El PJ ganó menos de lo que cree, el Frepam perdió más de lo que imagina

El panorama político de la provincia tras las elecciones, en la tradicional columna “La Arena Jorgista”. ¿De cal... o de arena?.

El oficialismo ganó mucho menos de lo que cree. La oposición perdió más de lo que imagina. Las elecciones del domingo 23 de octubre dejaron un panorama político de la provincia cuanto menos incierto.

Ni siquiera el amplio triunfo del gobernador Oscar Mario Jorge en casi todo el territorio pampeano y la recuperación del sillón de Santa Rosa en la figura de Luis Larrañaga pueden ocultar la real situación que vive el partido del Gobierno. El PJ no sólo no sumó la cosecha de votos que esperaba sino que además quedó notoriamente lejos de las adhesiones -y el consenso, por supuesto- que logró la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

En la vereda de enfrente el caso de la oposición parece aún más preocupante. La pobre performance electoral del Frente Pampeano Cívico y Social no sólo pone en jaque la figura de sus principales dirigentes -tanto del radicalismo como de las otras dos fuerzas que lo componen- sino también la de la propia coalición como estructura partidaria. Los realineamientos nacionales, que ya dejaron desorientados a los dirigentes locales, seguramente también tendrán su consecuencia a futuro.

Los dirigentes de las fuerzas minoritarias también se merecen un replanteo. Pero se equivocarán si lo hacen únicamente en lo discriminatorio que les pueda resultar la Ley de Partidos Políticos (Nuevo Encuentro no logró alcanzar una banca en la Legislatura Provincial por poco menos de 50 votos) sino en la expresión misma de ese electorado que no encontró una real alternativa a los partidos dominantes.

La existencia del voto en blanco como tercera fuerza a nivel provincial, en algunos lugares merced a la movida de los popes locales (el caso de 25 de Mayo es el más paradigmático: representó el 45% para gobernador y el 51% para diputados), es una señal insoslayable.

No es más que la clara expresión de un sector de la sociedad que eligió sentirse menos representada todavía que luego de la inolvidable crisis de 2001 y la llegada del “que se vayan todos”.

En la elección para gobernador, el voto en blanco ocupó nada más y nada menos que el tercer lugar, con el 13,40%, incluso por encima de algún personaje mesiánico autocreído aglutinador de aquellos que se consideran hartos de la política tradicional y sus vicios.

El voto en blanco se presta a diferentes interpretaciones: hay quienes opinan que es una tajante opinión en contra de todos los candidatos de una oferta electoral, y otros que consideran que esa opinión está expresada por el voto nulo y la indiferencia ante las opciones que ofrece el comicio.

En relación al 23 de octubre en nuestra provincia, el voto en blanco se pareció mucho más al voto “responsable” de aquellos ciudadanos que por diferentes razones de conciencia no se sintieron representados por los candidatos ni los partidos políticos existentes.

Fue, en definitiva, una expresión democrática. Y justamente por eso debería ser un llamado de atención para todos los partidos políticos, no sólo para las fuerzas minoritarias que no supieron captarlo o supuestamente tenían la obligación de seducir.

En el interior de la provincia hubo comportamientos propios de cada región. En el caso de General Acha, por ejemplo, el triunfo de Roberto Zamora no sólo fue un batacazo impensado para algunos, sino que resulta a las claras, también, un contundente rechazo a la decisión del gobernador Jorge y el Partido Justicialista en su conjunto por indultar y respaldar, respectivamente, a un candidato condenado justamente por peculado y sustracción de caudales públicos.

Seguramente también habrá tenido sus consecuencias las pésimas gestiones al frente del Ejecutivo que tuvo el PJ y que sumergió a esa comuna a una crisis financiera galopante y sin precedentes.

En Eduardo Castex la victoria del justicialismo fue tan ajustada como en la capital pampeana. Y en un punto hasta compartieron algunas características propias. Las gestiones de Juan Chiquilitto y Francisco Torroba -individualistas a la máxima expresión respecto a sus propios correligionarios, el socialismo y el FreGen- pagaron cara las derrotas en manos de sus rivales no necesariamente virtuosos.

Tal como ocurrió en las primarias del 14 de agosto, la presidenta Cristina Fernández de Kichner (su gestión y el modelo económico vigente) fue la dueña de todos los votos. En la provincia de Buenos Aires, por citar un punto del país donde arrasó en las urnas, ganó en 134 distritos.

Esa cosecha de votos no hizo más que confirmar que CFK también tiene el apoyo de las regiones rurales y no solamente -como pretenden hacer creer algunos- el respaldo de las clases populares y de los sectores “subsidiados” en la periferia de las grandes ciudades.

En los “cuarteles” bonaerenses de la oposición se cumplió el peor de los pronósticos: el vaticinio de las encuestadoras se hizo realidad como nunca antes.

La falta de unión de los candidatos fue el principal motivo de la apabullante derrota que a su vez desnudó lo poco atractivo que resultaron individualmente cada uno de ellos para la sociedad. Ahora, con un papel casi testimonial en la etapa poselectoral, abren la puerta a un panorama inédito en el país desde el regreso de la democracia.

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