Por: Eduardo Levy Yeyati.Decir que una recesión mundial golpeará a la Argentina es una perogrullada. La pregunta relevante es qué tipo de crisis cabría esperar, y qué espacio tiene el país para atenuar sus efectos.
Lo positivo es que esta vez la caída del crecimiento mundial no tendrá la virulencia del pánico post Lehman; será un lento derrape con rebotes esperanzados ante cada noticia alentadora y frustrantes caídas tras nuevos datos negativos (en jerga financiera, será volátil). Lo malo de este nuevo round es que una parte importante de la munición fiscal anticrisis ya se agotó en 2009, precisamente para amortiguar los efectos de aquella recesión global.
Argentina no está sola en este trance, pero tampoco está mejor que el resto. Del lado externo, el riesgo viene de la mano de un estancamiento del precio de los commodities , un menor apetito por el riesgo (un incremento de la prima de riesgo país que eleve el costo financiero), y una menor demanda globa l. Del lado interno, del círculo vicioso de una escasez de dólares que ya impacta en las reservas y una dolarización de ahorros a la espera de la depreciación, en detrimento de la demanda doméstica. Todo lo cual contribuiría a frenar la economía, en momentos en que ya se ven señales de suave desaceleración.
Dicho esto, no hay que perder la perspectiva: el modelo de cuenta corriente positiva y prescindencia financiera (un “vivir con lo nuestro” para el mercado de divisas), junto con la apreciación del peso, posibilitaron un desendeudamiento importante y un perfil de deuda que, con unas pocas medidas reparadoras, permitiría al país acceder al crédito externo en condiciones razonables aun en un escenario global más sombrío. Potenciar ese margen es la mejor manera de poner distancia entre la crisis global y la bonanza local.
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