Vido, La Cámpora y los gremios no funcionó la sintonía fina que tanto le preocupa a la primera mandataria.
Días atrás, al hablar ante la Unión Industrial Argentina, Cristina se refirió precisamente a la sintonía fina. No apuntaba más que a la necesidad de mirar la economía desde el punto de vista político y a lo imperioso que para ella es que el Estado intervenga y siga, día tras día, la microeconomía.
El discurso presidencial ante los industriales dejó como saldo positivo una señal de conciliación ante el empresariado, expresada en su rechazo al proyecto de ley de distribución de las ganancias impulsado por Hugo Moyano. Pero también encendió luces de alarma: como cuando indicó que a su gobierno le preocupaban las metas de crecimiento y no las metas de inflación.
Habrá quienes rescatarán que, por primera vez, la Presidenta mencionó la inflación. Pero el mensaje de fondo estuvo distante de esa variable. La gran señal de su discurso no pasó por anuncios de políticas, sino por la confirmación de un estilo centralizado en la toma de decisiones; de un poder que dirá quién puede importar y quién no, quién puede comprar dólares y quién no, quién puede seguir recibiendo subsidios y quién no, y hasta cuáles gremios pueden acordar aumentos salariales superiores al 25% y cuáles no. La victoria electoral garantiza la discrecionalidad..





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