El PJ mendocino y la venganza de Cristina

A principios de marzo, como si del Oráculo de Delfos se tratara, el encuestador del gobierno nacional, Artemio López, y el diario ultraoficialista “Tiempo Argentino”, coincidieron en comunicar al país la decisión ya entonces tomada por Cristina Fernández de Kirchner acerca de la conformación de las listas del PJ mendocino para las elecciones de octubre.
Ambos afirmaron con plena convicción (basada seguramente en información de primera fuente) que el candidato a gobernador de Celso Jaque, Alejandro Cazabán, no lo sería y que la diputación nacional de Jaque lo sería aún menos. Así lo sostuvieron frente al menosprecio y el escepticismo de los ingenuos peronistas mendocinos que se negaban a ver la cruda realidad.

La única cosa en que no acertaron los profetas cristinistas es acerca del candidato a gobernador mendocino que se imaginaba la Presidenta: ellos suponían que Cristina quería una figura propia en la provincia,pero ocurre que tal persona no existía por estos pagos.

Ante tal vacío, el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, sugirió a Cristina el nombre de Eduardo Sancho, en tanto dirigente agrario peronista, lo cual ayudaría a la estrategia política del kirchnerismo a nivel nacional de seguir desarticulando la Mesa de Enlace de los productores del campo. Para tantear esa posibilidad es que la Presidenta vino a la Fiesta de la Vendimia, donde hasta se fotografió con el posible elegido.

Esa alternativa fracasó. Primero, porque Domínguez no pudo convencer del todo a su jefa con su candidato, pero también porque para imponerlo, Cristina debería haberse enfrentado con toda la estructura del PJ provincial y ella, más que confrontar, lo que busca es subordinar enteramente las estructuras partidarias locales, acá y en todo el país. Por ende, lo que decidió es que de Mendoza sólo le interesaban los que irían colgados de su nombre en la lista de diputados nacionales, donde necesita postulantes que le sean totalmente leales en el Congreso, vale decir, que no tengan poder propio local alguno.

Con respecto a la gobernación mendocina, Cristina, luego de ver las encuestas previas -bastante desfavorables- decidió que mejor sería no tener candidato propio acá. Entonces, sólo se ocupó, por una cuestión de poder, de que los candidatos tampoco fueran propios de nadie. Así, al primero que bajó fue al “azul” Adolfo Bermejo por haberse insubordinado más de una vez en el Congreso, creyéndose senador por Mendoza más que del Gobierno nacional, pecado mortal que en el cristinismo (aún mucho más que en el nestorismo) no tiene olvido ni perdón.

Luego se hizo lo mismo con Cazabán porque era el candidato elegido por el gobernador, cosa que tampoco desde Buenos Aires puede consentirse, porque de triunfar, Cristina debería compartir el triunfo con quien lo puso y ella quiere que absolutamente todo se deba a su arrastre.

Bajados ambos, a Cristina cualquier otro que fuera elegido le daba más o menos lo mismo, porque en la medida que no fueran delfines del “Chueco” Mazzón, ni de Jaque, en caso de ganar la gobernación, el triunfo se deberá sólo al empuje de su boleta; pero en caso de derrota, ella no pagará costo alguno porque tampoco es “su” candidato, sino el que surgió del acuerdo entre los peronistas locales. Mejor negocio imposible: si se gana la gobernación, se la ganará por ella. Si se la pierde, la perderá el PJ mendocino.

Retomando el tema de los candidatos a diputados nacionales, su lógica política fue similar: si bien le interesó mucho poner a figuras que, por dependencia personal, electoral o ideológica, jamás se le retoben en el Congreso, también le interesó que ni Jaque ni Mazzón pusieran a nadie suyo en la lista, ni siquiera para los vueltos. Por eso, junto a la previsible exclusión de Jaque se sumó la imprevisible exclusión de la reelección legislativa de Patricia Fadel por el doble pecado de depender políticamente de Mazzón y por haber desobedecido un par de veces a Cristina en el Congreso.

¿Cuál es la razón del encono de Cristina tanto con Jaque como con Mazzón? Nada personal, quizá hasta les tenga afecto. Lo suyo es política pura dentro de su concepción de subordinar absolutamente todo el aparato justicialista, siguiendo el muy probable consejo póstumo de su marido de que o ella se queda con todo o, caso contrario, entre el aparato justicialista y el sindical se la llevan puesta. Dentro de esta estrategia, Mendoza tiene una relevancia particular como ejemplo a difundir.

Es que en las elecciones de 2007, la alianza entre Jaque y Mazzón logró la impensada y monumental hazaña de derrocar al pacto Kirchner-Cobos en la gobernación local, algo por lo que no apostaba ni el más pintao. Y si en aquella etapa nestorista el kirchnerismo todavía podía tolerar ese tipo de actitudes internas autónomas, en la actual etapa cristinista eso es impensado.

La presidenta no posee la capacidad para la negociación interna que tenía su esposo. Además, esos menesteres le desagradan profundamente. Por otra parte, persuadida de que debe aparentar más fuerza de la que tiene para así suplir la debilidad objetiva que le produce la falta de Néstor, Cristina apuesta a ocupar todos los espacios internos que pueda y, adonde no le alcance para tanto, condicionar, con la mayor cantidad de candidatos designados a dedo por su obediencia a la jefa, que desde sus cargos controlen y limiten cualquier intento de los peronistas tradicionales de autonomizarse de sus decisiones.

Es que para su modo de conducción, cualquier insubordinación, por pequeña que sea, es trascendente. Ella debe esconder la debilidad real de las escasas fuerzas propias que aún posee, con una fortaleza simbólica que la muestre como una dama de hierro implacable con cualquier desviación, con la más mínima desobediencia.

En síntesis, sin Cazabán ni Bermejo para la gobernación y sin Jaque ni Fadel para la diputación, los peronistas mendocinos saben que su escasa autonomía, pero autonomía al fin, ha desaparecido. Lo que ellos hicieron a su marido hace cuatro años, no se lo harán a ella hoy ni nunca jamás. La venganza ha tenido lugar. Ahora viene el turno de la colonización. El peronismo mendocino será cristinista o no será.

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