Hace 42 años que vive en el Puesto Lima, metido en el pedemonte, en un sector de la Capital que casi se confunde con Las Heras. Está cerca, a unos 15 km del pleno centro mendocino, pero en esa zona -que para la Municipalidad es la Décimo Segunda Sección- apenas vive un puñado de gente.
En ese lugar, denominado Puesto Lima, el hombre de 45 años es uno de los pocos vecinos de la zona identificada como la décimo segunda sección de Capital -denominada pedemonte-, tal como figura en los mapas de la ley establecida el 18 de setiembre de 1880, aunque por aquellos parajes los límites se desdibujan y muchos la reconocen como perteneciente al departamento de Las Heras.
Allí, Manolo se desempeña como cuidador de una vertiente de agua mineral para la administración gubernamental de Parques y zoológicos. Aunque probablemente no lo saben, de él dependen muchos de los puesteros que se encuentran al costado del camino que llega hasta su casa e incluso algunas de las familias que precariamente se han instalado detrás del histórico Cerro de la Gloria.
Para llegar
Al puesto se llega tras un corto recorrido, pero como la mayor parte del camino es de tierra desde el Parque General San Martín hasta el lugar son unos 20 minutos de viaje. La ruta pasa por la parte sur del viejo autódromo General San Martín una vez que se dejó atrás el Cerro de la Gloria y el barrio La Favorita.
Luego de avistar varios puestos entre los que se encuentran La Morena, Los Carolinos, La Nona, Los Gómez, Coronel, Ayelén y Los Hermanos y Blanco, entre otros, se arriba a la Colonia Papagayos a la cual también hay que superar para llegar a destino.
A lo largo del camino, que se mantiene una vez al año, se observan restos de un viejo acueducto (ver aparte), una gran cantidad de vegetación autóctona y restos de basura que dejan los acampantes de fin de semana. El resto es un paisaje típico de Mendoza: la precordillera y parte de la cordillera de fondo, algunas aves volando contra el celeste del cielo.
Finalmente, se arriba al Puesto Lima indicado con un cartel antiguo y con herrumbres, tras sortear dos tranqueras separadas: una hecha con un cable y del cual cuelgan tres trapos amarillos y una, a quinientos metros, de caño sólido.
Después existe otro puesto, La Obligación, una finca con viñas y el mausoleo donde se encuentran las cenizas de José Girotti un punto de referencia para muchos de los exploradores que se internan en el pedemonte.
El guardián del agua
Hace 42 años Manuel llegó junto a su padre y el resto de la familia para quedarse en lo que hoy considera su casa. Ya estaba construida a la llegada de los Celedón y se presume que fue edificada por sus antiguos dueños, los Girotti.
El padre de Manuel llegó para cumplir el mismo fin que hoy cumple su hijo, cuidar de la vertiente que surge de la árida montaña mendocina. A sus 45 años, acompañado de un caballo y sus perros el hombre sabe de la importancia de su rol. Aunque el sitio sea chiquito y perdido en la tierra.
Manuel está casado y tiene 4 hijos, pero vive solo con sus animales todo el año en el Puesto Lima "porque los chicos van a la escuela y no pueden estar tan lejos", dice el empleado del Parque. "Generalmente bajo tres o cuatro días, a veces una semana", piensa con la tranquilidad y la duda del hombre que no está acostumbrado a largas explicaciones y agrega: "Pero a mi me gusta acá. Te acostumbrás a estar solo", dice.
Su hogar es bastante humilde, pero no parece faltarle nada. "En invierno se hace más difícil. Hace mucho frío y solo tengo leña para calentarme", asegura mientras no tarda en comentar que los servicios en el lugar están ausentes aunque él mismo construyó un panel solar y un conversor.
Sus horas de trabajo las divide en el cuidado de la vertiente, un lugar rodeado de vegetación y que a simple vista causa un fuerte contraste, y la cría de los animales. El lugar durante la semana es muy tranquilo ya que su vecino más próximo está a dos kilómetros en un puesto denominado Chambón y solo es ocupado ocasionalmente los fines de semana.
Esta paz solo se ve alterada los fines de semana, cuando la civilización llega para recordarle que es parte de este mundo: "Los fines de semana viene mucha gente a pasar el día o a comer un asado. También hay una viña en una finca nueva y veo a pasar varias 4x4. Pero a mi casa solo vienen mis amigos, porque nadie sabe que estoy por acá".
Es en esos momentos de silencio donde la verdadera conexión de Manuel con su trabajo establece un fuerte vínculo. Es que en uno de los costados de la vertiente se ha creado una gruta muy pequeña. Allí, cuando los perros duermen, cuando las camionetas no ensucian el silencio, cuando el hombre solo escucha su respiración, la naturaleza se le revela con plenitud.
"Esto no se lo he dicho a nadie, pero en esa gruta se escuchaba como pasaba el agua, con fuerza, como si fuera un río por debajo. Después se dejó de escuchar, yo no se si habrá sido porque tembló", cuenta en tono confidencial.
Al partir, nos sentimos culpables por aquellos bocinazos de la llegada que siempre son inoportunos, más aquí.
Manuel saluda con el brazo en alto envuelto en la tierra que se levantó a su alrededor. Vuelve al tesoro de su manantial privado pero compartido. Regresa al silencio de su existencia en la montaña.
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