El boxeador quilmeño afrontará hoy la pelea más importante de su carrera, en Las Vegas, frente al mexicano Julio César Chávez Jr; buscará el título mediano del CMB, apelando a un estilo que siempre agrada y seduce más allá del resultado; "Soy más obsesivo que el Loco Bielsa en el fútbol", argumenta para definirse.
Que se hayan batido todos los récords de venta de tickets para una pelea en el estadio Thomas&Mack Center habla de por sí del interés que el choque ha despertado: las 19.186 entradas agotadas, con una recaudación de más de US$ 3 millones, superó las 19.151 para Evander Holyfield y Lennox Lewis, por el título mundial pesado, en 1999.
Que se explique por la masiva asistencia mexicana, justo en el día de la independencia del país, para más datos nacionalistas, es un dato certero. Pero también se puede explicar por una rivalidad que ha tomado contornos futboleros, que se acrecentarán por un escenario diferente al que habitualmente ofrecen los hoteles por aquí.
Y de aquellas madrugadas frente al televisor reaparece una definición lanzada al aire de Twitter en una de esas tertulias globales que cada combate de Martínez propone, como si todos estuvieran frente a la misma pantalla. "Ver boxear a Maravilla es como ver jugar al fútbol al Barcelona", escribí en mi cuenta, tal vez después del triunfo ante Sergiy Dzinziruk o de la victoria frente a Darren Barker. Lo cierto es que fue en medio del reconocimiento unánime al mejor equipo de fútbol del mundo y que la relación no tenía que ver con rendimiento y resultados (no sólo con eso), sino más bien con la sensación de que, terminara todo como terminara, uno se sentaba frente a ellos sabiendo el sabor del plato que le iban a ofrecer.
Maravilla fue futbolista antes de ser boxeador. Dejó de ser una cosa y empezó a ser la otra por carácter. "Me di cuenta de que en boxeo iba a ser campeón porque dependía sólo de mí", le confesó a la revista Brando hace unos días, en una definición que combina perfectamente con la que dio su tío, Rubén Paniagua, dueño del gimnasio La Patriada, de Florencio Varela, donde Sergio se sacó los botines y se puso los guantes: "Como jugador de fútbol es un gran boxeador", dijo. Parece que el delantero de Claypole, al que pretendía Los Andes, hacía muchos goles, pero también mucho lío. "El fútbol es difícil -amplió, en otro momento y en otra de sus innumerables entrevistas-. Hay que coordinar a once personas con la misma estrategia y táctica. En el boxeo estoy sólo yo. Yo sé hasta dónde puedo dar, en el fútbol dependés de otros."
Pero que dependa de sí mismo, en todo caso, no implica que lo suyo sea sólo inspiración, como no lo es en el genial pero trabajado Barcelona. Hay en su táctica y en su estrategia, sustentadas esencialmente en la movilidad y la velocidad, en la búsqueda constante de condicionar a su rival a su propio estilo, hasta reducirlo a la mínima expresión. Si eso no es Barcelona llevado al ring, ¿qué es? El propio Maravilla tiene una respuesta. Y la dio en La Nacion, frente a un auditorio ávido de hablar de boxeo. "¿Talentoso, yo? No", respondía con esa mezcla rara de picardía y humildad. "Yo soy un bicho raro, que leo, analizo los movimientos y luego lo vuelco en el gimnasio una, dos o tres mil veces, hasta naturalizarlos. Puedo decir qué tic o cuántos lunares tienen mis rivales. Yo, con el boxeo, soy más obsesivo que el Loco Bielsa en el fútbol".
Se descuenta que sabe de memoria cada tic y cada lunar de Junior. Por eso está listo para hacer ruido, mucho ruido.

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