Tres mujeres que padecieron la crueldad de la dictadura en nuestra ciudad evocan anécdotas estremecedoras. Dos de ellas estuvieron meses encarceladas, vivieron un acoso permanente y ese hostigamiento les trajo secuelas incurables. La restante perdió a su padre y a otros dos familiares, quienes fueron asesinados por las denominadas “fuerzas del orden” de la época.
Por esa razón, en este caso no habrá demasiadas presentaciones ni preámbulos para homenajear a los que dejaron su vida en aquel período nefasto iniciado un día como hoy, el 24 de marzo de 1976.
DEMOCRACIA recogió el relato de tres mujeres juninenses que sufrieron en carne propia el hostigamiento propinado en esta ciudad por las denominadas “fuerzas del orden” de la época: Imelde Sans, secuestrada junto a su hijo y su nuera embarazada; Ana María Rinaldi, encarcelada en San Nicolás y víctima de secuelas que determinaron su jubilación por invalidez; y Angélica Rave, cuyo padre y dos tíos fueron asesinados a raíz de su incursión en el grupo Montoneros.
Gran parte de las historias que cuentan las entrevistadas están desarrolladas en el libro “El orden de las tumbas”, obra del escritor local Héctor Pellizzi.
Una marca psíquica y física para toda la vida
Ana María Rinaldi debió jubilarse mucho antes de tiempo. Trabajaba en los Tribunales de Junín y el estado mental y físico en que fue devuelta de la cárcel hizo que no fuera necesario mucho para que le decretaran la invalidez.
He aquí su testimonio: “Yo vivía en el barrio Villa Belgrano y mi familia estaba conformada por mis padres y una hermana. Estudie en la Escuela N° 18 (Siria, entre Borges y Dorrego). Al término del secundario, mi madre me dio tres meses de vacaciones y me pidió que buscara un empleo para ayudar a la familia, ya que éramos muy humildes”.
Y continuó: “En mayo de 1976 mi papá estaba sin trabajo y mi mamá presentó un cuadro de hipertensión. Cuando se iba a medir la presión arterial, al cruzar la calle, un auto la atropelló y la mató. Me quedé sola con mi padre, que entró en depresión y empezó a tomar. La situación me produjo un trastorno y empecé a hacer terapia”.
“Casi un año después, exactamente el 24 de enero de 1977, fuerzas militares me llevaron a prisión y en la cárcel de San Nicolás me detuvieron por tres meses y medio. Hubo un movimiento de mis compañeros de trabajo muy importante. Salí en libertad el 12 de mayo y ya el 20 de ese mismo mes volví al trabajo. A los pocos días fui ascendida porque se había ido una persona”, evocó.
Hablar de los cien días que estuvo detenida le produce una movilización psíquica muy importante, dado que ese episodio vivido la llevó a desencadenar dos enfermedades serias. “Un tumor en la mama, gracias a Dios controlado, y un mieloma múltiple por el cual me realizaron un autotransplante de médula que me obligó a someterme a un riguroso control cada tres meses. Debido a esas enfermedades me jubilaron por invalidez y cobro apenas el 70 por ciento del sueldo de un jubilado normal”.
“Trabajé hasta que se produjo toda esta hecatombe psíquica que me alejó definitivamente del trabajo y que me perjudicó económicamente porque podría haber estado trabajando, ocupando otro cargo, y posiblemente, ascendida en mis funciones”, se lamentó.
“Sigo armando un rompecabezas”
Angélica Rave reconoció que siempre “me llevó, y me lleva mucho trabajo reconstruir la historia de mi familia, especialmente la parte relacionada con la militancia de mis padres y de mis tíos. Yo tenía dos años y medio cuando mi papá murió, así que no tengo recuerdos de él. La suma de testimonios de las personas que los conocieron me ha permitido ir armando un rompecabezas del que, todavía, faltan piezas”.
Gustavo, su padre, se casó y vivió en Junín un poco menos de un año. Había nacido en Quilmes el 5 de abril de 1950, segundo hijo de una familia de nueve hermanos. A los dieciocho años ingresó en la carrera de Psicología de la Facultad de Humanidades de La Plata, donde comenzó su militancia en la Juventud Universitaria Peronista. A los veintitrés años se casó con mi madre y un año más tarde nací yo, en La Plata. En 1975 nos mudamos a Junín y él empezó a trabajar en un frigorífico del que no sé el nombre, hasta que nos radicamos en Rosario por decisión de Montoneros.
“En los primeros días de julio de 1976, mi mamá y yo viajamos a Junín para visitar a mis abuelos. Por eso no estábamos en Rosario cuando las fuerzas de un grupo de tareas del Segundo Cuerpo del Ejército intentaron ingresar a la vivienda. Mi papá estaba solo, pero ofreció resistencia armada; decidió no entregarse y luchar hasta el final. Contaron los vecinos que luego de horas de resistir, lo sacaron muerto de la casa. Fue trasladado a un hospital público de Rosario, y en un diario se dio la noticia de la muerte y se convocó a los familiares para reconocerlo. Permanece desaparecido porque en esa época reconocer el cuerpo implicaba el riesgo de ser ‘chupado’, así que nadie pudo ir.
Un mes después, y en circunstancias similares, desapareció mi tío Marcelo Rave; un año después desaparecería mi tío materno, Walter Prieto. Ambos, miembros de Montoneros”.
“Nos dejaron el orgullo de no poder avergonzarnos de ninguno de sus actos”, dijo conmovida.
“Sólo lo siente quien lo ha vivido”
La hoy abogada Imelde Sans es una de las sobrevivientes juninenses del período de la última dictadura militar. Fue secuestrada el 8 de junio de 1976, junto a su hijo Gustavo y su nuera embarazada de 8 meses. Estuvo presa 24 días, diez de los cuales los pasó tabicada y atada a una silla en el primer piso de la Comisaría Primera de Junín, al mando del comisario Oscar Penna.
El 24 de enero de 1977, las fuerzas conjuntas del Ejército y la Policía la volvieron a desterrar de su domicilio y permaneció siete días desaparecida. En ambas oportunidades, “las fuerzas del orden” le robaron pertenencias, destrozaron su casa, sus muebles y todas las plantas de su jardín.
“El tema íntimamente me perturba en grado sumo. Como siempre he dicho, por más que se intenten patentizar determinadas vivencias, nunca, por ningún medio de expresión, se podrán transmitir en su verdadera intensidad y realismo; sólo quien las ha experimentado podrá sentirlas y hermanarse con sus pares en el dolor”, expresó Sans.
Como buena defensora de las leyes, Imelde resaltó que “las Fuerzas Armadas abjuraron del espíritu sanmartiniano y de sus enseñanzas. Está en las fuerzas democráticas impedir que esto se repita. El camino está diseñado en la Constitución. No podemos ser cómplices de maquinaciones en su contra”, arengó.
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