La mañana está nublada y el cielo amenaza con tormentas inminentes. El vehículo en el que viajamos por carreteras secundarias, nos deja cerca de un desvío.
Un centenar de hombres, de todas las edades, incluso un chiquito que maneja un fusil kalashnikov con una destreza que hiela la sangre , resisten y se cobijan bajo lonas de plástico para soportar el frío del invierno que ya esta cubriéndolo todo.
Son las ocho de la mañana de un día que se antoja largo y complicado. Es la primera vez que unos occidentales llegan a su campamento. La desconfianza cede lentamente y algunos invitan a compartir el desayuno. Su dieta es de lo más básica: una taza de té con mucho azúcar y pan caliente con queso. El agua es un bien escaso y reutilizan la misma para enjuagar todos los vasos.
Entre té y cigarrillos, sentados alrededor del fuego, van desvelando sus trágicas historias. Estos reclutas del Ejército Libre de Siria desertaron de las filas regulares hace siete meses tras la ofensiva del régimen en Latakia, al noreste del país. “Bombardearon por tierra, mar y aire, durante varios días.
Fue una auténtica masacre ”, recuerda Yumua, cuyo nombre significa Viernes. Dice que las tropas se llevaron a 500 personas, que continúan desaparecidas .
“No hay manera de seguir con las protestas pacíficas, ahora sólo nos queda luchar”, advierte Feras, policía de tráfico, que se cubre el rostro con un pañuelo ajedrezado. Como la mayoría de estos hombres, aún tiene familia dentro del país y teme que si reconocen su rostro el régimen tomará represalias contra los suyos. “Bashar y sólo él, es el terrorista”, afirma el militar rebelde. “Durante más de cuarenta años hemos vivido encerrados en una prisión, sin derechos ni libertades. Sólo trabajo y trabajo”, censura Feras.
A los desertores se les están acabando las municiones y no pueden comprar en el encarecido mercado negro. “Los sirios alauíes se han hecho con todas las armas del mercado negro en el sur de Turquía y se las revenden a los sabiha”, los matones del régimen, confiesa otro de los rebeldes, Mustafa. “Una munición cuesta entre cuatro y cinco dólares, y un Kalashnikov que antes se vendía por US$ 200, ahora cuesta 2.000 ”.
Son las doce, y como rectos musulmanes cumplen con el rezo del mediodía. Sus voces se entremezclan con el sonido cercano de los disparos de los tanques del régimen que está recuperando las áreas que controlaban los insurgentes. Un rebelde nos confiesa que es muy peligroso avanzar más allá de las montañas porque el ejército sirio ha plantado minas por el camino hasta la frontera con Turquía.
Un detector de metales para localizar minas terrestres cuesta alrededor de 9.000 dólares, dice. “Nosotros no podemos pagarlo, así que lo que hacemos es que uno del grupo va en la vanguardia del pelotón buscando las minas para sacrificar su vida por el resto del grupo”, detalla en pocas palabras Abu Ismail, un licenciado en Farmacia.
“Mejor perder la vida por una mina o por un disparo del régimen y convertirse en shahid (mártir) que morir por un ataque al corazón, de viejo o de un cáncer”, explica a su lado Gamal, otro rebelde con espesa barba, que agrega “ soy un hombre dispuesto a sacrificarme porque Dios está con nosotros”.
“Si no tenemos otra opción, elegiremos el martirio pero no detendremos nuestra lucha hasta que caiga Bashar”, afirma moviendo los brazos.

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